Gerardo Finke
Buenos Aires
ARGENTINA

El Concepto de muerte en el Renacimiento

Introducción


En 1941, Lucien Febvre, fundador junto con Marc Bloch de Annales, había observado que “no tenemos ninguna historia de la muerte” . Casi cuarenta años después, Jacques Le Goff plantearía que “la muerte está de moda” en el prefacio de los estudios de Lebrun, Vovelle, Chiffoleau y Croix en 1983.

¿Qué ocurrió para que se diera este cambio con respecto al tema de la muerte?

En las décadas del ’60 y ’70, “la trayectoria intelectual de más de un historiador de Annales pasó de la base económica a la ‘superestructura’ cultural” y fue precisamente Phillipe Ariès quién llamó la atención sobre la historia de las mentalidades intentando establecer las relaciones entre naturaleza y cultura, buscando los modos en que una cultura concibe y experimenta fenómenos naturales como la muerte o la niñez.
De este modo, la niñez, la familia, la sexualidad, el amor, pasaron “del sótano al desván”.

En Annales, los historiadores se inclinaron hacia el predominio de las elites para definir los climas culturales, en cambio los marxistas y liberales ingleses se volvieron más hacia los problemas de las culturas populares. Los italianos (como Ginzburg o Levi) y los norteamericanos (como Darnton) analizaron los mecanismos de comunicación y transmisión entre los diferentes estratos sociales.


Ariés (fallecido en 1982) pasó sus últimos años intentando responder a la observación de Febvre, estudiando las actitudes del hombre, fundamentalmente el de Occidente, ante a la muerte. En su libro ‘El hombre frente a la muerte’ (de 1977) planteaba que en un plazo de alrededor de mil años se habían sucedido en torno a este tema
“cinco actitudes que iban desde la ‘muerte domesticada’ de la
Edad Media temprana, concepción definida como ‘una mezcla de
indiferencia, resignación, familiaridad y falta de intimidad’,
a lo que el autor llama ‘la muerte invisible’ de nuestra cultura donde,
invirtiendo las prácticas de los victorianos, tratamos la muerte como tabú
y discutimos en cambio públicamente sobre el sexo” .

Fue así como la muerte o las actitudes de los hombres frente a ella, se convirtieron en un tema de interés histórico.

En la actualidad el hombre niega la muerte, el paradigma de una juventud eterna invade todos los ámbitos corroborando esta actitud. Pero, ¿qué ocurría frente a este hecho inevitable de la condición humana con los hombres del “otoño de la Edad Media” y de la naciente modernidad?

Analizaremos en este trabajo cuáles fueron las posturas frente a la muerte adoptadas por las culturas populares y las de elite durante el Renacimiento, y la convergencia, si es que se dio, entre ambas.

Finalmente, rastrearemos en las fuentes de la época cómo se manifiestan todas las características del período y la mentalidad de los sectores sociales populares y de elite ante un hecho irreversible de la vida humana. Para ello analizaremos “La Tempestad” de William Shakespeare y “Fausto” de Christopher Marlowe como textos referenciales con respecto al tema tratado, ya que creemos que, si bien en “La Tempestad” nadie muere, la muerte acecha permanentemente y por otro lado, en “Fausto” la muerte está y actúa de modo desencadenante.

El Renacimiento y los orígenes de la Modernidad

Antes de desarrollar qué concepciones tenían las clases populares y de elite en el Renacimiento frente a la muerte, definiremos y caracterizaremos la etapa que transcurre entre la tardía Edad Media y la naciente Modernidad (que corresponde además a los primeros siglos de la acumulación capitalista) como marco de referencia en que estas se desarrollaron.

De acuerdo con el análisis de Perry Anderson sobre la dinámica feudal, fue justamente el desarrollo interno de este modo de producción el que generó la primera acumulación capitalista y el surgimiento de un nuevo modo de producción. Según él “una oculta, aunque incesante e implacable tensión entre dominantes y dominados, entre los señores militares de la sociedad y los productores directos sometidos a ellos, fue lo que produjo la gran expansión medieval de los siglos XII y XIII”.

Así, del año 1000 al 1250, se dio un importante movimiento de ocupación y colonización de nuevas tierras, un aumento de la producción considerable, impulsado además por un aumento del consumo desde las clases aristocráticas, provocando la expansión demográfica y un alargamiento en la esperanza de vida.
En este contexto de expansión feudal, se dio la revitalización del comercio con el consiguiente crecimiento urbano mercantil y manufacturero que de él se desprendió. Las ciudades resurgidas quedaron bajo la protección señorial quienes vieron en ellas un modo de acaparar mercados y concentrar el comercio a larga distancia.

A pesar de los controles, “las ciudades medievales consiguieron muy pronto una autonomía relativa, que adoptó una forma política visible. Dominadas en un primer momento por agentes señoriales (Inglaterra) o por pequeños nobles residentes en ellas (Italia), posteriormente crearon unos patriciados específicamente urbanos…” . Justamente en Italia, Flandes y Renania surgirían las comunas. Por otra parte, la producción de estos centros quedó bajo el control de los gremios, en los cuales los pequeños maestros conformaban una masa inmediata a la oligarquía mercantil – manufacturera y “sólo en las ciudades flamencas e italianas apareció por debajo del artesanado, y con una identidad y unos intereses específicos, una clase social asalariada de trabajadores urbanos de cierta magnitud” .

Otro elemento además, permitió a las ciudades fortalecerse en su autonomía: sus actividades se basaron en el intercambio monetario, dando origen a la banca, en la cual “podían obtener astronómicos tipos de interés por los exorbitantes préstamos concedidos a príncipes y nobles faltos de dinero líquido” . También mediante ellas, Europa volvió a dominar los mares limítrofes y “el poderío marítimo de Génova y Venecia fue lo que garantizó a Europa Occidental un continuo superávit comercial con Asia” el cual financió su vuelta al oro.

Fue el desarrollo del mercado el que le dio un papel predominante a la ciudad que “inventó una nueva civilización, la del Renacimiento, cuya teoría política contribuyó de modo decisivo al resto de la historia europea. La ciudad fue un espacio en el que los mercaderes eran políticamente fuertes y en el que los valores burgueses podían cuajar y asentarse”. Las ciudades clave en este proceso fueron las del Norte italiano, precisamente porque fueron producto de la ausencia de un único centro de poder en Europa. “Su autonomía fue consecuencia de un vacío de poder entre el papa y el emperador”. Estos pequeños Estados formaron un sistema competitivo que llevó al progreso económico, competencia que se tradujo en aspectos comerciales y culturales pero también militares, por lo que la guerra fue algo frecuente en la Europa Moderna.

Este ‘dinamismo’ del mundo medieval feudal dio origen, según John Hall , al mercado y a un sistema estatal orgánico (pilares ambos de la Modernidad), debiendo existir para ello, una fuerza capaz de mantener cohesionado un extenso territorio como era el de la Cristiandad Latina. De acuerdo con el autor, sólo la Iglesia, mediante la construcción histórica de su poder ideológico, pudo lograrlo.

Ya desde la época del Imperio Romano, el eclecticismo cultural y religioso del mundo romano, había dejado de ser satisfactorio, ya que, por un lado el judaísmo y por otro el neoplatonismo resurgido (que “intentaba ordenar el universo de modo tal que permitiera adjudicar a un solo espíritu religioso el control del mundo material” ) empujaron hacia el monoteísmo. La cristiandad se evidenció como la tendencia más fuerte dentro de éste.

