Roberto
Vázquez Domínguez
Asturias
ESPAÑA
Roberto Piruleta
(Número de asiento registral 03/2007/1255)Anónimo es un joven aventurero, obligado a emigrar en busca de un porvenir mejor en el país de la Abundancia, dejando atrás a su familia, amigos y cultura, para embarcarse en una gran aventura...
Este viaje, lleno de peligros le llevará a un lugar desconocido, donde nada es como él había imaginado…
Nota de los autores:
Este libro puede ser utilizado como base pedagógica, en la elaboración de unidades didácticas para la educación en valores sobre la problemática de la emigración.
Recomendado a niñ@s y jóvenes en edad escolar y a todas aquellas personas interesadas en este tema.
Hola, amig@s:
Me llamo Rodari y soy un viejo trotamundos que se dedica a escribir y contar historias. Hoy quiero hablaros de una que escribí hace mucho, muuucho tiempo, sobre el país de las Narices Rojas...
Érase una vez, un cuentacuentos que viajaba de lugar en lugar, con su mochila repleta de sueños. Sueños, que luego se transformarían en historias contadas. Mientras caminaba, pensaba qué sería lo próximo a contar. Y así, llegó hasta el lejano país de las Narices Rojas. Se dirigió a la plaza del pueblo y, como si se tratara de un juglar medieval, sacó de su zurrón una especie de pergamino y convocó a todos los habitantes para contarles las increíbles historias del país de la Abundancia. Comenzó de esta manera:Atención: niñ@s y mayores, acérquense tod@s.
Disfruten de las extrañas historias que he escuchado y visto a lo largo del mundo. Hoy les hablaré del país de la Abundancia. Un país lleno de modernas maravillas, de tiendas, mercados, supermercados, hipermercados, centros comerciales...
Las personas que viven en Abundancia utilizan, para su transporte, una especie de monstruos metálicos: ¡los coches! Los llevan a pastar a unos lugares llamados gasolineras. Tienen edificios enormes y viven en ellos como hormigas. Para poder comer, trabajan en un montón de oficios diferentes. Al mío, le llaman contador de cuentos, titiritero...Y ahora, les dejo con una marioneta venida directamente de ese lugar llamado Abundancia....
El titiritero manejaba tan bien la marioneta que parecía que cobraba vida, a pesar de aquel aire de tristeza que tenía en sus ojos ahuecados.
Acabada su función y después de haber contado mil maravillas sobre aquel lejano país, cogió sus bártulos y se fue como había venido, sin darse cuenta de que uno de los tantos muchachos que había presenciado la función, aún seguía sentado, impresionado por aquella historia, por aquella marioneta y por todas las cosas extrañas que, según contaba el titiritero, había en aquel país llamado Abundancia...
No diré aquí el nombre de aquel muchacho, porque sé bien que él prefiere mantenerlo en el anonimato, pero sí contaré que, cuando volvió de sus fantasías, comprobó que la plaza estaba vacía y que solo él permanecía allí. Entonces, se levantó como un rayo y se fue corriendo de aquel lugar.
-Quiero ir a Abundancia y convertirme en un titiritero. Estoy harto de esperar aquí a que me pase algo interesante –se repetía una y otra vez por el camino.
Pensando así llegó a su casa, donde le esperaban sus padres, fatigados del trabajo del día. Porque debéis de saber que la vida en aquel país de las Narices Rojas era muy, pero que muy dura. Durante la cena el joven permaneció callado y pensativo. Eso extrañó a sus padres porque normalmente era muy parlanchín y vivaz. Pero al final, rompió su silencio, contó todo lo que había escuchado en la plaza sobre aquel lugar llamado Abundancia y acabó diciendo que él iría también a ese país para poder traerles aquellas maravillas y hacerles, así, la vida más fácil.
La madre, al escucharlo, rompió a llorar. Ella ya había oído hablar de aquel país al que muchos habían ido pero del que nadie había regresado.
El joven vio los peligros que le esperaban hasta llegar a aquel país, pero algo en su interior no le dejaba pensar en otra cosa. Y así fue como tomó la decisión de convertirse en emigrante.
Cogió su maleta decidido, pero antes de partir su padre le entregó un saquito que contenía un puñado de la tierra que le vio nacer.
-Te traerá suerte y esperanza –dijo.
