María del Carmen Santini
Santa Fé
ARGENTINA
NAUFRAGIO.
Ya era demasiado tiempo. Era él y el mar. Era él y su balsa. Era él y su almuerzo.
Había salido aquella tarde, como de costumbre, a navegar en su pequeño velero azul. Nunca había perdido el control. Nunca antes se había entusiasmado tanto con el color del cielo y la intensidad del viento. Esa vez sí. Y se dejó llevar. La plenitud de la naturaleza lo guió al medio del paisaje y llegó a un punto donde el velero se confundió con el horizonte. Cuando se dio cuenta el mar había entrado a su alma, a su mundo.
Al cesar el viento pensó primero en regresar. Calculó la hora de llegada exacta, hora en que Valeria debería estar esperándolo ya con la cena. Pero su alma le pidió más mar, mientras el mar le pidió su alma. Entonces quitó las velas de su barco y descansó. Descansó una, dos, tres noches sin sus días, soñando las constelaciones y entendiendo a ése que le contaba sus misterios.
Luego de la tercer noche apareció el primer mediodía y la primer bandeja. Le pareció más lleno de sol que cualquiera de los mediodías que había visto en sus tres décadas y pico, y la mejor bandeja de las que había almorzado en toda su vida. Era una bandeja simple de madera liviana. En un extremo tenía un tallado rudimentario de su nombre, al cual no dio menor mérito que uno como los que hacía Valeria. Al fin de cuentas, quien se la enviase no debía tener su habilidad, pero sí muy buenas intenciones.
Después de almorzar se dedicó a meditar en el mar. Tan calmo, tan brillante, tan azul. Una y otra vez meditó. Meditó en el mar y en su alma, en su alma y en el mar. Cada día era lo mismo. Después de la bandeja del almuerzo su día se fundía en las aguas serenas con un pensamiento nuevo. Todo, por supuesto, lo escribía en su bitácora, como buen capitán de velero. Un día, un mes, un año... Una década.
Tras una década las páginas de su cuaderno se quedaron sin espacio, el velero había perdido gran parte de su majestuosidad, en su lugar una pequeña balsa le permitía seguir meditando, como cada día después de almorzar de aquello que luego de recorrer quién sabe qué distancia y navegar meciéndose en las olas, se le ofrecía generosamente.
Pero ese día fue especial. Tubo un amanecer tan bello como nunca en diez años lo había visto. Tomó su bitácora y la envolvió en un trozo de su camisa, ya casi deshecha por completo. Estaba cansado. Iba a volver. Cuando llegó el almuerzo notó que en esta ocasión, la bandeja no tenía tallado su nombre, y estaba vacía. Lo sintió como una confirmación: era tiempo de volver a casa.
¿O tal vez debía ir a casa?
La pequeña balsa comenzó a deslizarse de pronto arrastrada por el mismo viento de la primer tarde, iluminada por el color del mismo cielo del día inicial. Se dejó llevar sin preocuparse hacia dónde. Allí sin duda estaría su hogar, fuera donde fuera.
Cuando la pequeña balsa llegó a destino se sacó la camisa deshecha y se cambió el pantalón. Como lo había calculado, Valeria ya tenía la cena lista y él tenía un apetito de una década. Cenó apresuradamente y luego se recostó en la hamaca del patio. Era la primera vez que había naufragado, era en realidad, la primera emoción de toda su vida.
Una noche serena se derribó sobre su hamaca y una brisa marina le lustró los zapatos embarrados en el patio. Valeria limpiaba la cocina, él meditaba en su hamaca. Se levantó y fue hasta la alacena de donde sacó una bandeja con un tallado rudimentario de su nombre. No soportó más los minutos que se sucedían sin orden después de esa cena llena de rutina y mediocridad. Sólo quedaba una balsa.
Esperó que Valeria se durmiese. Tomó la balsa y la acercó a la orilla del muelle. Tomó la bandeja, una nueva bitácora, y miró sobre las aguas que le mostraban un camino bastante conocido y, sin embargo, tan poco descifrado.
Entonces sintió que su alma le pedía el mar.
Y el mar le pidió su alma.
POR PRIMERA VEZ.
Hicimos el amor. Todo había sido preparado de una manera especial, quien sabe si por Dios o por las casualidades. Ropa nueva, nuevo perfume, nueva sonrisa... Hasta mi cuerpo se estrenaba con vos. Habíamos viajado solos. Estábamos solos.
Y el momento. Fue cuando entendí la pertenencia. Sin prisas, sin nadie de por medio. Fue la plenitud en la que nuestros cuerpos se volvieron locos. Donde mi inocencia de leona en celo se entregó a tu alma siendo tuya para siempre, un para siempre que durará un no sé cuánto. Un no sé cuánto que se afirma cada vez que te escucho.