Además, su base social era en esencia vulgar y se difundió principalmente por las ciudades, lugares en los cuales la población era ‘privilegiada’ en comparación con el campesino (sabían leer y escribir) pero no tenía derechos políticos, situación ante la cual el Cristianismo les dio “sentido de comunidad” . Con la destrucción en el 70 d.C. del templo de Jerusalén en manos de los romanos, en represión a las permanentes revueltas nacionalistas judías, la prédica cristiana adoptó un carácter ‘mundial’ con el planteo de San Pablo acerca de “que la salvación individual estaba abierta a todos los hombres por la muerte de Cristo” incorporando a la totalidad humana más allá de su procedencia o nacimiento.

Esto explica la persecución a la que la Iglesia fue sometida como ‘secta’, acusada de ser la responsable de todos los males que acechaban al Bajo Imperio, además del hecho de que de esta época daten los primeros mártires (S II y III), quienes le otorgaron un ‘refuerzo’ a la imagen de la recientemente nacida organización eclesiástica.

Cuando en el 313, Constantino, Emperador Romano, se convirtió al Cristianismo, esta era ya la fuerza más vital del Imperio y el emperador no hizo más que un intento por adueñarse de ella, prodigando una amplia generosidad y contribuyendo a la organización y enriquecimiento de la misma. Así, “la Iglesia integró a los individuos en la sociedad y (…) les proporcionó las normas para la conducta social cotidiana, dicha sociedad tendría ya un carácter cristiano y no romano” .

Al producirse las invasiones bárbaras (en el Siglo V), fue la Iglesia quién negoció su ingreso en las ciudades y las preservó de ser destruidas, además de servir de traductora para que los códigos legales bárbaros pasaran al latín, ofreciendo a cambio promesas de salvación universal, con la consiguiente integración cristiana de los recién llegados. “El Cristianismo mantuvo así cohesionada a Europa y permitió que las comunidades locales recordaran siempre que existían unos horizontes más anchos” además “el comercio se inició muy pronto en la Alta Edad Media (…) de algo más que de objetos de lujo” y esto fue posible porque la gente se sentía parte de una comunidad de iguales entre sí, esto lo logró la Iglesia y no un Estado inexistente ya, sobre todo luego del intento y fracaso de centralización política de los Carolingios en los Siglos IX y X.

La Iglesia impuso entonces la Pax de Dios. Ya desde el siglo IX, comenzó su programa de “acoger a todos los pueblos bajo el manto del Cristianismo” codificando diversas ceremonias y manteniendo un contacto fluido entre los sacerdotes y la población, en todos sus niveles sociales. “Fue el extendido sentido de honestidad, reforzado por la sensación de pertenecer a una comunidad integrada, lo que posibilitó, en ausencia de cualquier provisión legal definida, la participación de gentes de todo tipo con sus ahorros en el proceso productivo” .

La conformación del mercado, un ‘mercado cristiano’ modificó este proceso productivo. Los terratenientes invirtieron en la tierra cada vez de forma más creciente, por ejemplo en el caso británico, para mejorar la producción. Para Hall, estas mejoras no fueron absorbidas “por un crecimiento demográfico desmesurado” y esto se debió a la estructura de parentesco de la familia europea, en cuya conformación influyeron los conceptos de la Iglesia respecto de ella y del matrimonio. “La Iglesia mediante una serie de medidas concretas (ataques al concubinato, el levirato, el matrimonio entre parientes) creó una situación en la cual la familia quedaba separada del sistema de parentesco más amplio y se hacía nuclear, estimulando con ello las cesiones de tierra a ella misma a cambio de plegarias de ésta para la salvación.”

Además, ya desde el siglo XI se heredaban los bienes al hijo mayor varón, es decir que había un heredero único, lo cual debilitaba los vínculos parentelares, reforzando la posición de sólo uno de los miembros de la familia y de la Iglesia como institución económica (ya que en muchos casos era ella la única heredera).

El poder ideológico y económico de la Iglesia en Europa se coronó con una posición política clara: mediante sus actitudes e intervenciones terrenales imposibilitó la creación de un imperio secular. Si bien acogió el auge de “unos Estados que podían dar una mayor protección a sus propiedades (...) no creó una doctrina cesaropapista en la que un único emperador fuera elevado a la categoría semidivina (...) De hecho, estimuló la formación de estados separados...” favoreciendo el establecimiento de un sistema de mercado descentralizado basado en un sentimiento de pertenencia a una misma civilización.

De este modo la Europa Feudal dio a luz a la Europa Moderna, dinamizando la producción agrícola, fomentando el desarrollo comercial de las ciudades y de la burguesía, unificando bajo el cristianismo a la humanidad europea, fragmentando el Imperio Romano y luego el Carolingio en pequeños Estados y sentando las bases para la conformación del mercado libre y competitivo típico del mundo capitalista.

Esta Europa fue la del Renacimiento del Siglo XV, en la cual además de los cambios económicos y políticos mencionados encontramos una modificación profunda de las estructuras mentales, una confrontación entre varios sistemas de pensamiento, antiguos y modernos, populares y de elite y de la concepción del hombre como ser histórico.

De hecho, con el Renacimiento, apareció una nueva concepción del hombre, una concepción dinámica cuyas raíces las encontramos en “el proceso mediante el cual los comienzos del capitalismo destruyeron las relaciones naturales entre el individuo y la comunidad, disolvieron los lazos naturales entre el individuo y su familia, su posición social y su lugar preestablecido en la sociedad, al tiempo que zarandearon toda jerarquía y estabilidad.” Este hombre dinámico buscó permanentemente el perfeccionamiento, pero esta búsqueda fue producto de su actuación individual. Por esto el Renacimiento se caracterizó por el culto al hombre que se hace a sí mismo y que busca dejar improntas en el mundo.

Para Mijail Bajtin, el Renacimiento fue además una “carnavalización” de la conciencia y de la concepción del mundo, etapa en la que la organización feudal llegó a su fin pero el poder de su ideología sobre la conciencia humana era todavía muy fuerte por lo que lo nuevo y lo viejo estuvieron permanentemente presentes.

Así, encontramos que, en los ámbitos educativos se continuaba con la escolástica aristotélica pero en Padua, por ejemplo, el pensamiento peripatético había dado origen a un naturalismo racional que ponía en duda la inmortalidad del alma y las realidades espirituales y sobrenaturales. En las cortes, prevalecía el platonismo, aunque también se daba un rebrote de la cultura hermética y alquímica apoyada en las relaciones mágicas, metafísicas, numéricas y daba lugar a prácticas teóricamente transformadoras del mundo.

En lo que se refiere a la religión y producto de las críticas a que fue sometida la Iglesia, (sobre todo por su enriquecimiento y sus injerencias en el poder terrenal), se expandieron el catolicismo jesuita y el protestantismo calvinista, llegando con su prédica pedagógica ya no sólo a la antigua aristocracia sino a una elite nueva más amplia que abarcaba a la burguesía y a los sectores medios urbanos.

En la ciudad, los artesanos eran capaces de leer y escribir, constituían una “cultura técnica nueva hecha en el ejercicio cotidiano de la observación y de la capacidad inventiva práctica” que se difundía en lengua vernácula y que buscaba efectos claros, sencillos y repetibles.

