Fernando González Carey
Rio Negro
ARGENTINA
Carbonilla
Cuando nos sacamos la foto que están viendo, cursábamos
el primer año del secundario en el colegio que todavía hoy está
aquí, al fondo de la calle San Juan, subiendo las bardas del Norte.
Si ustedes observan bien, a la derecha aparecen álamos desnudos y elevaciones
arcillosas de la zona y detrás de todos nosotros la fachada del colegio,
con la bandera argentina desflecada y triste. Es un grupo pintoresco, no me
lo van a negar, todos ansiosos, con risa fácil y ojos que destilan
asombro. Llama la atención cómo vestíamos, todavía
con tiradores y algunos con pantalones cortos. El blanco y negro de la foto
se confunde con el gris de la jornada, con el polvo que todos los días
jugaba con nosotros. El pelado soy yo, no hay otro. Acérquense un poco
más, vamos. Sí, todavía tenía un ojo tapado por
el hondazo que el Huguito me acertó (él está a mi derecha,
el de anteojos grandotes). Y ahora, observen a los chicos que están
en los extremos, casi despegados de la foto. Una profe., recuerdo, los arrastró
para que aparecieran. No lo hicieron muy convencidos, pero allí están,
desalineados, con las piernas torcidas y algunos pellizcando el guardapolvo.
Si se corren un poco hacia mi izquierda, atrás, van a ver a los directores.
El más alto se llamaba Barotto. Enérgico, con voz de trueno,
pero justo; el de al lado, el preceptor, era una anguila, siempre detrás
de las macanas que hacíamos, como la de la monedita que el Huguito
puso una vez pegada a la lamparita, en el portalámparas del baño
de varones....Tardaron mucho en descubrir el problema del cortocircuito ,
sin embargo él supo quién fue.
Pero volvamos a la foto. Hay una chica que quiero mostrarles, la de la derecha,
sí, esa que se esconde un poco, petisita, negra como carbón.
Carbonilla fue el apodo que le pusimos. Pensar que por esta foto la descubrieron.
Todavía la tengo en mis retinas, sentada donde el aula comunicaba con
un archivo, con sus ojos cansados y eternizados en el pizarrón. En
los recreos a veces nos alcanzaba la pelota y entonces nacía en ella
una carita nueva que yo siempre busqué después. Los profes se
cansaron de su aparente apatía a tal punto que ya ni la atendían,
y cuando tocaba el timbre de salida, no sé, desaparecía. Después
la veíamos caminando como sonámbula, gastando la tierra por
las calles de Roca, con su bolsa de libros colgada del hombro. Sabíamos
que era repitiente, pero ella ocultaba esta situación a sus padres
que vivían para el lado del basurero del Norte. Cierta vez vino la
madre a una reunión del colegio y, desde la última fila de asientos,
nos miraba a todos muy seria, como enojada. Del padre nunca supimos nada,
pero fue por la foto que descubrieron que estaba cursando nuevamente el primer
año. Sabía imitar las firmas en los boletines, era muy hábil
en ese oficio. ¡Carbonilla! Nunca más supe de ella, pero muchas
veces creí reconocerla de lejos, en los grupos que seleccionaban los
restos de la basura, allá, en el Norte de la ciudad.
Lo que son las cosas de la vida. Cuando la gente se para ante la foto, los
del grupito del medio acaparan enseguida la atención Arrímense
un poco y miren tranquilamente. Somos un cúmulo de historias dispares
que no supimos qué hacer con nuestras vidas. Veníamos al colegio
a jugar, a juntar amigos, a embromar. Y así los años pasaron
y quedamos para el recuerdo en estos cuadros que hoy se exponen en el hall.
