Matías Nazareno Stiep
Rio Negro
ARGENTINA
El olvido de los Reyes Magos
Un cielo plomo se desangraba en lluvia aquella tarde de Enero
cuando se conocieron. Ella, presencia delicada de labios afilados, su rostro
pálido disfrazado de inocencia; él, pomponcito de terciopelo,
apenas meses en el mundo.
Enceguecida por otro más de sus caprichos, ella se enamoró enseguida
del niño que recién abría sus alitas, ese que la esperaba
sin saberlo, como ajeno a su destino. Entonces desenvainó sus intenciones
y las clavó, muy despacio, en los padres del chiquito. Lo quiero para
mí, dijo en un susurro, con una media luna polar engarzada en la boca.
No, ella nunca acepto negativas, pero decidieron enfrentarla. Había
un truco capaz de burlar su altivez inacabable.
A partir de ahí, ellos desgranaron por todos lados esa agonía
que les retorcía el alma, buscando en los demás un conjuro para
las infinitas noches sin dormir. Reventaron sus manos contra mil puertas que
se cerraron infaliblemente, y el eco de una risita cruel quedaba flotando
en el aire. Fueron peregrinos descalzos en la nieve, pero solo ella los vio
pasar, muy divertida con los tropezones, bailando graciosa entre los charcos
rojos que pintarrajearon sus caídas. La voz se les hizo jirones, vanos
porque no hubo ruego que pudiera con la sordera mientras ella, feliz, tarareaba
canciones de cuna.
No. Nadie quiso oírlos y tiritaron de soledad, como flores que se desarman
bajo la tormenta. Ni a él, nido del dolor que sentía venir ese
perfume dulce y venenoso; ni a sus padres, asfixiados por el abrazo congelado
de la indiferencia...
Hasta que ella no quiso esperar más y fue por él. Los padres
lloraron por su hijo muerto y por ese órgano que nunca llegó.
Al servicio de la comunidad
Bastaron unos instantes para que la calma tradicional del pueblo estallara
en pedazos. Exactamente, el mismo tiempo que insumió a los enmascarados
el asalto brutal a la oficina de correos. Porque sabían lo que hacían,
como balbucearía un empleado rato después, cuando ya todo era
confusión y ulular de sirenas. La rapidez de movimientos, pero sobre
todo los cuerpos abiertos por disparos de fusil automático, daban cuenta
de que los tres forajidos no eran principiantes. Consciente de eso, el subcomisario
Marín maldecía su destino. Desde que puso un pie en aquella
montaña aspiraba a un traslado a la capital, más cerca de la
jefatura y el poder. Ahora, la masacre amenazaba con truncarlo todo, incluida
su carrera. Un suceso así, en la joya turística de la provincia,
no sería fácil de soslayar y menos en un año electoral.
Sin remedio imaginaba los cabildeos en la plana mayor, los murmullos inquietantes
de las altas esferas políticas, aquellos teléfonos sonando sin
parar, y el morbo de la prensa que ya hacía sonar los propios, y el...
Interrumpió el cabo Sarabia, quien le acercó un celular. Sintió
un escalofrió al escuchar esa voz, la del jefe de la fuerza; un escozor
que fue mutando en sorpresa. Cuando colgó, el alivio en su rostro era
patente. Estamos afuera, dijo en un suspiro al cabo cuando le devolvió
el móvil. Mandan una comisión de la capital.
La medida se decidió apenas la noticia hubo sacudido la gobernación.
Hundido en su sillón, el gobernador había suplicado:
- Decime que podés sacarme de este quilombo.
Al otro lado del escritorio, el comisario general Vega sonrió a media
boca, como preludiando, y entonces mostró su carta:
- No se preocupe. Tengo un dogo para tirarle a estos infelices.
- ¿Quién es? – preguntó el gobernador, conteniendo
la respiración.
- El comisario Farías.
El gobernador hizo una mueca. Conocía los antecedentes del áspero
oficial; de hecho, alguna vez tuvo que frenarle un ascenso, inconveniente
ante las voces que lo acusaban de apremios en varias unidades donde revistó.