En el caso de las ciudades italianas concretamente, el ‘renacimiento’ del mundo antiguo como modelo cultural se conformó luego en un patrón universal “subyugando al mundo de Occidente”. En ellas, “aparte del celo arqueológico y de la solemne emoción patriótica, las ruinas en sí mismas, como tales ruinas, despertaban una emoción elegíaco sentimental.” Los monumentos literarios griegos y latinos se consideraron fuentes de todo conocimiento. En la Antigüedad buscaron el recuerdo de su propia grandeza y “equipados de nuevo con su cultura, no tardaron los italianos en sentirse de manera efectiva la nación más adelantada del mundo” , de este modo “los más conocidos poetas, historiadores, oradores, epistológrafos latinos, junto con cierto número de traducciones latinas de determinados escritos de Aristóteles, Plutarco y algunos griegos más, constituían esencialmente el acervo que tanto entusiasmo despertara en la generación de Boccaccio y Petrarca”

Además de brindar modelos de escritura, prodigaron modos de pensar y sentir de acuerdo lo hacían los antiguos, sobre todo en los pujantes sectores burgueses. Al respecto Agnes Heller afirma que “los viajeros italianos descubrieron las magnificencias de Oriente y poco después la cultura de la Antigüedad y al compararlas con las suyas propias, se sintieron insatisfechos; así bajo la influencia de la Antigüedad surgieron nuevas ideas que, en el curso de su desarrollo, entraron en conflicto con el sistema feudal y la ideología de la Iglesia” trastocando todo el universo mental hasta entonces sostenido.

Pero también nos encontramos con toda una 'poderosa cultura popular' cuya formación se había dado a lo largo de miles de años en la cual "el carnaval liberaba la conciencia del dominio de la concepción oficial, permitiendo lanzar una nueva mirada sobre el mundo..." que permitió romper con la tradición medieval desde la orilla opuesta a la cultura oficial.

Veremos, pues, cómo las culturas populares y las de elite elaboraron sus propias concepciones acerca de la muerte en el contexto anteriormente descripto.

Las muertes del Renacimiento

¿Cómo veían los hombres del Renacimiento el mundo en que vivían y qué actitud tomaban frente a la muerte? ¿Todos los hombres del Renacimiento tomaban la misma actitud frente a ella? ¿Qué ocurría al respecto con los sectores populares y de elite? Trataremos a continuación de responder estos interrogantes.

Si bien los siglos XV y XVI fueron, como dijimos, siglos de cambio, todavía el cristianismo estaba muy fuertemente presente en todos los ámbitos de la vida y lo impregnaba todo. Sin embargo, la religión del Renacimiento estuvo caracterizada por la desintegración del dogma: “la religión se volvió multiforme y polícroma, como si expresara que la fe se había vuelto menos firme, del todo “libre” y que podía elegirse por voluntad propia.” Además, la base social de la concepción cristiana del hombre dejó de existir aquí. Cada vez más por encima de la subordinación al estamento y a la religión, se dio otra: la subordinación nacional.

En un marco de transición, la lógica aristotélica y el silogismo reinaban en las escuelas filosóficas de las universidades, mientras que letrados y hombres comunes manejaban un sistema lógico mucho más simple para quienes el mundo
“todavía giraba en torno al sistema mágico astrológico”. En muchos casos, en todos los sectores sociales, los comportamientos del hombre se regían en torno al miedo, “eran el miedo al mar inconmensurable, el miedo a lo desconocido, a la agresividad del vecino, al maleficio provocado por los otros, a los animales salvajes, a los meteoros, al poder de las estrellas, a los espectros y fantasmas, los que golpeaban a todos los hombres, sin distinción de clases...”.

Pero de todos los miedos uno sobresalía y vinculaba a los demás: el miedo a la muerte, inevitable para todos.

Durante la Alta Edad Media, entre la época carolingia y el renacimiento urbano, en torno a la muerte se dio una convergencia entre los sentimientos de las elites y del pueblo, ya que para todos, el pecado era su causa primera y a pesar de la muerte física, el alma se consideraba inmortal.

Entre los siglos XII y XIII, comenzaron los cambios en las concepciones frente a ella ya que nació la idea de la muerte individual (sobre todo con la crisis del feudalismo), las elites tomaron conciencia acerca de lo macabro y del horror que encerraba la caducidad del cuerpo.

Ya en la modernidad clásica, se dio una ruptura en la actitud de las elites y de los sectores populares frente a la muerte: el pecado y los ritos entre las elites fueron ‘intelectualizados’ (recordemos el desarrollo de la ciencia que permitió nuevas explicaciones para ciertos fenómenos). De este modo se pasó de una muerte ‘colectiva y domesticada’ típica de tiempos en que los individuos convivían con la muerte dadas las vicisitudes de la época (una mala cosecha, un aumento en la expoliación campesina, una guerra, las cruzadas) que hacían de la muerte algo ‘normal’, a una ‘muerte larga y próxima’ en la que se comienza a descubrir el costado científico de esta, sobre todo desde el punto de vista de las elites.

No obstante los intentos de comprender la muerte de modo científico que se dieron en los inicios de la modernidad, el miedo y la muerte empañaban la existencia humana por lo que todos los sectores sociales habrían de desarrollar diferentes estrategias para dominar a ambos.

Al respecto, José Emilio Burucúa plantea que “el siglo XV había sido una época de desgarradores contradicciones en el saber” y en este sentido las luces del pensamiento antiguo desviaron en el esoterismo asfixiante; mientras tanto la teología lo habría hecho hacia el satanismo asignando al mal un poder inconcebible en relación con la divinidad perfecta y bondadosa de la que hablaban las escrituras.

Así, si los años del Renacimiento fueron tiempos en los que se pusieron en duda las concepciones medievales, y el mundo social y económico se derrumbó para dar lugar a otro nuevo, es lógico pensar que la confusión entre los viejos valores, actitudes y explicaciones y los nuevos enfoques reinara en estos años, como también que la Iglesia satanizara los males del hombre, inclusive la muerte ya que llegar a ella con una vida pecaminosa detrás podría representar el descenso a los infiernos. Ante esto, el miedo fue la estrategia de defensa y “prevención”.

Si analizamos a los sectores de elite frente a la muerte, según María Morrás, el desarrollo del humanismo, en el que fueron educados estos sectores, lo abarcó todo, incluso la intelectualización de este episodio. El humanismo pretendió vincular el saber a las necesidades de la sociedad y una de esas necesidades fue la de la comprensión de la muerte.

Según el análisis de la autora, el hombre renacentista tomó conciencia en su época del paso del tiempo, de la distancia histórica entre presente y pasado. Si tomamos a Petrarca y su obra como modelo de la época, observamos que éste buscó en los antiguos un espejo en el cual mirar y analizar su propia vida. Precisamente en “La subida al monte ventoso”, se nos presenta como un hombre torturado, nos habla de un “campo de batalla que se encuentra en su mente ya que él es un hombre dividido” entre su pasado y su presente, un presente que no lo conforma y un pasado que añora. Como vemos el paso del tiempo lo atormenta.

El texto mencionado es totalmente metafórico. Durante su subida al monte, Petrarca analiza mentalmente su vida y se cuestiona acerca de su futuro, en el que

inexorablemente ve su propia muerte. La muerte está presente en sus meditaciones y le ocasiona angustia.

“Si te tocara en suerte (dice en un diálogo consigo mismo)
prolongar esta vida efímera otros dos lustros y en ese tiempo
te aproximaras a la virtud proporcionalmente a cuanto
lo has hecho durante estos dos años gracias al combate que tu
reciente voluntad sostiene con la antigua, alejado de tu porfía
primitiva, ¿no podrías entonces acudir al encuentro de la
muerte lleno de esperanza, renunciando con ánimo sereno
al resto de una vida que se desvanece en la vejez?”

