Olga Cortez
Caracas
VENEZUELA

 

 

PESADILLA


Sucedía de nuevo: viajaba a bordo de una espantosa pesadilla. Él sabía que estaba soñando y no podía despertar, como en otras ocasiones, cuando se esforzaba por escapar de alguna entidad maligna que le acosaba. Entonces, ¡qué alivio era abrir los ojos y palpar la placidez de su cama! Una vez había soñado con un cielo azul. Al centro, una luna redonda, fantástica, de destellos diamantinos. Serena contemplación. De pronto, lo inesperado, la luna estallaba y sus trozos se precipitaban a tierra como anchas saetas. Él trataba de escapar subiendo por unas montañas, pero los mares convulsionaban y el nivel de las aguas ascendía precipitadamente. La gente corría y gritaba, o era arrastrada por la fuerza de las corrientes, mientras él llegaba a la cima convencido de que le pasaría lo mismo. Cuando el horror comenzaba a lamerle las paredes del estómago, lo supo. “Esto no es más que un mal sueño”, se dijo. Después esa noche, le era fácil saber cuando le sucedía lo mismo, como ahora.
Siempre soñaba a color. En esta oportunidad el sueño discurría entre brumas, y las imágenes eran opacas. Tenía que entrecerrar los ojos para verlas mejor. Estaba de pie, al borde de una autopista con alta circulación de vehículos, muy parecida a la que transitaba cada día con su automóvil. A su lado, alguien le incitaba a cruzarla. Él quería hacerlo, pero el resplandor del sol le hería los ojos. Los zapatos se le hundían en el asfalto derretido, pero no tenía calor. Los sueños eran así, la mayoría de las veces no tenían sentido. Por eso no se preguntaba cómo había llegado allí. Cada vez que intentaba caminar, se escuchaban los chirridos y los frenazos y, sobre ellos, las maldiciones de los conductores que palidecían del susto. Su imprudencia respondía con fuertes carcajadas. Él y su compañero sólo querían experimentar el vértigo del peligro. Al fin se decidió, pero el otro se le había adelantado. El sonido del golpe fue tan real, que por un segundo creyó que estaba despierto. Pero no era así. El desconocido de su sueño le ofrecía una sonrisa tétrica y le decía: “¡Te gané, te gané, págame de una vez!
Sin entender cómo, huía de la espantosa escena. Corría de una manera extraña. Sentía las piernas muy pesadas, como las de un buey. Sin embargo, no dejaba de correr. Lo sobrecogía el remordimiento. Aunque fuera una pesadilla y su compañero un desconocido, haberlo abandonado no tenía perdón; pero así son los sueños, disparatados e incongruentes. “Tengo que escapar, tengo que escapar”, era su pensamiento. Repentinamente todo estaba oscuro, y unos seres inhumanos emergían de las sombras. ¿Era que venían por su alma? El temor crecía, como su deseo de seguir huyendo, pero el agotamiento lo obligaba a sentarse en el pavimento. ¡Qué pesadilla tan larga y tan absurda! ¿Y si se quedaba dormido para siempre?
Decidió levantarse, pero no podía moverse. Una sensación de estar encerrado en un ataúd lo embargaba. Le parecía que le faltaba la respiración y que el corazón saltaría por la boca, y que no podría evitarlo. Comenzó a gritar, pero los gritos eran roncos y muy bajos. ¡Si nada más su esposa lo escuchara y lo sacudiera hasta sacarlo de su angustia ficticia! (“Despierta, despierta, sólo estás soñando)”. No, nadie lo escuchaba. Miro alrededor y vio que no estaba solo, en un sitio boscoso, lejanamente familiar. Los monstruos aparecían otra vez.
-¡Váyanse, váyanse, por favor!-les decía, pero no le hacían caso.
Para aumentar su exaltada angustia, vio que unas arañas inverosímiles comenzaban a tejer largas y viscosas mallas. Sintió escalofrío. Presentía que quedaría suspendido en ellas como un pueril insecto. Empezó a lloriquear. ¡Se sentía tan desamparado! Pero, como en otras oportunidades, comprendió que soñaba y se le pasó la congoja. Y con ella, el terror y la desolación. Sus carcajadas resonaban en su cabeza con extraños ecos. Sumergido en ese delirio onírico, buscó la forma para escapar del mal sueño.
Ya está-pensó-, sé cómo salir de esta alucinación. Tengo que tropezar para que me despierte el sobresalto.
Luego, como suele suceder en los misterios oníricos, se vio al borde de un precipicio. Era lo que necesitaba. Saltaría y despertaría. Así lo hizo. ¡Qué levedad le otorgaba el vuelo! Abajo el manto de diademas luminosas que era la ciudad. La pesadilla quedaba atrás. Pensó en no despertar. Pero recordó que el sobresalto lo devolvería a la familiaridad de su habitación. Y lo sintió, sí, en el mismo instante en que, entre los vapores etílicos provocados por las continuas juergas, comprendió, abrasado de pánico, que estaba despierto.