¡Cuántas veces, en los últimos años, no habremos
visto ante nosotros un rostro desfigurado por la emoción del recuerdo,
escarbando allá atrás en la foto, insistiendo en remontar un
tiempo cumplido! Tal vez haya sido uno mismo de nosotros, o una madre buscando
a quien ya no tiene consigo, o un padre que nunca comprendió cómo
pudo alejarse tanto y dejar a su hijo a merced de los vientos. Claro que hemos
visto esos rostros sin vida y sin luz, con miradas clavadas, congeladas, hasta
apretadas por romper un hechizo. Fíjense en el rostro de Carbonilla
de una buena vez. Ella representa el fracaso, la desidia, y no por casualidad.
Todos sabemos que la educación no fue para todos, eso lo entendemos
muy bien.
El Barquero
Me sorprendí cuando me dijo que no. Después,
observando el Oeste, donde se calcaban las montañas en el lago, insistí.
- Tenga en cuenta que vengo de lejos y que la noche se arrima...
No dejaba de mirarme, pero por más que indagué sus intenciones
en la mínimas marcas de su rostro, sólo encontré la misma
negativa, pertinaz. Sin embargo, una fina línea floreció en
la comisura de sus labios cuando metí la mano en mi bolsillo y le mostré
el vintén oriental. Lo tomó con ceremonia infinita y entonces
me ayudó a subir a la barca.
Mientras los remos marcaban el paso de ñires y cohiues que se acomodaban
en la orilla, volví a sentir muy cerca de mí, adentro, a los
costados y con el alma apretada al mismo pasajero solitario y temeroso que
llevaba yo adentro. El barquero persistía en observarme.
- ¿De dónde viene? – me preguntó de repente.
- Pues caminaba por el bosque y me di cuenta bastante tarde de que no tenía
tiempo de orillar el lago para regresar a casa.
- Parece asustado.
- Hay algo de eso –respondí sin resistencia.
El barquero tenía un rostro de nadie, pero invitaba a conversar. Hablaba
con voz profunda.
- Hay en la vida sensaciones raras, que en el bosque se magnifican- deslicé
cuando la proa buscaba la orilla opuesta.
- Es que las sombras de la vida surgen recién al atardecer. Fíjese
en el pinar espeso que llega hasta la playa, cómo se abalanza sobre
el espejo de agua y lo cubre. De día, es una fortaleza verde, que sostiene
el cielo. Vamos construyendo temores en el camino de la vida y cuando éste
se angosta, aquéllos recorren el mínimo espacio en loca carrera,
mordiendo y acorralando.
Y entonces, mientras el barquero trabajaba su remo, de mi bolsillo fueron
saliendo muy despacio las penas y las mentiras, las traiciones y desencantos,
las soledades y miserias. Los iba liberando y arrojando al lago, en pequeños
envoltorios que prontamente desaparecían. La conversación avanzaba
sin miramientos. Hasta que aparecieron los recuerdos El barquero extrajo de
la nada una bolsa grande de arpillera y la abrió en silencio, incrustando
sus negros ojos en los míos. Resultó inútil resistirse.
Allí debían ir las cosas nunca más vistas y queridas
del pasado.
- Si Ud. quiere vivir, arrójelas y nunca más pida por ellas-
y cerrando la bolsa con la nostalgia que pesaba como jamás imaginé,
la tiré al lago. La estela de un pez muy grande se abrió surco
desde la quilla de la barca y se alejó tumultuosamente.
Un silencio incómodo se apoderó de mí, pero cuando arribamos
sentí el vacío que las penas habían dejado. Me alejé
sin volver el rostro, convencido de que nada valió más que ese
día.
Tadeo y Julieta
.
Para
Santiago Mc Guire,
in memoriam.
Julieta ingresa con muchísimas dudas en la capilla
vieja de los padres irlandeses, que forma parte del colegio en que cursó
sus estudios secundarios hace ya siete años. Moja la punta de sus dedos
en el agua bendita que un ángel de mármol ofrece en una batea,
y se persigna. Observa con interés la imagen de San Patricio en el
nicho del altar mayor y camina un tanto precavida por la nave central con
el alma entre las manos. A su derecha puede apreciar el confesionario tallado
en roble, pero permanece quieta unos instantes, analizando la situación
antes de decidirse a acercarse y pedir la bendición del sacerdote.