Este hombre, como vemos, sabe que “con suerte” vivirá más años, su vida es certeramente efímera, pero si logra acercarse a la virtud deseada, está conforme con morir renunciando a una vida en la que lo único que lo espera es la vejez. Esa vejez es producto de un largo camino recorrido, en el cual el hombre se enfrenta al pecado y teme los castigos, “cuando hayas vagado (dice) durante largo tiempo, habrás de ascender hacia la cima de la vida beata bajo el peso de un esfuerzo pospuesto de manera inoportuna o te deslizarás indolente en el valle de tus pecados. Y si allí te hallaran –me horrorizo de tal pensamiento las tinieblas y las sombras de la muerte, sufrirías la noche eterna en perpetuos tormentos”

Vemos cómo el tema de enfrentarse a la muerte con una vida pecaminosa detrás está presente en Petrarca, la muerte como fin inevitable, llena de “tinieblas y de sombras” y por otro lado también vemos el miedo a los castigos por los pecados cometidos: “la noche eterna en perpetuos tormentos”. Por la angustia que esto le provoca, Petrarca pretende escapar de su presente buscando en su pasado la religiosidad “la beatificación” que le permita llegar a la cima de la vida por el “camino del bien” buscando sus modelos en el mundo antiguo, de aquí las comparaciones con Filipo, San Agustín, sus referencias al Olimpo, al Atos, a Aníbal.

Este modelo es el que se trasladó a las elites y en el que encontramos una aproximación de las actitudes que éstas desarrollaron frente a la muerte.

Otra aproximación la encontramos en el análisis de Jacob Burkhardt sobre el Renacimiento en Italia.

Al respecto, Burkhardt analiza sobre todo el ritual funerario desarrollado por las elites siguiendo los modelos antiguos. Así él plantea que toda la literatura y oratoria de la época se organizó siguiendo el ejemplo de los clásicos latinos, sobre todo Cicerón, Plinio y Quintiliano y en relación con la muerte, fue común elaborar para los aniversarios, sobre todo de la muerte de algún príncipe, discursos (al estilo clásico) en su memoria. “Solía recurrirse al humanista para la oración fúnebre propiamente dicha y el que era designado debía hablar en la Iglesia, con mundana indumentaria y no sólo ante el féretro de un príncipe sino ante el de otro funcionario o personaje notorio
cualquiera”. También se utilizaron epigramas latinos, grabándose un par de buenos versos, en los monumentos o sepulcros para honrar al muerto y “el mayor triunfo al que se podía aspirar era que se tuviera el epigrama por auténticamente antiguo, que se pensara que había sido copiado de una vieja inscripción o bien que su perfección fuese tal que Italia entera llegara a recitarlo de memoria.” De este modo el hombre buscaba su propia inmortalidad a través de un buen verso o inscripción.

Si analizamos las miradas ante la muerte de los sectores populares, debemos hacer referencia a la fiesta y a la más significativa de ellas: el carnaval, en el que vemos presente también el tema de la muerte; de hecho el Carnaval y la Cuaresma, actores indispensables de la celebración, nacían y morían durante el transcurrir de la fiesta que se realizaba durante la temporada invernal europea.

Peter Burke en su análisis sobre el carnaval, distingue para tal celebración, tres temas importantes: comida, sexo y violencia. De los tres, en la violencia encontramos una mayor aproximación al tema de la muerte ya que “el carnaval era un buen momento para resolver viejas rencillas” y por ejemplo en la Venecia del siglo XVI un visitante inglés informaba que “durante la noche del martes de carnaval hubo 17 muertos y muchos heridos...” . Como el carnaval, según el autor, era un período de desorden institucionalizado y en él reinaba la locura, la demencia y quedaban “suspendidas las reglas de la locura, los ejemplos a seguir eran los hombres salvajes, el bufón, y el ‘carnaval’ quien representaba a la naturaleza o al subconsciente” permitía dejar salir los deseos reprimidos lo que nos permite ver a la muerte, al menos durante la fiesta como algo “natural o normal”.

Una de las fiestas más carnavalescas estaba precisamente dedicada a la muerte: la Fiesta de los Locos (o los inocentes degollados por ordenes de Herodes) del 28 de Diciembre y uno de los rituales más comunes en la Europa Moderna que se representaba satíricamente en el carnaval, era la ejecución, acto público para mostrar (en tiempos no carnavalescos) que el delito no tenía ninguna recompensa. El rito comenzaba con una procesión, sobre carretas y atados por el cuello, de los condenados. Estos eran subidos al patíbulo y eran atendidos por los sacerdotes quienes les permitían dirigirse a la multitud para describir en verso sus crímenes. Luego eran decapitados, colgados, quemados, descuartizados sobre una rueda y finalmente se simulaba el arrojo de sus partes al público y la exhibición de las cabezas en el ingreso de la ciudad. Todo esto acompañado de baladas recordando los últimos momentos de la víctima. Dando idea de la inversión del mundo típica del carnaval, en su representación, el verdugo era el malvado y el criminal era representado como un héroe, pero detrás de esta inversión, la muerte era vista como algo normal para la vida de los sectores populares, algo que en cualquier momento podía suceder.

Otro análisis referido a la cultura popular lo encontramos en el trabajo de Mijail Bajtin quien, analizando la obra de Francois Rabelais, encuentra el único ejemplo a su entender, de manifestación de ella, en el humor y la risa.

En su análisis nos presenta que los ritos y espectáculos cómicos ofrecían la dualidad del mundo. Presentaban la vida misma pero con los elementos característicos del juego en el cual se obtenía una especie de libertad transitoria. En la cultura cómica popular aparece el “realismo grotesco” cuyo rasgo sobresaliente es la degradación que “cava la tumba corporal para dar lugar a un nuevo nacimiento.”

Así encontramos aquí una nueva imagen de la muerte: “la imagen grotesca que caracteriza un fenómeno en proceso de cambio y metamorfosis incompleta, en el estadio de la muerte y del nacimiento (...) lo que muere y lo que nace, el comienzo y el fin de la metamorfosis...” La sucesión de las estaciones, siembra, concepción, crecimiento y muerte son los componentes de la vida productora, concibiendo al tiempo cíclicamente. La muerte es vista como una muerte que concibe.

Según Bajtin, esta concepción se considera opuesta a los cánones estéticos del Renacimiento clásico en el que el cuerpo es algo ante todo acabado y perfecto, por lo que la “edad preferida está situada lo más lejos posible del seno materno y de la tumba, es decir, alejada al máximo de los ‘umbrales’ de la vida individual” y alejada también de la idea de finitud del cuerpo perfecto. “En el carnaval, las injurias representan la muerte, la juventud pasada y convertida en vejez, el cuerpo vuelto cadáver” pero así como se produce la muerte de la vida en el ciclo, la muerte es sucedida por la resurrección, por el año nuevo, la nueva juventud y la primavera. Por ello a las groserías le seguían los elogios, conformando dos aspectos de un mismo mundo. En el caso de una simulación de una pelea, los golpes “matan” pero dan una nueva vida, “terminan con lo antiguo y comienzan con lo nuevo”

El héroe y autor del juego de la vida es el tiempo mismo para Bajtin, un tiempo que destrona, ridiculiza y mata al mundo antiguo (el poder y la concepción antiguos) para permitir el nacimiento del nuevo. Recordemos el momento del año en el que la fiesta del carnaval sucedía: el invierno daba paso a la primavera. Además de los deseos que cada fiesta encerraba: el pueblo quería destronar a un poder que lo expoliaba. El mundo medieval feudal daba paso al moderno estatal. Por ello, cuando es representada alguna escena referida a la muerte, el episodio rebosa alegría, “las batallas sangrientas, los despedazamientos, los sacrificios en la hoguera, los golpes, las palizas, las imprecaciones e insultos, son arrojados al seno del ‘tiempo feliz’ que da la muerte y la vida, que impide la perpetuación de lo antiguo y no cesa de engendrar lo nuevo y lo joven”.