Pero ahora la situación era distinta. Para cazar lobos se necesitan
perros tan asesinos como ellos. Tendría que taparse la nariz. Su mullido
sillón lo valía.
Esa misma noche, llegaron al pintoresco pueblo el comisario Farías
y dos suboficiales elegidos por él. En la subcomisaría encontraron
a los impávidos agentes locales y al juez de instrucción:
- Farías, ¿qué hace acá? - gritó.
- Lo que usted no puede, doctor.
- Entonces, podríamos llegar a un arreglo… – dijo luego
el juez, cuando estuvieron a solas. Ahora su tono era más cordial.
Farías se acarició el bigote y quiso saber los detalles. La
propuesta le supo a gloria: carta blanca para operar. Cuando todo terminara,
en tanto, el magistrado se colgaría los laureles de una historia oficial
conforme a derecho, decisivo empujón para llegar a la Cámara
de Apelaciones. Al policía no le importaba la figuración, a
la que rehuía; sólo anhelaba un recreo de la legalidad para
desempolvar los viejos tiempos.
Carta blanca para operar, repitió Farias a sus hombres, y los tres
rieron a carcajadas. Eran viejos conocidos, desde los años de plomo,
y los unía ese lazo indestructible que nace bajo el fuego de los tiroteos
más feroces. Enseguida concurrieron a la escena. Haciendo a un lado
al agente de consigna, se toparon con dos policías y un cliente desparramados
en el piso, casi despedazados por balazos de FAL. Un atraco sangriento y muy
veloz. Pero habían dejado muchos rastros, impropios de los profesionales
que aparentaban ser. Farías sospechaba algo extraño y sus hombres
acordaron. Repitió la advertencia en las cercanías de la cabaña
lejana, oculta en el bosque, a la que una huella los llevó. Por lo
menos quiero a uno vivo, agregó cuando se acercaban a la vivienda sin
luces, y los suboficiales sonrieron. Sabían que Farias lo haría
cantar.
La puerta estalló y los tres entraron como tromba. Pero la sorpresa
los frenó en seco. Sentado a una mesa, veteado por el fanal de luna
que hacía brillar el desprecio en su sonrisa, los esperaba un hombre.
A su lado yacía indolente un fusil de uso militar. Algo estaba mal,
pero pronto sabrían de qué se trataba todo. Entre insultos y
golpes le colocaron las esposas, esas que jamás volverían a
sacarle, y lo llevaron al calabozo que Farías había elegido
previamente.
El interrogatorio comenzó con una paliza. Por más que grites
nadie te va a escuchar, aulló Farías, y se esmeró en
sus métodos. Pero el hombre no gritó. Sólo sonreía
con sus labios rotos, y un chorro de sangre afloró con una carcajada
siniestra, plena de maldad. Sorprendido, el torturador se detuvo. Un grito
explotó en la celda:
- ¿No te acordás de mí, Farías?.
Rió de vuelta, con un estruendo tétrico. Al parecer le divertía
mucho el desconcierto que desfiguraba a su golpeador. Entonces continuó:
- Te reconocí enseguida. Imposible que dejaras de usar esa Colt cromada
que te regaló el capitán de navío Montoya. Sí,
te conozco muy bien. Demasiado vanidoso como para usar un fierro común
y silvestre.
Algo parecido al pánico atenazó al oficial. No era posible que
justo ese hombre ensangrentado conociera las sombras de su pasado. Simplemente
no podía suceder, se dijo. Recomponiéndose, pidió a los
gritos una manopla de bronce. Haría pagar con creces la osadía,
se dijo, envalentonado por la revancha. El otro estuvo lejos de amilanarse:
- Ahora me vas a reventar, te conozco. Es lo que vas a hacer y está
bien, es el sacrificio que me toca. No me importa, ya me sacaron todo. Sabés
tan bien como yo que no voy a decirte nada más, salvo que no fue por
la plata. Todo es parte de un plan más grande. Nosotros no nos vendimos
como vos, Farías.