Aunque sólo es una aventura, una maravillosa y romántica aventura furtiva, involucra los más
grandes sentimientos de mi vida. Sólo vos pudiste sacar afuera todo el tesoro que hoy descubro en mí.
Pero ¿sabés una cosa?, mientras repaso estas cartas miro mi interior y no encuentro esa emoción. Está acá en mis manos, en el lápiz; no quiere entrar en el corazón para no darse cuenta que no tiene futuro. Es este amor chiquitito y tan inmenso que se filtra como venido de la madrugada a susurrar que le pertenezco, que es mi dueño porque vos sos mi dueño. Está comprometido con tu bienestar, con tu felicidad, con tus sueños y tus progresos. Quiere mantener para sí esa ternura que le entregás cada día que nos vemos, aún sin saber a ciencia cierta que él existe.
Sé que puede terminar ahora o mañana. Hoy me basta con que estás, que es lo más importante del mundo.
SENTIRTE.
Cuántas cosas maravillosas nos pasan cuando estamos enamorados. Creo haber escrito algo acerca de eso. Lo más insólito, lo más especial de todo esto, es la manera de sentirte.
En muchas oportunidades sentí cosas. Algunas de ellas fueron hermosas y especiales, todas ellas me enseñaron algo que no pretendo olvidar. No quisiera ser desagradecida con aquellas personas que en algún momento fueron parte de mi aprendizaje de amor. ¿Se aprende a amar?, podés preguntar. Y sí, se aprende. AMOR es una palabra que le queda grande a muchos, algo que se confunde con otras emociones, con otros sentimientos o bien con cosas cotidianas que nos dan algo de felicidad y aunque estemos demasiado felices bien podemos no estar plenos. Considero que el verdadero amor, cuando llega, nos plenifica. Es imparable, quisieras detenerlo, gritarle que vaya más despacio, que no somos capaces de andar a su ritmo, pero él viene avasallante y ensordecedor e inunda cada parte de nuestro ser, y nos muestra una cara de la felicidad que nunca vimos y...
Y a veces nos damos cuenta que llegamos tarde.
Llegué tarde. Siempre llego tarde.
Llegué tarde para ser la dueña de tu corazón. Para ser tu dueña y que seas mi dueño, para que una misma vida uniera nuestras manos y llevarte de la mano y lucirme con vos por la calle.
Para eso llegué tarde.
Pero el amor es tan sabio que aunque no pudimos todo eso, nos ligó los corazones. Y te transformaste de a poco en mi amigo perfecto, en mi amante perfecto, en mi sueño perfecto. Un sueño que todas las noches entra en mi cama y me hace el amor con sus palabras, con sus caricias; un sueño que por un ratito me abre completamente su corazón y me muestra todo.
Todo eso es sentirte.
Podría expresarte lo que pienso de mil maneras diferentes, pero prefiero describirlo en sentires.
Por ejemplo, con tu pelo. Tu pelo es un aroma que enloquece, es un aroma particular y propio que hice mío cuando te vi la primera cana cayéndote como un torrente detrás de los oídos. Por ejemplo, con tus ojos. Ellos no pueden ser otra cosa que un delicioso tormento. Una mirada tuya me paraliza el corazón y las palabras. Cuántas veces me perdí en esa mirada para olvidarme de todo, olvidándome de todo. Tus ojos son tu espejo, son tu alma, eso tan sólo. Y tus manos. Todos tus sentimientos están allí, atrapados en tus manos. ¿Por qué sentimos tan fuerte sin tocarnos? La respuesta está ahí, en ellas. No podés tocarme sin que me estremezca. Podría seguir con tu boca. Ella se siente, ella se siente, ella se siente... No sé, no sé cómo expresarlo. El lenguaje de los dioses no figura en nuestro diccionario. Lo sublime es indescriptible. Es acá, frente a un beso tuyo donde la inspiración se hace sentimiento y me quita las palabras.
Y puedo contarte más, y ponerle una emoción diferente a cada parte de tu cuerpo, pero sería inútil intentar reproducir incluso con varias, porque no es lo mismo. Te amo, te quiero, te deseo, te admiro, te siento, te inundo, te vibro, te llamo.
Sos ese príncipe de los cuentos de hadas, que cabalga por mi habitación todas las noches como llanero sin nombre, como aventurero infinito, que me lleva en sueños hasta los momentos más nobles y felices.
Pero cuando despierto, veo que la vida no es un cuento de hadas, que ese príncipe no me pertenece, que nunca lo hará, que aunque todo lo de adentro lo lleve prendidito en mi alma, cuando el reloj da las doce y cenicienta escapa, debo devolverlo.
Aún después de todo, te siento mío. Llamalo egoísmo, ilusión, obsesión o como quieras. Yo lo llamo amor. Un amor tan profundo, que las mismas llamas del infierno se arrodillan ante su existencia.