Podemos decir entonces que para los sectores populares el tiempo era redentor, a quién no se le teme sino que se lo espera. Así como el poder dominante pretende la eternidad y la inmutabilidad. Según Bajtin, el verdugo de las representaciones es el tiempo feliz, verdugo de los sectores dominantes que pretenden perpetuarse en un tiempo estático.

En su análisis de “La Arenga de Janotus”, Bajtin muestra en toda su extensión la imagen de la vejez con toses, carraspeos, sofocamientos, gangosidades. Janotus se queja amargamente de su vejez, como un “viejo decrépito y todos se burlan alegremente de él”. En todas las escenas, “la destrucción y el destronamiento están asociados al renacimiento y a la renovación, la muerte de lo antiguo está ligada al nacimiento de lo nuevo, las imágenes se concentran en la unidad contradictoria del mundo agonizante y renaciente” el tiempo es el héroe de lo popular ya que puede provocar el derrocamiento de lo viejo y el coronamiento de lo nuevo.

Según el autor, “el carnaval representa el drama de la inmortalidad e indestructibilidad del pueblo “ ya que la fiesta popular mira hacia el porvenir y representa su victoria sobre el pasado, garantizando el tiempo del porvenir en el cual no hay lugar para el miedo. La cultura popular, entonces, tiene absoluta conciencia del paso del tiempo y del lugar del hombre como sujeto histórico en él; “la fusión del pasado y del porvenir en el acto único de la muerte, en la imagen única del mundo histórico en estado de profundo devenir y renovación cósmica” . Esta renovación y evolución histórica es presentada por Bajtin a través de Rabelais.

Citando a Marx y Engels, cierra su análisis afirmando que “la historia actúa a fondo y pasa por una multitud de fases, cuando conduce a la tumba la forma periclitada de la vida. La última fase de la forma universal histórica es su comedia ¿por qué el curso de la historia es así? Lo es, a fin de que la humanidad se separe alegremente de su pasado”. Este sería el papel del Carnaval dentro de la historia del Renacimiento, lo viejo que muere y lo nuevo que espera por nacer.

Hemos dejado para el final al autor que se adentra más directamente en el tema de la muerte, revisando la imagen que de ella tienen los hombres del siglo XV, éste es J. Huizinga. Para él el siglo XV es el que mejor ha inculcado su propia imagen de la muerte hacia el resto de las épocas y hacia todos los actores sociales. Al desarrollarse la predicación como herramienta para la difusión del cristianismo, se pudo expresar de forma más viva directa y evidente la idea de la muerte. Mediante el Ars Morendi y su difusión a través de la imprenta y el grabado, se representaban las cinco tentaciones con que el demonio asechaba al moribundo: “la duda en la fe, la desesperación por sus pecados, la afección por sus bienes terrenos, la desesperación por su propio padecer y la soberbia de la propia virtud”

La contemplación de la muerte que se da, hacia fines de la Edad Media e inicios de la Modernidad, según el autor, desde el punto de vista de la caducidad de la vida, otorgando mayor importancia a temas como cuál ha sido el destino de los hombres gloriosos, como se corrompe lo que antes era belleza humana o la muerte arrebatando a los hombres de todas las edades y condiciones sociales. Así, “hasta bien entrado el siglo XVI vese representado con abominable diversidad en los sepulcros el cadáver desnudo, corrupto o arrugado, con las manos y los pies retorcidos y la boca entreabierta, con los gusanos pululantes en las entrañas”

En las representaciones de la época encontramos una negación de la belleza y de la dicha (ya que a ellos se unen dolores y tormentos), también asco por la vejez, la enfermedad y la muerte. “La belleza del cuerpo está solo en la piel. Pues si los hombres vieren lo que hay debajo de la piel (...) sentirían asco a la vista de las mujeres. Su lindeza consiste en mucosidad y sangre, humedad y bilis”. Por esto es que era considerada una de las mayores glorias de los Santos y de María misma la incorruptibilidad de sus cadáveres. También por ese honor es que se empeñaban en tratar con singulares cuidados los cadáveres o pintar inmediatamente el rostro del difunto con el fin de que ninguna modificación en su aspecto se hiciera evidente antes de enterrarlo.

Encontramos muy interesante ver además, la figura misma con la que los hombres de la época representaban a la muerte: “como caballero apocalíptico galopando sobre un montón de hombres, como Megera con alas de murciélago que se precipita, como un esqueleto con una guadaña o con una flecha y un arco, marchando en un carro tirado por bueyes y cabalgando sobre un buey o sobre una vaca” tales eran las representaciones con las que se mostraba el temido destino. Además de la representación misma de la muerte, en el siglo XIV ya aparece el término macabre usado como nombre propio Macabré para designar estas visiones de la muerte y convertirse en un pensamiento cultural, “la idea religiosa que lo dominaba todo, lo tradujo en seguida en moral, lo convirtió en un memento morti, haciendo uso gustoso de toda la sugestión terrorífica que traía consigo el carácter espectral de aquella representación.”

La Danza de la Muerte, del Cementerio de los Inocentes fue la representación más popular de la muerte del período, frente a la cual la gente se reunía para contemplar las figuras y leer los versos, “a la vez que se consolaban con la igualdad de todos en la muerte y se estremecían ante la idea de su fin” ya que ella invitaba al Papa, al emperador, a un noble, a un ganadero, a un niño pequeño, al loco o a cualquier persona cualquiera fuese su clase y condición a que la siguieran. Pobres y ricos descansaban en el Cementerio juntos, aunque como había poco espacio para los enterramientos, al cabo de algún tiempo eran desenterrados los huesos y vendidas las lápidas sepulcrales. Los cráneos y los huesos eran amontonados en los osarios sobre el pórtico y yacían allí. En medio del constante enterrar y desenterrar aquel lugar se convertía en un paseo, donde la gente se encontraba. “Hasta fiestas solemnes se celebraban allí, tanto se habían convertido a su vez en hábito las mismas cosas que causaban horror” . De este modo para Huizinga, se llevaba a cabo una sátira social, en la que se veían las lamentaciones por la alegría y belleza pasadas o nunca gozadas, lo que hacía resonar aún más la voz del Memento Morti, además de relacionar toda la vida del hombre con Cristo y con la fe o su apartamiento de ambos, cosa que era castigada en el momento exacto de la muerte.

Hasta aquí hemos analizado brevemente las diferentes concepciones elaboradas en el Renacimiento ante la muerte. Encontramos así, una época de cambios, en la que todavía el cristianismo es muy fuerte, sobre todo en su influencia ideológica sobre la población, pero también en la que surgen nuevos métodos y formas de explicar la realidad.

Para todos los sectores sociales, la muerte era algo inevitable, que causaba horror, temor, pero a la vez resignación, aunque creemos que seguramente a partir de la diferente condición social y económica de estos sectores, el camino y la “llegada” a la muerte era muy diferente entre los sectores de elite y los populares que seguramente estaban más expuestos a ella. También, por una cuestión económica, el ritual funerario contaba con diferentes elementos y “adornos” según la condición de quién moría.

Hemos visto que, los sectores de elite intelectualizaron este episodio a partir del humanismo y se acercaron en el ritual a los modelos clásicos, sobre todo en lo referente a los intentos de “inmortalizar” a los personajes importantes a través de epigramas, oraciones y sepulcros monumentales al estilo latino. De este modo buscaban trascender y negar en cierto modo este hecho irreversible del cuál eran plenamente conscientes.