Aunque lo hubiera querido, no pudo decir nada más. Aquel que se había
propuesto hacerlo cantar, ahora sentía el apremio por silenciarlo.
No importaba el cómo; carta blanca le prometieron. Un puño metálico
cayó como halcón y acribilló la cabeza, una y mil veces,
hasta que no volvió a moverse.
Detrás de la reja, los agentes locales miraban sin poder creer. Con
horror imaginaban los diarios del día siguiente; pero cuando el otro
día llegó y nada se dijo empezaron a sospechar aquel pacto espurio.
A idéntica conclusión llegó un periodista que siempre
preguntaba demasiado. Su vocación lo forzó a sacarse la mordaza
y una vez libre hizo llamadas, contactó fuentes y cruzó datos
hasta que un entramado siniestro emergió ante él. Preso de un
entusiasmo juvenil, reveló a su editor que aquello era más que
otra muerte en una comisaría. Pero, inesperadamente, su alegría
se fue apagando. La información era concluyente, pero tal vez la verdad
resultaría en impunidad. ¿Acaso existe peor enemigo que un antiguo
amigo?. Farías conocía el submundo de esos criminales, quizás
demasiado bien. ¿Agentes comunes podrían siquiera enfrentar
a estos jinetes del Apocalipsis?. Pero el instinto del periodista, el vértigo
caliente que provoca la primicia entre los dedos, terminó inclinando
la puja interna. Del otro lado del escritorio, el editor sacaba las mismas
cuentas. La primicia sería útil para remontar ventas y ganarle
por lo menos una vez a los otros diarios. Incluso los informativos nacionales
levantarían la revelación y sus incalculables consecuencias.
Los beneficios prometían ser astronómicos.
- Sacamos una segunda edición del día. Esto tiene que salir
hoy mismo.
El periodista, enceguecido de fervor, cumplió gustoso la orden y esa
misma noche ardió la prensa del país. El incendio se extendió
como rayo por todas las estructuras políticas de la provincia y desde
allí saltó encima de la sociedad, para inmovilizarla y clavarle
los colmillos.
Tanto vértigo derretía líneas telefónicas completas.
Es que la ruleta ya giraba y los apostadores eran legión. Como era
previsible, el teléfono del juzgado de instrucción también
sonó, y entonces el juez conoció la parte submarina del témpano.
La situación había cambiado y sin más trámite
tomó una decisión. Intuía lo que el comisario efectivamente
le enrostró una hora más tarde, pero no le importó. Ni
ese insulto final ni nada del monólogo que empezó con una pregunta:
- ¿Qué es todo esto, doctor?.
Una agitación anormal para esa subcomisaría había despertado
el instinto del comisario. Impasible, el juez ordenó con un mohín
a dos agentes que lo esposaran.
- Tiene un pedido de captura del juzgado federal, comisario. Desaparición
de personas en los setenta.
Traidor. Escuchó claramente ese insulto, aunque no los otros, filtrados
por el tumulto que envolvió la salida de Farías de la comisaría,
esposado y a los empujones entre los flashes y el golpeteo de los micrófonos
contra las caras. Exultante, el juez de anteojos negros respondió ampuloso
y ganador las preguntas de los periodistas; también las de aquel que
siempre había preguntado demasiado. Todo bajo la relampagueante lluvia
de fotos, esas que luego fueron las portadas donde relució la victoria
de su gesto. Era el rostro del paladín que, cara a cara con la bestia,
se hizo cargo de su captura. Mientras tanto, los dos cómplices habían
dejado de importar. Por un lado, el concurso para la Cámara era inminente;
por el otro, el comisario que fue represor ya era la vedette de un periodismo
con eterna vocación monotemática.
La escena era idéntica a la que sucedía en las escalinatas de
la gobernación con el gobernador como protagonista, bajo un cielo negro
al que se elevaron palabras cuidadosamente escogidas por sus asesores. Democracia.
Independencia judicial. Compromiso político. Derechos humanos. Legalidad.
Justicia. Las hermanó el tono apasionado, como de juramento, del gobernador.