Su madre se sacó de la muñeca su única pulsera y se la entregó con lágrimas en los ojos. Aquella pulsera había sido de su madre, de su abuela, de su bisabuela, de su tatarabuela…Con un nudo en la garganta asintió y, sin mediar otra palabra que un suave “adiós”, cogió la pulsera, se dio media vuelta y se marchó llorando.
Y de esta manera se embarcó en un largo y penoso viaje, lleno de peligros, en el que un mar tenebroso se enfrentaba ante él como algo insalvable.
De pronto, todo se había convertido en una trampa de la que no sabía cómo salir. Se sentía extraño, perdido, muy asustado y con mucho frío, mientras que el agua le amenazaba con llevárselo hacia las profundidades.
Nunca había salido de la aldea donde había nacido. Todo era nuevo, distinto para sus ojos, amenazador. Él no había querido irse de su pueblo natal, pero allí no había otro trabajo que la dura tierra y siempre se tenía hambre. Su afán de aventuras había podido sobre sus miedos y quería ver, con sus propios ojos, aquel lugar donde no faltaba de nada y donde se nadaba en la abundancia.
Después de salir de aquel mar tenebroso, caminó y caminó por tierras extrañas, siguiendo la ruta que había indicado el titiritero y tan cansado estaba que se quedó dormido sin que le importara nada de lo que sucedía a su alrededor. De pronto, una especie de ciempiés de hierro, sobresaltó su sueño y, muy asustado, corrió a esconderse. El ruido era atronador y, al pasar cerca de él, pudo ver cómo dentro llevaba a muchas personas que parecían tranquilas e incluso algunas, dormidas.
De pronto, se dio cuenta de que aquello debía de ser un tren y, que como le había contado el titiritero, transportaba gente de un lado a otro.
-¡Vaya, vaya! Así que parece que ya debo haber llegado a mi destino…
Habían pasado cientos de días con sus frías noches y él, fatigado y hambriento, ya que se había alimentado de raíces y frutos, caminaba hacia Abundancia con la fuerza que le daba aquella loca ilusión. Cada paso le recordaba a su familia, como si, desde la distancia, le ayudaran a levantar la suela de sus muy desgastados zapatos y le animaran alegres para que no mirara hacia atrás.
-No puedo fallarles. Confían en mí. ¡Seré un gran titiritero! –se decía el joven, sin perder la gran sonrisa que siempre se dibujaba en su cara.
Tan agotado estaba de la travesía que todo le parecía ahora un sueño que comenzaba una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez...Y así, cayó dormido.
Cuando Anónimo despertó de su letargo al cabo de muchas, muchas horas, se levantó de un salto con energía y con el presentimiento de haber conseguido su meta. Miró a su alrededor y se quedó paralizado, pues se encontraba en una especie de jaula donde casi no se divisaba el cielo. Enormes moles monstruosas lo tapaban casi por completo, dejando sólo pasar unos débiles rayitos de sol que se escapaban entre ellos como huyendo.
Como chico avispado que era, pronto se dio cuenta de que allí, en aquella especie de colmenas, era donde vivían las gentes del maravilloso país de la Abundancia. Se encogió de hombros y, sin dejar de mirar a lo alto, siguió andando.
-¡Buscaré un titiritero que me enseñe su oficio... Aquí debe haber muchos! –decía el joven sonriendo, a pesar de que llevaba ya varios días sin comer.
Y comenzó a caminar por las calles vacías que tenía aquella oscura ciudad, buscando a alguien con quien poder hablar. Mientras andaba y andaba, la noche iba cayendo sobre la ciudad, a la vez que una fría y fina lluvia ponía el suelo brillante como un cristal. De pronto, vio a lo lejos al primer habitante de Abundancia. Corrió tras él con grandes zancadas pero, aunque le llamó varias veces, no se paró ni se volvió a mirarle. Cuando Anónimo llegó hasta él, le detuvo. Entonces, el habitante le miró con aquella mirada hueca y el semblante triste que ya había visto en la marioneta manejada por aquel titiritero en la plaza de su pueblo.
A primera vista, el muchacho se sobresaltó, ya que no era exactamente como él. Su piel, sus ojos huecos, su ropa y su olor eran distintos....pero en el fondo, ambos eran iguales.
Como el muchacho lo vio algo asustado, como con miedo, le sonrió y le dijo:
-Perdone, ¿es esto Abundancia? ¿Dónde podría encontrar a alguien que tenga el oficio de titiritero?