Por otro lado, entre los sectores populares la muerte fue encarada dentro de las celebraciones carnavalescas y de “inversión” del mundo con que “jugaban” estos sectores intentando (aunque fuera momentáneo) invertir el orden vigente. Así, el carnaval contaba con la muerte, vista como algo normal para estos sectores, como protagonista de un tiempo humano en el que ella generaba a su vez la vida. Quizás encontremos aquí arraigada muy profundamente una concepción cristiana antigua. La idea de que luego de la muerte, la resurrección generaba la vida eterna. Mediante el grotesco se representaba el ciclo de la vida que terminaba con lo viejo pero a la vez comenzaba con lo nuevo.

Finalmente encontramos, mediante el análisis de Huizinga, un punto de encuentro entre la elite y los sectores populares a partir de la producción artística y las imágenes difundidas de la muerte. El Ars Morendi, las imágenes cristianas así como las representaciones de la muerte y la propia imagen del muerto como un cuerpo corrupto, circulaban indistintamente en todos los sectores, al menos cristianos, del Renacimiento.

Por otro lado, todos los sectores eran conscientes de que morirían al fin, llegando incluso a encontrarse en el cementerio o a consolarse con la idea de que la igualdad llegaba con ella, inevitable, en una especie de “revancha” social para muchos.


Las fuentes y la muerte

Una vez planteadas las diferentes formas de abordar el tema de la muerte entre los distintos grupos sociales, veremos cómo estas características se encuentran o no en dos obras de la época. Para ello elegimos “La Tempestad” de William Shakespeare y “Fausto” de Christopher Marlowe, ya que consideramos que en ambas se manifiestan las visiones que poseían los hombres del Renacimiento sobre el tema propuesto.

“La Tempestad” fue escrita por William Shakespeare y estrenada en 1611. Creemos que en ella la muerte está siempre presente y a pesar de que nadie muere, esta acecha, ronda, aunque finalmente la vida y el amor triunfan. En una atmósfera de ensueño se entrecruzan personajes de diversa condición, representando cada uno las propias miserias del hombre.

La acción se desarrolla en una isla y comienza con una tormenta que provoca el naufragio de un barco. Pero no se trata de cualquier barco ya que éste traslada a Alonso, Rey de Nápoles, Fernando, su hijo y Sebastián su hermano, Antonio, usurpador del Ducado de Milán, Gonzalo un viejo consejero, algunos nobles, los marineros y algunos sirvientes.

Cuando se hallan en plena tormenta, el contramaestre se dirige a Gonzalo, seguro de que van a morir y le dice: “dad gracias por haber vivido tanto, y preparaos en vuestro camarote para la desgracia de la hora, si llega” manifestando la idea de la necesidad de agradecer la vida vivida y de prepararse y resignarse frente a la muerte, vista como una hora desgraciada. Ante esto, Gonzalo plantea: “daría ahora mil estadios de mar por un acre de suelo estéril, matorrales, espinillos, cualquier cosa. Que se cumpla la voluntad de arriba, pero preferiría morir de muerte seca” . Así, la muerte es vista como voluntad divina, ante lo cual el hombre nada puede hacer, sólo mejorar las condiciones en que esta ocurre.

En el Acto siguiente, se descubre que lo ocurrido, es decir La Tempestad, es obra de Próspero (verdadero Duque de Milán, destronado) quien le cuenta entonces a Miranda su hija, su verdadera historia y sus deseos de venganza mediante los hechos que acaban de ocurrir. Al enterarse del accidente, la reacción de Miranda es el horror ante la idea de que alguien pueda haber muerto. “¡Ay, dice, sus gritos han golpeado contra mi corazón! Pobres almas, murieron. De haber sido yo un Dios, dueño de ese poder, habría hundido el mar adentro de la tierra antes que se tragara de ese modo el buen barco y las almas que cargaba dentro de él.” Luego su padre le confirma que nadie ha muerto y le narra lo sucedido con ellos años atrás, cuando Miranda era una niña.

Ambos habitan una cueva desde hace 12 años, cuando él fue destronado de su Ducado en Milán, por su hermano Antonio, aliado con el Rey de Nápoles y con apoyo militar, mientras se hallaba “distraído” en la práctica de las ciencias ocultas. Próspero y Miranda fueron expulsados de su reino y sobrevivieron gracias a la ayuda de Gonzalo, un noble leal napolitano.

Cuando, 12 años después los usurpadores se acercan a la isla en que ambos viven, Próspero organiza La Tempestad como venganza. A pesar de la tormenta que se desata, nadie muere pero todos los que vienen en el barco quedan diseminados por la isla, tal y como Próspero ha planeado. “A ti Alonso, dice Ariel, espíritu invocado por él, de tu hijo te han privado; y te anuncian a través de mi voz: la lenta destrucción, peor que cualquier muerte de golpe, paso a paso va a seguiros por vuestra senda; para guardaros vosotros de su cólera –qué si no aquí en esta isla desolada caerá sobre vuestras cabezas- sólo os queda tener pena en el corazón y vida limpia” .

Ariel es en la obra la personificación del aire, un espíritu que ayuda a Próspero en la ejecución de su plan y ha puesto a todos los pasajeros de cara con la muerte, generándoles locura y desesperación. “Todos salvo los marineros se tiraron del barco, todo en llamas por mí, a la salmuera espumante. Fernando (…) gritó: ¡el infierno está vacío y aquí están todos los diablos!” dice al contarle a su amo lo sucedido, poniendo de relevancia la relación entre la muerte y el demonio, típica creación de la época para tratar de regir la conducta y plantear que una vida apartada de la moral cristiana desembocaba en la muerte, en el infierno y en el acercamiento con el demonio.

El espíritu Ariel trabaja para Próspero a cambio de obtener la libertad. Otro servidor es Caliban, en quien creemos aparece representada la muerte en su mejor exponente. Éste es producto de la brujería, ha sido procreado por una bruja, Sycorax y representa lo aberrante, enfermo, monstruoso. Es un muerto vivo, recordemos las concepciones de la época respecto de la magia y la brujería y cuál era el destino que el mundo cristiano tenía para sus practicantes. Próspero se dirige a él como “esclavo venenoso, procreado por el diablo en un vientre maldito”. Su cuerpo se corrompe a medida que pasa el tiempo y se acerca al final, manifestando el horror que los hombres del Renacimiento sienten ante la corrupción del cuerpo al acercarse la muerte: “igual que con la edad, su cuerpo va afeándose, se engangrena su mente”.

Así, se convierte en un ser despreciable, representa todo aquello que a los hombres algún día ha de pasarles pero que no quieren ver y trabaja, siempre al borde de la traición, para obtener su libertad ya que la isla en la que ahora viven Próspero y Miranda era su morada y pretende recuperarla.

Próspero tiene como objetivo que sus enemigos se autodestruyan a través de la locura, el miedo y la desesperación, por eso la obra se desarrolla en una atmósfera de tensión y “casi muerte” permanente.

“Yo logré, afirma, oscurecer el sol del mediodía y amotiné los
vientos, y entre el verdadero mar y la azurada bóveda
armé guerra rugiente, y al tabletear del trueno le eché fuego
y hendí con su propio disparo el gran roble de Júpiter;
sacudí el promontorio de fuertes basamentos y de cuajo
arranqué los pinos y los cedros; a mi orden cada tumba
despertó a su durmiente, se abrió y lo dejó huir
por el poder de mi arte” .

De este modo se presenta a sí mismo como dueño de la vida y de la muerte, capaz de “despertar” al que duerme el sueño eterno y de hacer dormir al que vive.