Dentro del edificio, el secretario que sugirió la jugada maestra para
abortar la catástrofe no podía sacarse una sonrisa estúpida.
Aun latía en sus oídos el ascenso que le prometiera el agradecido
gobernador, lleno de alivio por saberse a salvo. Es que los conjurados, tenebrosos
resabios del pasado, terminaron siendo funcionales. Ni lo más oscuro
de esas mentes sospechó la naturaleza gatuna de la política:
pragmatismo para el provecho propio y caer siempre de pie.
Un patrullero esperaba al comisario. Atentos miraban el juez, el periodista,
todos sus colegas, curiosos y también turistas que se habían
acercado para mirar las monerías del tercer mundo como si acompañaran
a sus hijos en el circo. Todos ellos vieron al comisario esposado subir al
auto con la cabeza gacha. Un portazo lo sepultó, y entonces fue visible
el lema allí pintado: “Al servicio de la comunidad”.
En el nombre de Dios
Ya casi había llegado la hora. En la penumbra de la
casona, el capitán Ignacio Anchorena dibujaba círculos con su
andar de tigre encerrado. Sólo se detenía bajo los ventanales
blancos de luna, para consultar el reloj de oro que llevaba en el bolsillo
de su chaquetilla. Nada más que para ofrecer su propia carne al nerviosismo,
para lamentar por enésima vez el haber cedido con indolencia de principiante
su rol de cazador. El papel lo ejecutó, con maestría involuntaria,
esa mujer con estampa de diosa escandinava que conoció dos semanas
atrás. Desde entonces, no pudo extirparla de sus pensamientos. Su templanza
empezó a resquebrajarse cuando llegó ese sobre perfumado, y
ahora que la cita se le venía encima, la ansiedad galopaba triunfante
entre los despojos de su autocontrol.
Alguien golpeó la puerta de roble alemán. Era el cochero personal
de la familia Ramos Peralta, con el aguacero incrustado en la ropa. Mientras
subía al carruaje que lo llevaría a la tertulia, Anchorena pensó
en los beneficios que le granjeaba su posición, la de un capitán
de caballería rubio y espigado, con rasgos europeos que a los treinta
años estaban en flor. Pero sobre todo el peso en quilates de una genealogía
enraizada en lo más rancio de la aristocracia criolla.
La casa de los Peralta Ramos estaba dentro de los cánones de la nobleza
ganadera. Exteriores blancos, herrería de fantasía en las ventanas
interminables, y un anegado jardín con reminiscencias a Versalles que
Anchorena atravesó con los latidos a paso redoblado.
Entonces la vio, subrepticia tras un marco, como un ángel fugitivo
de un óleo renacentista. Inés Peralta Ramos estaba radiante,
con una sonrisa clavada en los labios muy rojos. El cruce de miradas era insistente
y martillaba el pecho de Anchorena. De fondo, un valls vienés abría
los ojos a la luz. Era el momento.
Anchorena tragó saliva. Esta vez su mucha experiencia con las mujeres
no serviría, un desconocido hormigueo en el vientre lo confirmaba.
Acorralado por sensaciones desconocidas, eligió un recurso propio de
la milicia. Emprendió ciego la carga frontal, y sus piernas casi cedieron
cuando ella aceptó con una mirada chispeante que él, lo supo
en ese instante, nunca podría olvidar.
No habían dado un giro cuando una voz murmuró muy despacio:
- Mi capitán...
La evolución del baile permitió a Anchorena una inmediata inspección
de reojo. Apretó las muelas: un paisanito con el uniforme de soldado
raso cubierto de barro era quien osaba interrumpir. Quiso ignorarlo pero no
tuvo éxito, porque el soldadito de pelo ensortijado no se lo permitió:
- Mi capitán... – dijo levantando la voz, y rozó el antebrazo
de Anchorena. Ni un segundo tardó Anchorena en deshacerse del contacto
con un movimiento violentísimo. Ante la mirada horrorizada de Inés
y del resto de los comensales, se sacudió la manga del uniforme impecable,
y cuando quiso castigar la impertinencia, el soldado encontró el hueco.