El habitante le miró desconcertado y el joven volvió a preguntarle:
-Disculpe, ¿estamos en Abundancia? Es que estoy buscando un titiritero. ¿Usted sabe dónde podría encontrarlo?
-Ni quimprindi li qui tí istís dicindi –le farfulló el habitante y siguió andando.
-Por lo que oigo, usted no habla mi idioma ni yo hablo el suyo. Pero gracias y perdone las molestias –dijo tristemente el joven.
Tras despedirse del extraño habitante, Anónimo siguió caminando durante mucho rato pero, agotado por el cansancio y la tensión acumulada en el viaje, se quedó de pronto como deshinchado. ¿Qué podría hacer? Y así pasó varias horas, sentado en su maleta, triste y aturdido. Aquello no se lo esperaba. ¿Cómo iba a poder hablar y entenderse con aquella gente? No sabía nada de aquel extraño idioma y echaba de menos a su familia y a sus amigos. Entonces, cambió la sonrisa que momentos antes poseía su rostro por amargas lágrimas.
Pasó el tiempo y cayó la noche; el frío le obligó a levantarse y buscar un cobijo para poder dormir. No sabía de ningún lugar y, para colmo, no entendía lo que decían los carteles de aquel extraño país llamado Abundancia.
Cuando por fin se repuso, volvió a recorrer durante un buen rato aquella ciudad y, dejándose llevar por una música estridente que sonaba a lo lejos, encontró una antigua taberna marinera. Entró para resguardarse del frío intenso y de aquella lluvia, pero el lugar estaba tan lleno de humo que casi no se distinguía a las personas que allí se encontraban. Notó, eso sí, que el color de piel era el mismo que el de el otro habitante, pero no todos tenían aquellos ojos huecos que tanto le habían impresionado.
Con tan sólo una mirada comprobó que no era grata su presencia. Pero, con la valentía que da el hambre fue, sin dudar, hasta la barra; detrás de ella había un hombre de gran bigote.
-Hola, señor. Necesito un sitio para dormir y un poco de comida. Hace días que no pruebo bocado –le dijo.
-Ni sí li qui dicis. Ni quimprindi li qui dicis –fue su respuesta.
-Perdone, no me di cuenta...-dijo Anónimo confundido.
El joven hizo el gesto de dormir y comer, pero el hombre, con muy malas pulgas, le dijo mediante señas:
-¡Aquí, dormir no! ¡Pero comer, espera!
Sacó un suculento bocadillo que envolvió en papel de plata y cuando Anónimo iba a abrirlo le dijo:
-¡Aquí, comer, no! ¡Comer fuera! ¡Pagar y fuera!
Anónimo, viendo que no le querían por más tiempo allí, sacó de su maleta el saquito de tierra que le había dado su padre y se lo dio al tabernero. Éste, lo miró, lo abrió y se rió con una enorme carcajada. Luego dijo algo a los que allí se encontraban y todos estallaron en risas. Entonces, con cara de ira, le quitó de las manos el rico bocadillo que se encontraba dentro de aquel precioso papel y, enseñándole un billete, dijo:
-¡No, esto no! ¡Dinero, sí!!
Anónimo no podía entender que su tierra no valiera nada en aquel país, pero, como tenía muchísima hambre, sacó la pulsera que su madre le había regalado y, con lágrimas en los ojos, se la dio al hombre aquel. Éste la miró un buen rato, la guardó en un bolsillo y le dio de nuevo el bocadillo, diciendo:
“¡Sí, pero comer fuera!”
Anónimo se marchó del local, tiritando de frío en medio de la lluvia, comiéndose el bocadillo con ansia.
Ya veis, amig@s, que hay personas que, en vez de ayudar a los demás, prefieren hacer lo contrario. Como ese tabernero, que se aprovechó del valor de una pulsera que tanto significaba para Anónimo.
Y allí quedó nuestro joven aventurero, sentado en su maleta, sin entender por qué aquel hombre le había tratado con tanto desprecio.
Cuando acabó el bocadillo, guardó en el bolsillo el papel que lo envolvía porque, a sus ojos, era como un tesoro, aunque hubiese preferido recuperar aquella hermosa pulsera que tanto significaba para él.