Finalmente, Próspero deshace su venganza, por su propia virtud (según él mismo afirma) y todo vuelve al orden. Desenmascara a quienes lo han traicionado y se une con sus enemigos a través del amor de sus hijos (Miranda y Fernando) y él se dispone a disfrutar de lo que le quede de vida, con plena conciencia de que el fin está próximo:

“ invito a vuestra Alteza, le dice a Alonso, y a vuestra compañía
a mi pobre caverna, donde descansaréis por esta única noche,
que en parte he de gastar con un discurso que, sin duda,
hará que pase con mucha rapidez: la historia de mi vida
y los particulares sucesos acaecidos desde que llegué
a esta isla; mañana a la mañana os voy a conducir al
barco y hacia Nápoles, donde tengo esperanza de ver el
casamiento de estos enamorados con un rito solemne;
a Milán luego habré de retirarme, y cada tres pensamientos,
uno será mi tumba.”

Totalmente convencido de que esto inevitablemente le ocurrirá pero habiendo vivido y puesto las cosas en orden previamente.

En el caso del “Fausto” de Christopher Marlowe, ya no encontramos a una muerte que ronda sino a una que se manifiesta en toda su expresión. En esta obra, el hombre se enfrenta al destino y fracasa frente a él. Fausto es un hombre alemán de humilde origen. Ha estudiado teología en Wurtenberg y obtuvo el grado de doctor, a pesar de lo cuál se dedicó a la práctica de la magia “que prefirió a las mayores felicidades”

La obra comienza con Fausto en su oficina preguntándose a sí mismo acerca de cuál es su papel en la vida ya que lo angustia la idea de no ser más que un hombre, “¿podría hacer a los hombres vivir eternamente, o devolver los muertos a la vida?” se cuestiona, angustiándose frente a la irreversibilidad de la muerte, se dice: “pero nosotros tenemos que pecar y por consecuencia morir y morir con eterna muerte”.

Pero en Fausto no sólo encontramos un hombre que manifiesta sus angustias frente al destino, sino a uno que está dispuesto a modificarlo pretendiendo ser un Dios todopoderoso, mediante el éxtasis que le provoca la práctica de la magia y las artes ocultas. La ambición de trascender está presente en Fausto y en quienes colaboran con él. “No dudes, le dice Cornelio, uno de ellos, pues Fausto y renómbrate y serás más frecuentado por este misterio que antaño lo fuera Delfos el oráculo.”

Para que esto ocurra, para poder trascender, el protagonista invoca en un bosque a Mefistófeles y hace un pacto con él, le entregará su alma a Lucifer a cambio que este le conceda 24 años para vivir en medio de todas las voluptuosidades, con la asistencia de aquel siervo demoníaco para saber y hacer cualquier cosa que pida, incluso matar a sus enemigos, asistir a los amigos y entregarle una mujer que será la más hermosa doncella de Alemania.

Así, la obra se desenvuelve en una atmósfera demoníaca, con un Fausto atormentado por su realidad humana, pero también por el pacto que ha realizado y una conciencia (representada por un ángel bueno) que le manifiesta el error que acaba de cometer.

En algún momento, Fausto se da cuenta de que mediante este camino nunca llegará al cielo y pretende revertir lo hecho, pero ha perdido su capacidad de arrepentimiento. Se dice: “apenas puedo nombrar la salvación, la fe o los cielos sin que temerosos ecos insistan en mis oídos: ‘Fausto estás condenado’ y entonces espadas y cuchillos, veneno, pistolas, sogas y envenenados hierros son puestos ante mí para que me suicide y a mucho que ya me hubiese matado si dulces placeres no venciesen mi profunda desesperación.” Como no puede deshacer su pacto, sigue adelante y se convierte en un hombre famoso por sus prácticas de magia, incluso llega a conocer al Emperador Carlos V.

Su final se acerca, él lo sabe y se cuestiona “¿qué eres Fausto, sino un hombre condenado a morir?, el fatídico tiempo te acerca a tu final y la desesperación se adentra en mis pensamientos” . Sus pecados lo acercan a una fatídica muerte y él es conciente de ello, como lo eran los hombres de su tiempo. Se siente condenado y sabe que vivirá en el infierno, con su alma atormentada. “El infierno lucha con la gracia por el dominio de mi corazón, ¿qué haré para eludir las trampas de la muerte?” se pregunta a sí mismo. Lo inquieta saber qué será de su grandeza y de su maravillosa vida cuando él se halle en el infierno para siempre.

Para intentar salvarlo sus amigos y estudiantes ven como camino rezar por él, entonces le dicen: “reza tú y nosotros impetraremos la piedad de Dios para ti” . El hombre sabe que el pecado lo lleva a la muerte, y peor aún a los infiernos, es decir al no descanso eterno. “Fausto se ha ido; (dice uno de ellos) mirad su infernal caída y que su diabólica suerte exhorte a los discretos a pensar en el mal de las cosas ilícitas, cuya profundidad consiente a los talentos eminentes prácticas más de aquello que el poder celeste permite” , terminando así la obra y dejando su enseñanza para el auditorio.

De este modo, encontramos dos lecturas sobre el tema de la muerte, de la misma época, pero con un abordaje diferente. Mientras que en Shakespeare triunfa el amor, en Marlowe lo hace la muerte, pero en ambos la muerte es un elemento del que se tiene plena conciencia y al que se intenta no llegar, al menos de mal modo, sin estar preparado.

Obviamente, Fausto no quiere morir, o al menos no quiere hacerlo sin trascender, pero con el camino que usa para lograrlo pierde la posibilidad de llegar a esa hora sin pecado y por lo tanto, lograr la vida eterna.

En “La Tempestad”, Próspero se arrepiente, al final, de la venganza que ha planeado, y logra entonces pasar el resto de sus días, tranquilo, esperando en paz la hora inevitable. Quizás en esta obra, la vida es planteada como una tempestad en la que, luego de situaciones conflictivas se sucede la calma, mientras que en Fausto es justamente la disconformidad con una vida calma la que lleva al protagonista a generar una tempestad que lo lleva hacia la muerte.


Consideraciones Finales

Hasta aquí hemos visto como la historiografía y los propios autores del Renacimiento (a la vez actores y espectadores de su época), analizaron y retrataron las concepciones sobre la muerte de los hombres del período estudiado, sobre todo en sus prácticas culturales. Para finalizar realizaremos algunas consideraciones a modo de conclusión .

Como hemos dicho, la Modernidad generó una ruptura en el modo en que los hombres interpretaron el fenómeno de la muerte, sobre todo entre los sectores de elite, los cuales comenzaron a intelectualizar este episodio. El terror del cristianismo medieval dio paso a un hombre que lentamente iría ganando (o al menos lo intentaría) el control sobre la naturaleza. Hombre que además abandonaría progresivamente su integración en el universo y comunidad cristianos y pasaría a convertirse en un sujeto, individual, con capacidad de decidir por si mismo y modificar su destino (o al menos parte del él, ya que la muerte es el destino final de todos).

En este sentido, encontramos en el Epílogo de “La Tempestad” a un Próspero, individuo, que parece tener el último episodio de su vida totalmente asumido como desenlace inevitable y para el cual debe prepararse cultivando la virtud y no las ansias de venganza.