Muy cerca del oído de Anchorena susurró durante largos segundos.
El rostro del capitán se fue descomponiendo hasta que los labios del
soldado dejaron de moverse.
- Tengo que marcharme ya mismo – dijo Anchorena mientras se colocaba
los correajes del sable.
Inés no articuló palabra. Su boca permanecía sepultada
bajo las manos enguantadas.
- Sucedió algo demasiado grave. Ya te contaré - completó
él al tiempo que se iba a paso rápido junto al soldado.
Al rato amaneció. La hora naranja de los fusilamientos sorprendió
a Anchorena en el Ministerio de Guerra.
- ¡Capitán! Qué sorpresa verlo por acá. Tome asiento
– dijo sonriente el general Roca. Anchorena obedeció todavía
sorprendido por esa afabilidad inédita. La áspera marcialidad
de Roca era famosa entre las tropas, y más de un soldado retoño
no había podido controlar sus temblores cuando el general inspeccionaba
las formaciones.
Con aparente ajenidad, el ministro se reclinó en su sillón y
preparó la pipa, permitiendo a Anchorena repetir las palabras del soldado.
Habló entonces de la estancia propiedad de su familia, y de los miles
de vacunos que allí pastaban. Habló también de la proximidad
con los territorios del cacique Pincén, violento e indomable. Y del
malón definitivo, que sediento de ganado se abalanzó incontenible
sobre los inocentes con sus lanzas y sus gritos. Fue en un delirio de ferocidad
que arrasaron con todo a su paso.
- Mi general, solicito permiso para incorporarme a la división del
coronel Villegas - dijo Anchorena para cerrar solemne su monólogo ensangrentado.
Roca exhaló una voluta espesa, embargado por algo parecido al placer.
Ya sabía todo desde la noche anterior, y los sucesos estaban empujando
a la realidad a las planificaciones hechas tantos años atrás.
- No esperaba menos de usted, capitán. Pero déjeme hacerle una
pregunta... ¿está seguro? ¿Realmente desea cambiar las
comodidades de Buenos Aires para ir al desierto a pelear con estos salvajes?
El tanteo era malicioso. Ambos callaban que el apellido del joven oficial
era el ancla que lo mantenía en la capital, cerca de la vida social
de la clase alta y lejos de los horrores del frente.
- Sí mi general, estoy completamente seguro de mi pedido y voluntad
- retrucó enseguida Anchorena, con los ojos encendidos.
Un Roca con gesto de increíble felicidad le ofreció la mano
y pronunció las formalidades para aceptar el pedido.
- Ah, y no olvide llevar su Winchester - dijo para concluir.
Anchorena se permitió la primera sonrisa de las últimas doce
horas. Eran célebres las historias sobre su puntería con las
armas de fuego. Los disparos bautismales sucedieron cuando sus manitos apenas
podían con un revólver, pero las botellas quedaban reducidas
a pedazos, convertidas en sorpresa y en presagio. El mito nacería cuando
ya adolescente y eximio jinete se unió a las partidas de peones que
salían a cazar ñandúes. Aquella tarde primigenia el mocito
Ignacio miró con desprecio las boleadoras indias que le ofrecieron
y desafiante empuñó el regalo de su decimoquinto cumpleaños.
Un rifle Winchester 1866, importado de la Norteamérica donde fuera
cincel de matanzas. Los peones escupieron un silencio viscoso y denso que
se escapaba de sus bocas entreabiertas, rumiantes de un recelo que más
tarde debieron tragar, cuando vieron al jovenzuelo disparar al galope. Uno
a uno los ñandúes se desplomaron devorados por la polvareda,
decapitados por certerísimos impactos.