Cogió su maleta y decidió ir a algún lugar apartado de toda aquella gente que no le entendía. Anduvo y anduvo y anduvo hasta que divisó un pequeño puente y allí decidió pasar la noche, resguardado bajo ese techo improvisado que le daba cobijo. Aunque había cesado la lluvia y las estrellas comenzaban a salir, se sentía triste, solo y desamparado, en un país que no era en absoluto como se lo había imaginado, ni como había dicho aquel titiritero.
Se acostó, improvisando una cama con su maleta, se tapó con la única ropa de la que disponía y no tardó mucho tiempo en romper a llorar. Sus lágrimas expresaban todo el dolor de su alma solitaria. Echaba de menos a su familia, su tierra, su idioma, sus amigos, pero tan cansado estaba que, al rato, se quedó profundamente dormido.
Al amanecer, el joven despertó más alegre. Se sentía bien, a pesar de las condiciones en las había pasado la noche....
Cuando se espabiló, cerró de nuevo su maleta y, guiado por su oído, se dirigió hacia donde parecía haber mucho bullicio. No tardó mucho en ver cómo montones de personas andaban de un lado a otro como locos. No entendía por qué iban así de rápido, porque en su país la gente nunca tenía prisa para hacer las cosas. Le sorprendió también que no hubiera animales por las calles, como los había en Narices Rojas; sólo había visto a alguna especie de ratón merodeando por su maleta debajo del puente y aquellos gatos hambrientos que había visto en el muelle, pero ni rastro de árboles, ni plantas, ni flores...Lo único que podía ver era edificios inmensos y gente correr de un lado a otro. Aquello era muy extraño para él. Muy extraño.
Anónimo intentó parar a un par de personas, para preguntarles dónde podía encontrar a un titiritero, pero éstas, sin hacerle ningún caso, siguieron su camino y el joven se limitó a refunfuñar para sus adentros. De pronto, vio algo brillante en el suelo, se agachó y recogió un objeto redondo. No sabía lo que era, pero se trataba de una moneda del país de la Abundancia. Le gustó tanto el brillo y el tacto de aquel extraño objeto que, como si se tratara de un tesoro lo guardó en su bolsillo y siguió caminando.
Caminó y caminó por aquellas calles llenas de gente, cuando, a lo lejos, alguien le llamó poderosamente la atención. Era una joven muchacha que tocaba un instrumento musical cuyo idílico sonido jamás había oído antes. Anónimo se acercó muy despacio hacia ella, fascinado por su música.
Con aquel sonido, todo se esfumó a su alrededor: la ciudad, el bullicio, la gente. Sólo quedaban la música y ella, que no debía de ser tampoco de aquel país, pues era bien distinta de las gentes de ojos huecos. Tenía los ojos azules, como él, y era guapísima.
Cuando la muchacha acabó de tocar, le dedicó una sonrisa y le mostró un sombrero con unas monedas en su interior iguales a la que él había encontrado. Comprendió entonces lo que significaba, pues un gesto vale más que mil palabras y, sacando su moneda del bolsillo, la depositó en el sombrero junto a las otras.
La joven le sonrió de nuevo y siguió tocando aquel maravilloso instrumento que no era otra cosa que una flauta y que sonaba a música celestial. Pero Anónimo, a su pesar, tuvo que seguir su camino, mientras aquel sonido le acompañaba desde lejos.
Anónimo poco a poco iba comprendiendo que en Abundancia todo se podía comprar con esos objetos dorados y brillantes que le fascinaban. Pero sin ellos, no podía ni comer. Lo que no tenía claro era lo que podía hacer para ganar monedas, pues él no sabía tocar como la flautista. Tampoco sabía si tenía más valor el pedacito de papel de aquel tabernero o la moneda redonda.
-Seguro que vale más la moneda porque es metal y lo otro es un trozo de papel que hasta yo mismo podría pintar. Qué raro es este país...En Narices Rojas cambiamos una cosa por otra cuando tenemos necesidad.
Continuó caminando y caminando….Y entonces lo vio: era un cartel maravilloso, escrito en su idioma y que decía:
-SE NECESITAN TRABAJADORES.
¡Claro! ¡Esa era la solución! Trabajaría en uno de esos bonitos oficios de los que le había hablado el titiritero, sacaría dinero para comer y dormir en un sitio caliente y, si le sobraba, compraría algo para sus padres, hasta que por fin encontrara al titiritero y le enseñara aquel oficio maravilloso con el que ganarse la vida.