Cree que no soportará volver a encontrarse con Tadeo, a quien no ve
desde que él ingresó al seminario. Prefiere, entonces, demorarse
y tomar asiento en un sector de la capilla que la cubra de miradas indiscretas.
Más sosegada, huele el inconfundible incienso de los oficios religiosos
y se remonta a sus años de estudios juveniles, al patio circular, escenario
repetido de sus gritos y de los abrazos con sus compañeras. Como traída
por algún mago, surge en sus recuerdos una prueba de biología
en cuarto año y la certeza de haber ignorado la respuesta al cuestionario
requerido. Calcula el número de bancos de la capilla y aquel en que,
desconsolada, lloró el resultado del examen. Siente aún esa
mano que, rato después, la acarició con ternura. Desde ese momento
Tadeo se instaló sin permiso en su vida y no pudo nunca más
prescindir de él.
La melodía gregoriana navega sonámbula por la capilla y la mañana
de abril resplandece en los vitrales de las naves laterales. Julieta echa
una mirada una vez más al confesionario , pero se acomoda bien en el
banco y se engancha nuevamente con sus años anteriores, cuando con
Tadeo formaban un mundo de proyectos y de sueños. Juntos se habían
registrado en un curso de orientación vocacional, y las conclusiones
fueron obvias para ella, que se inclinaba por las matemáticas y las
ciencias exactas. En Tadeo, sin embargo, las cosas no fueron tan claras. Infinitas
fueron las charlas entre ambos, tratando de que el horizonte se abriera para
dar paso a las ansiadas previsiones.
En un momento dado, como quien debe cumplir una obligación, Julieta
se levanta y se arrodilla en el altar de la Inmaculada para palpar la pequeña
cruz que los dos marcaron hace tiempo en un costado y que todavía señala
promesas incumplidas. Allí estuvieron arrodillados en la pequeña
grada del altar. Fue aquella noche en que sus cuerpos lamieron los límites
imprecisos de sus almas y sellaron sus proyectos, a escondidas de los padres
de Tadeo, en el viejo altillo de la casa. Después llegaron las fiestas
de fin de curso, el incontenido viaje de estudios a Carlos Paz y las vacaciones
a orillas del Aluminé.
Todo tan rápido, todo tan lejano. Y más tarde, la noticia de
que Tadeo ingresaba al seminario.
Julieta está como en sueños y no se da cuenta de que una monjita
se acomoda a su lado. Un tanto incómoda, se arrodilla y advierte que
el confesionario del padre Tadeo está vacío, pero también
siente que desde adentro una poderosa fuerza la sujeta y le anticipa que será
inútil, que los sueños están vencidos y que todo ya pasó.
Pero Julieta no presta conformidad a su razón. Impulsiva por su juventud,
disconforme por la palabra esclarecedora que siempre faltó en su vida,
se levanta del asiento y camina hacia el confesionario, se arrodilla en su
lateral y oye que desde la oscura ventanilla el sacerdote da inicio a la confesión.
- In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti.
- Bendíceme, padre, porque he pecado- susurra Julieta al sacerdote
que no alcanza a ver.
- ¿Cuánto hace que no te confiesas, hija?
No responde inmediatamente porque trata de procesar esa voz tanto tiempo sin
oír, tanto tiempo callada sin razón. Nota su cansancio.
- No recuerdo, padre, pero pasó un buen tiempo. Me ha costado mucho
acercarme hoy para que Dios me bendiga y me arranque la tortura que sufro
por la vida...
- ¿De qué faltas te arrepientes? No dejes de considerar que
tienes a tu lado a un padre bondadoso, que espera tu regreso... Acuérdate
de la parábola del hijo pródigo y actúa en consecuencia.
Ten confianza en Jesús y vuelca en esta confesión tus propósitos
para mejorar el camino que aun te falta transitar ...