No demasiado después las ropas de gaucho dieron paso al uniforme militar,
y allí el por entonces coronel Roca supo del aristocrático cadete
y sus hazañas. Ya planeaba las campañas contra los indios y
Anchorena podía ser muy útil. Se frotó las manos al pensar
en los soldados viendo a su oficial matar salvajes como si fueran aquellos
ñandúes, con esa misma facilidad insultante. Finalmente el tiempo
vistió de realidad a los planes de Roca, pero no en lo atinente a Ignacio
Anchorena. Ahora la tragedia reciente daba al general la posibilidad de esquivar
con elegancia el obstáculo del apellido. Para mejor, sin que una eventual
desgracia pudiera salpicarlo. Todo ello hacía insignificante permitirle
su arma personal en detrimento del Rémington Patria, el reglamentario
“mata indios”. Largó otra voluta y supo que su sonrisa
tenía cimientos sólidos.
La nube parecía exhalación de tabaco. Anchorena la miraba pensativo,
con la vista aburrida de tanto desierto. Seguramente no debía faltar
mucho para llegar al fortín, y en efecto, allá estaba. Una sensación
de cierta fragilidad envolvía al mangrullo y la cerca de troncos desparejos.
Anchorena la pensó como aliciente para atraer malones y el entusiasmo
le hizo espolear a su caballo.
En el patio empantanado por la lluvia reciente lo esperaban los soldados formados.
El coronel Villegas se acercó a saludarlo y sin más preámbulo
le transmitió las órdenes recién silbadas por el telégrafo.
Olvidando el cansancio de la travesía, Anchorena montó enseguida
y en segundos escrutó la formación. Recorrió las miradas
de los soldados y eligió las cuatro que devolvían un brillo
de sable. Un sargento y tres soldados rasos corrieron por sus caballos para
acompañarlo en la misión recién asignada.
El sol pendía de jirones rojos cuando el capitán y su patrulla
llegaron a la estancia de la familia Anchorena. Eran cientos de hectáreas
que el Restaurador regaló a sus familiares cuarenta años atrás,
luego de barrer sin piedad las tolderías que allí había.
Un silencio hediondo a devastación flotaba en el aire. El suelo negro
todavía humeaba en algunos sitios, sobre todo cerca de lo que poco
tiempo antes fue el casco de la estancia. Sólo quedaban los cimientos,
desnudos como los huesos de un crimen antiguo, salpicados por las trizas pisoteadas
de lo que alguna vez fue delicada porcelana francesa. Cerca, crucificado en
las espinas de un jarillal, un desgarrado vestido de mujer tiritaba al compás
del aire frío.
Los cinco militares permanecieron quietos en sus monturas. Nadie hablaba,
sólo el viento cuando seducía a las arboledas próximas.
De repente una rama lejana murmuró su fractura y las mandíbulas
del capitán Anchorena se aflojaron; la infancia campestre le había
legado el oído de cazador. Con señas ordenó a sus subalternos
y emprendieron el trote cauteloso hacia el grupúsculo de sauces. Un
reflejo tajeó la oscuridad y entonces Anchorena enterró las
espuelas. Sabiéndose descubierto, el indio dejó su lanza caída
y saltó en su alazán para emprender la huída. Su caballo
parecía consciente de la inferioridad numérica, y exigía
el galope sin que fuera necesario reclamárselo.
Los subalternos pensaron al unísono que la persecución había
degenerado en inútil cuando vieron a Anchorena desenfundar el Winchester
de las leyendas. Deslumbrante de níquel y luna llena, el capitán
lo sostuvo con su mano derecha y apuntó. Pero cuando el dedo buscaba
el gatillo, una idea le salió al paso. Entonces movió levemente
el arma y una explosión retumbó en toda la pampa. Una bandada
de cuervos asustados levantó vuelo y escondió el grito del indio
cuando sintió el fuego morder su hombro.
La cacería se hundía en la oscuridad. Sin dar descanso a las
espuelas, Anchorena recargó el arma con un movimiento circular tan
vistoso como pestilente a suficiencia. Pero enseguida la devolvió a
la funda para atenazar con incredulidad a los soldados. Hasta que comprendieron
el plan.
Entonces retomaron la persecución para alcanzar a su superior cuando
el contorno negro de la toldería rompía el horizonte. Anchorena
se felicitó por su idea: supuso que el indio herido podía guiarlos
hacia su escondite y probó suerte. Apenas lo vio palparse la herida
supo que la desesperación lo había cegado.