No tuvo dificultad en que le admitieran en el trabajo, ya que era un chico fuerte, joven y sano, pero aquel trabajo tampoco era lo que él había pensado y todas las noches caía muy cansado y abatido en su maleta, en aquella casa improvisada debajo del puente.
Lo único que le gustaba era que todas las noches, al acabar su trabajo, pasaba por donde tocaba aquella flautista. Aunque él no se le acercaba porque no tenía nada que ofrecerle y pensaba que sin duda le rechazaría.
Anónimo preguntaba cada día a alguien si conocía a algún titiritero, pero nadie le daba la información deseada.
Un buen día se encontró con otro personaje que también pedía dinero, pero éste, en lugar de tocar, hacía unos malabarismos increíbles.
Anónimo se quedó perplejo al contemplar cómo aquel malabarista lanzaba al aire su diábolo con tanta soltura y equilibrio, y no le quitó ojo hasta que acabó y le tendió su sombrero. Pero él no disponía de más monedas y decidió darle un poco de tierra de su país para recompensar su trabajo. Aquel gesto dejó impresionado al malabarista y, como símbolo de gratitud, le regaló unos cuantos malabares más. Era muy divertido verle. Mientras recogía todos sus bártulos, Anónimo le preguntó sin demasiado entusiasmo, pensando que no le entendería:
-¿Conoces a un titiriter@ que me enseñe su oficio?
-Oh, sí. No muy lejos de aquí, en la Calle de las Artes. Es fácil llegar pero, si quieres, yo puedo acompañarte –fue la respuesta del malabarista.
Anónimo, entusiasmado al escucharle hablar en su mismo idioma, dio saltos de alegría. Tal era su emoción que le cogió como si fuera un saco de patatas y, con él encima de su hombro, corrió de un lado a otro gritando:
-¡Hablas mi idioma! ¡Estupendo!
Cuando se repuso de la emoción, siguieron hablando alegremente y quedaron para ir al día siguiente a ver al esperado titiritero. Y, de esta manera, se encontraron en los límites de la ciudad, cerca de donde el joven Anónimo dormía bajo aquel puente. El malabarista le acompañó y le dedicó unos cuantos juegos más con unas pelotas de colores y no se fue a su casa hasta bien entrada la noche.
Al día siguiente, el malabarista acompañó al joven hasta la Calle de las Artes, donde vivía el titiritero, y después se fue a hacer malabares, mientras Anónimo llamaba suavemente a aquella puerta. Cuando ésta por fin se abrió, Anónimo se quedó perplejo. Aquel hombre era el mismo titiritero que había estado en su pueblo contando aquellas historias sobre el país de la Abundancia. Al cabo de un rato por fin reaccionó, y mil preguntas salieron de su boca. Entonces el hombre le contó algo increíble. Los habitantes de Abundancia eran marionetas que él mismo había fabricado por encargo del gobierno. Contó que en aquel país, cada títere tenía vida propia, pero sus hilos estaban manejados siempre por la Abundancia.
Aquel hombre hablaba y hablaba mientras construía sus marionetas y Anónimo, con la boca abierta, veía cómo las manejaba de forma sorprendente. Pero aún había algo más que lo iba a dejar estupefacto... Si Anónimo decidía quedarse a vivir allí, entonces tendría que permitir que el titiritero le instalara un mecanismo que le convertiría también a él, y poco a poco, en una marioneta al servicio de Abundancia. De esta manera no
Tras meditar un largo rato, Anónimo hizo un gesto negativo con la cabeza y salió de allí, como en un sueño, gritando:
-¡Eso nunca! ¡Me has engañado! ¡Nos has engañado a todos!
Todas sus ilusiones se iban desvaneciendo de golpe mientras que corría por las calles diciendo:
-Esto no era lo que yo había imaginado.
Y ni tan siquiera esperó a su amigo el malabarista, sino que vagó sin rumbo hasta que, agotado y triste, se encaminó hacia su trabajo. Pero de allí también le despidieron diciendo:
-¿Crees que puedes faltar cuando te da la gana?
Y, sin otras palabras, le dejaron en la calle solo. Allí se arrepintió mil veces de haber venido a aquel país horrible en el que, sin duda, él era un extraño.