Pero junto con la aceptación intelectualizada y serena, el horror y lo macabro de la muerte también se presentan como estrategias de las elites para manifestarse. Quizás el mejoramiento, sobre todo entre las elites urbanas, de las condiciones materiales de vida, hicieron que estos sectores comenzaran a ver el momento al que nos referimos como algo extraño “largo y próximo” como lo llamara Phillipe Ariés, “ajeno”, en el que se tomaba conciencia además del horror generado por la muerte de personas y familiares cercanos. Precisamente, el momento ideal de la vida fue representado en el período (desde el punto de vista artístico) con un cuerpo joven, hermoso, con doncellas incorruptas, en su aspecto exterior, por las vicisitudes del tiempo. Miranda, hija de Próspero, cumple estos parámetros según la descripción de Shakespeare. Es una doncella hermosa por demás que contrasta en su hermosura con la fealdad, ruina y decrepitud de Caliban como representante en su persona del horror, de la putrefacción y la corrupción del cuerpo a la hora de la muerte, Lo horrible choca así con los ideales perfectos del cuerpo del Renacimiento. La vida choca con la muerte.

Como dijimos, estas concepciones se dan en individuos que gozan de su plena individualidad, quienes desencadenan, actúan, deciden y solucionan o no los problemas que se suscitan. Fausto y Próspero deciden su propio destino. Característica rescatada por Agnes Heller como rasgo típico de un hombre que va tomando conciencia del paso del tiempo y de la dinámica histórica y por lo tanto actúa en consecuencia.

En el caso de “La Tempestad”, Próspero renuncia a su venganza y la remedia, por su virtud se arrepiente y logra la tranquilidad necesaria para esperar la hora final; en lo que respecta a “Fausto”, el personaje vive atormentado por este paso del tiempo inevitable y por lo tanto intenta que la “dinámica histórica” transcurra lo más placenteramente posible, incluso a expensas de su propia vida, pactando y entregando su alma a Lucifer.

Recordemos además, que las obras analizadas se presentan en momentos particulares de la historia cristiana: en el caso de “La Tempestad” esto ocurre en 1611, en Inglaterra. En el caso de “Fausto”, esta forma parte de la tradición popular alemana en su versión original y fue editada en ese país en 1587. Ambos países habían roto con la autoridad Papal y por lo tanto fragmentaron la unidad Cristiandad. En 1517 Lutero había denunciado el poder temporal del papado y en 1531 Enrique VIII había hecho lo propio, fundando la Iglesia Anglicana, dando paso a una nueva conciencia individual, ya que serían los hombres en su individualidad quienes podrían establecer si quisieran sus propios vínculos con Dios. En algún momento de sus respectivas historias, ambos protagonistas se apartan de los dogmas y del deber ser, Fausto ha abandonado su carrera teológica tentado por la magia y las ciencias ocultas, finalmente terminará muriendo. Próspero ha sido destronado (antes de que la historia se desarrolle) precisamente por haberse distraído en las prácticas de la magia, pero como se reencauza a sí mismo puede volver a la tranquilidad de su vida y a su trono.

La Contrarreforma vendría a frenar este desarrollo individual, pero el paso ya estaba dado.

Llegados a este punto nos parece importante destacar las formas literarias y el destino de las obras analizadas. Ambas fuentes finalizan con discursos justificatorios o “moralejas” finales, oraciones al estilo de los clásicos, cerrando la obra con una enseñanza final o conclusión de advertencia. En el caso de “La Tempestad”, es el propio Próspero quién la realiza, en “Fausto” son sus discípulos. En ambas aparece el coro (como el corifeo de las obras griegas) actuando como la voz de la conciencia de los personajes, narrando lo que está por ocurrir o lo que ya ha sucedido. Shakespeare utiliza el verso pentámbrico yámbrico adaptado de la poesía grecolatina. Marlowe toma como modelos las elegías de Ovidio y la obra de Lucano (que él mismo ha traducido), cumpliendo con el uso de formas y modelos grecolatinos que Burkhardt planteara al analizar las prácticas funerarias de las elites. Así, el teatro concebido como educador o difusor de ideas e ideales está presente en el Renacimiento, sobre todo si pensamos que en las ciudades (lugar en que se emplazaba el edificio usado para tal fin) la población era mayoritariamente analfabeta, por lo tanto el oír y ver eran más importantes que el leer. En el caso del teatro inglés, una pirámide social muy amplia asistía a las funciones, incluso la propia realeza, por lo tanto el mensaje que cada obra portaba tenía trascendencia más allá del mero divertimento.

Además, junto con estos elementos literarios de corte latino, en ambas obras, la acción de los protagonistas es acompañada por la aparición de personajes históricos del mundo antiguo: en “La Tempestad”, Iris, Ceres, Juno y algunas Ninfas son espíritus que recorren y animan escenas; en “Fausto”, los espíritus de Alejandro Magno, Darío y Helena se presentan cuando Fausto los invoca para demostrarle a Carlos V su poder.

Otro rasgo encontrado en las fuentes es la idea de “carnavalización” de la realidad por parte de la cultura popular. Sobre todo en “La Tempestad”, en la cual Caliban, Trínculo y Estéfano (los sirvientes), son personajes que representan a los desclasados del período, quienes usando la burla, el ridículo y la grosería se mofan de su realidad, cuestionando y deseando el poder que no tienen. De hecho Caliban es un esclavo, monstruoso pero “dueño” de la isla en la que transcurre la acción y cuando la tempestad se desata, ve una oportunidad para volver a controlarla, así como los otros dos personajes mencionados que “juegan” a convertirse en lo que no son: reyes y nobles. Obviamente no lo logran y tras un momento de “locura” todo vuelve a la normalidad.

Para estos personajes y para los sectores sociales representados por ellos, la muerte continuaba siendo, en una concepción tardomedieval, algo normal, cotidiano, producto de las condiciones de vida en que se desarrollaban sus vidas.

De este modo encontramos como, en un momento histórico de transición y cambios, muchos de ellos en el orden material, las prácticas cambiaron en algunos aspectos y entre los miembros de las elites, mientras que entre otros sectores permanecieron sin modificaciones. Las elites tomaron distancia mental y temporal respecto de la muerte, ya que para ellos esta podía ocurrir más tardíamente debido a que comenzaron a vivir mejor. Con rituales funerarios, monumentos y tumbas fastuosas y discursos grandilocuentes intentaron alejarla, apelando a la inmortalidad del recuerdo de quien moría, a través de la exaltación de sus glorias terrenas o de su retratación inmediata para guardar una imagen que no causara espanto, a pesar de la corruptibilidad del cuerpo.

El mejoramiento material de las condiciones de vida, separó a las elites de los sectores populares que continuaron invirtiendo el orden del mundo en sus expresiones “carnavalescas”, teniendo una conciencia más plena del tiempo como ámbito en el que transcurre la vida y asumiendo la muerte como fin del un ciclo y comienzo de otro.

Así, en este punto, no encontraríamos el encuentro de ambos sectores. Aunque como señalara Huizinga, en el ámbito del Cementerio todavía (a diferencia de la actualidad) todos los grupos se encontraban. De hecho la visita a este sitio llegaba a convertirse en un “acontecimiento social” e igualaba las diferencias cuando, por la falta de lugar para nuevas tumbas, se levantaban las viejas y se amontonaban los huesos a un costado de la entrada, sin distinción.

Donde si creemos que pudo haberse dado este encuentro es en el campo de las mentalidades, ya que las diferentes prácticas no hicieron más que asumir de modo distinto algo que inevitable e irreversiblemente es un hecho de todo ser humano, cualquiera sea su condición. La muerte estaba siempre presente, en todos los ámbitos y personajes, a pesar de que los actores quisieran evadirse, taparla o disimularla con prácticas intelectuales o burlonas, más “lindas” u horrendas, el hombre no podía ni puede escapar de su destino…

Esto todavía estaba claro en el Renacimiento.


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