Julieta calla por un momento. Manos invisibles le aprietan el alma y le
amordazan su garganta. Se sobrepone, sin embargo, y descarga lo guardado tantos
años.
- Es que a veces pienso que El nos arrebata lo que más queremos. Aquello
que guardamos con tanto ahínco, sin motivos aparentes desaparece repentinamente
y nos quedamos sin aliento, padre, en medio del camino...
El sacerdote queda sin palabras, como si presintiera que esa confesión
resultará un momento difícil de manejar. Luego, su pregunta
llega, clara y rotunda, sin sobrantes
- ¿Qué ha pasado en tu vida?
Julieta percibe que el sacerdote no logra delinear su perfil de penitente,
y entonces ha dudado, ha cambiado el tono porque intuye una circunstancia
jamás pensada.
- Padre, el hombre de quien estuve enamorada me ha abandonado...
- ¿Lo querías con todo el corazón?
- Era nuestro y me lo ha robado.
.- ¿Consideras cerrado el camino y no adviertes alguna oportunidad?
¿O es que Dios te ha puesto ya sus límites?
Julieta se da cuenta de que Tadeo entra en la doctrina y que sobre ella siente
seguridad. Sabe su fracaso , pero proclama suavemente, sin pactar una sola
sílaba
- Lo primero es el amor, padre...
- Claro que sí, –le dicta Tadeo- es imprescindible para vivir,
y mientras está que sea infinito ¿Tiene tu hombre impedimentos
para estar contigo? ¿Es casado con otra mujer?
- No, padre. El me abandonó porque pensó que yo sería
un obstáculo para alcanzar sus ideales...
- Piensa que en el seno del abrazo más amoroso debemos considerar que
estamos abrazando a un ser libre, lleno de posibilidades que, incluso, se
nos escapan ¿Pudiste conversar con él para aclarar esta situación?
- No me dio oportunidad, se alejó sin mirar atrás...
- ¿Crees que estás a tiempo para borrar este sufrimiento de
tu vida?
- Cada día me convenzo más, padre, de que los únicos
amores eternos son los imposibles... Soy consciente de que he sido una opción
en su vida. Se ha alejado porque creyó que no podría compartirme
con sus proyectos... El amor sucede, padre, y siento que no se compra, que
no se elige, que no se vende ni se olvida.., contra eso nada puede....
Llora sin reparo, en silencio. El estrecho recinto es ahora la amplia glorieta
del campo de su abuela, momento eterno donde los dos abrían sus almas
con el asombro del amor primero.
El sacerdote calla, pero ella sabe que la mira sin verla, que ha intuido el
motivo de su presencia. La balanza está en su justo límite y
el tiempo se ha detenido, impreciso. Mientras Julieta se levanta del confesionario,
sin esperar la absolución , musita para terminar, como hablando consigo
misma
- Contra eso nada puede…
F I N
Para pensar después de la lectura
- ¿Te parece que el sacerdote se da cuenta de que la chica que se confiesa
con él había sido su novia?
- ¿Qué datos del cuento te llevan a pensar que sí? (en
caso de una respuesta afirmativa del punto anterior)
- ¿Contrá qué nada puede?
- ¿Estás de acuerdo con esta rotunda afirmación de Julieta?
- ¿Te recuerda algo el título del cuento?
- “Los caminos de la vida no son los que yo pensaba, no son los que
yo quería…” ¿Quién cantaba esto? ¿Estás
de acuerdo? Buscá la letra completa de la canción y transcribíla
para compartirla.
- ¿Qué podés decir acerca del diálogo que entablan
Tadeo y Julieta en el confesionario? Colocále a esta conversación
tres adjetivos que lo definan exactamente. (por ej. “incisivo”)
- ¿Estás conforme con el final del cuento? Proponé otro.
- ¿Qué motivos la impulsan a Julieta a acercarse al confesionario
sabiendo que Tadeo ya es sacerdote? ¿Acaso pretendía seducirlo?
- ¿Está defraudada, Julieta? Explayá el tema de la defraudación.