Otro disparo de Anchorena despedazó la noche. Pero el indio nunca pudo
oírlo, impedido por el proyectil que se incrustó con un crujido
en su cuello.
En los toldos el desconcierto ya era un incendio incontrolable. Los pocos
que pudieron salir con algún arma en mano fueron asesinados en el acto,
y los chillidos que el pavor arrancaba a las mujeres también cayeron
bajo las balas. Casi al unísono, los cinco fusiles ejecutaron una sinfonía
de muerte que fue breve pero eterna, que fue una ardiente y a la vez gélida
nevazón de plomo.
En un momento las detonaciones callaron. Entre los vahos de pólvora,
una fila de indios arrodillados y cabizbajos esperaba por su destino. Anchorena
los miró desde las alturas de su montura, con un brillo extraño
que le bailaba en los ojos. Una mano aferraba el fusil plateado mientras la
otra hacía esfuerzos por controlar la efervescencia del caballo.
Su voz tranquila explotó en los oídos de todos los presentes.
- Quemen todo.
La estupefacción los hermanó, reluciente bajo los párpados
de los soldados y arando con llanto las mejillas de los cautivos. Amparado
por tamaño desconcierto, un indio apareció atrás del
capitán, con sigilo de puma y su lanza relamiéndose. Días
después un cura sindicaría a la protección del Señor
cuando le contaron que, en aquel instante definitivo, Anchorena giró
sobre sí y descerrajó la muerte a quemarropa.
El arma del guerrero cayó como un gorrión herido, liberando
las manos temblorosas para que buscaran el vientre deshojado. La mirada dura
y reluciente de Anchorena se clavó en los ojos desorbitados de su nueva
víctima; dos pasos después las piernas del moribundo dejaron
de responderle y se derrumbó sin remedio, poseído por las convulsiones.
Una mano flameó roja de agonía mientras la otra arañaba
rabiosa la tierra de los ancestros. Decía palabras vacilantes cuando
Anchorena escuchó una que pudo burlar la hemorragia:
- Civilización...
Las dudas murieron con él. Los toldos ardieron y un fulgor tétrico
les iluminó las caras.
- ¡La civilización acaba de llegar! – gritó victorioso,
y mirando a sus soldados dijo palabras que ninguno de ellos jamás lograría
exorcizar: “No nos llevamos ningún prisionero. Ya saben qué
hacer”.
Desterrada la consciencia, no hizo falta más para que, en un sólo
instante y haciendo gala de una sincronía tan involuntaria como brutal,
las armas volvieran a hablar. En su única lengua, a los gritos, con
los ojos cerrados. Igual que los indios postreros, arrodillados en esa fila
que ya se consumía, devorada por los balazos. Uno a uno fueron desplomándose,
vencidos por el fuego y el metal que penetró sus cuerpos ahora inertes,
ahora consagrados a terminar de fundirse con el arenal.
Consumado su macabro monólogo, las armas devolvieron a la pampa su
silencio. Sumidos en la contemplación de la masacre humeante, los soldados
empezaban a comprender lo que
habían hecho. Embargados como estaban por el despertar de sus razones,
no repararon en el capitán ni mucho menos en la mueca que le arqueaba
los labios. Perdido en la lejanía de sus pensamientos, vagó
con éxtasis por las calles adoquinadas de una ciudad futura, luminosa
de esplendor, emplazada sobre la ceniza de esos toldos; floreciente de progreso,
fertilizada por tantos trenes lustrosos que se apiñaban junto a la
amplia estación de arquitectura victoriana, cerca del cartel negro
que rezaba, con grandes letras blancas, el nombre de la urbe: “General
Anchorena”.
- ¿Qué hacemos ahora, mi capitán?
Era el sargento quien lo arrancó de sus fantasías.
- Volvemos al fortín – contestó Anchorena con una parquedad
que se deshizo casi enseguida, al arrullo de las ilusiones todavía
frescas. La mueca devino en sonrisa cuando pensó que la hora ya había
llegado. La hora de la civilización, se dijo para sí en la penumbra
de la pampa.