Anónimo no esperó más a su amigo malabarista porque no quería llenarle de tristeza. Estaba seguro de que, de verlo así, compartiría con él su poca comida y su casa; y eso, el joven no lo quería.
Así vagó por las calles, solitario y hambriento, tanto que, cuando encontró un abandonado cubo de basura, se puso a buscar por si encontraba algo que calmara su hambre. Halló un pedazo de bocadillo mordido y alguna fruta estropeada y, como si fuera el más grande manjar, comió con avidez aquellos restos, pensando que en su país, cuando cualquier viajero necesitaba comida, los amables habitantes de Narices Rojas la compartían de muy buena gana, a pesar de su pobreza.
Fue entonces cuando vio entre la basura un precioso, aunque muy viejo, muñeco de trapo. La sonrisa que le ofrecía desde aquella sucia cara fue como un saludo cariñoso en la negra noche y, como antes se había sentido triste y desesperado, se encontró de pronto ahora entusiasmado. El titiritero no le había enseñado gran cosa, pero él aprendería el arte de las marionetas con aquel muñeco abandonado. Lo cogió suavemente, le sacudió el polvo y se puso a rebuscar en la basura de nuevo. Fue entonces cuando descubrió aquel cordón bajo la fruta podrida, y gritó entusiasmado:
-¡Tengo una idea! ¡Tengo una gran idea! ¡Algún día seré un gran titiritero!
Ató varios cordones a los brazos, cabeza y piernas del muñeco, y se puso a manejarlo como había visto hacer a aquel titiritero. Y así pasó la noche hasta que consiguió convertirlo en una auténtica marioneta.
Allí estaba a la mañana siguiente, en plena calle, moviendo aquel muñeco que pronto, con sus movimientos, se convirtió en las delicias de aquellos tristes habitantes.
Entonces la vio entre la gente, sonriéndole. Cuando acabó el espectáculo, ella le depositó una moneda en el plato y le dijo:
-Eres un gran titiritero, sin duda, pero Kiko está muy preocupado por ti. Piensa que te has marchado para siempre.
Anónimo no salía de su asombro al ver que aquella flautista no sólo le estaba hablando en su idioma sino que además era amiga de Kiko, el malabarista.
Y casi como un autómata recogió sus cosas y se fue tras ella para encontrarse con su amigo.
Cuando por fin encontraron a Kiko, Anónimo les contó lo que le había dicho el titiritero y todos permanecieron largo rato en silencio hasta que, casi como resortes, hablaron los tres a la vez:
-¿Y por qué no vamos a recorrer el mundo los tres juntos?
Después se echaron a reír. No tuvieron mucho que pensar. Así, con un ligerísimo equipaje, Kiko, Kuki y Anónimo se fueron por el mundo adelante, para llevar a todas partes el difícil arte de hacer sonreír a los demás. La flauta, los malabares y la marioneta se habían convertido en la razón de su viaje; un viaje lleno de emocionantes aventuras en las que conocieron muchos pueblos y gentes diferentes.
Y esto fue el principio de una bonita amistad...
Un día de primavera llegaron a un lugar que Anónimo conocía bien: El país de las Narices Rojas. Allí encontró a sus padres recogiendo setas en el bosque. Aquello fue conmovedor.
-Mamá, no traigo tu pulsera –dijo Anónimo.
-No importa –le contestó la madre- tú eres mi más preciada joya.
Y lo estrechó entre sus brazos.
Queridos amig@s, estamos llegando al final de esta historia y creo que también vosotr@s habéis aprendido a querer un poquito a este muchacho valeroso y fuerte que es Anónimo.
Como iba contando, en cuanto llegó por casualidad de nuevo a su pueblo, ya no quiso volver a irse de allí y, con sus dos compañeros de fatigas, decidió crear un circo para animar las veladas de todos sus vecinos y las de los pueblos cercanos con sus habilidades y las de sus compañeros.
Anónimo también estaba cansado de recorrer el mundo de país en país, aunque sus aventuras habían sido increíbles y maravillosas. Quizás más adelante os siga contando alguna de ellas...
El muchacho aprendió lo importante que es valorar lo que se tiene, aunque esto sea poco, y que hay que ayudar a todo aquel que lo necesita. Consiguió así dar alegría a tod@s a su alrededor y borrar la tristeza que había sentido hasta que conoció a sus inseparables amigos.Bueno, ya es tarde, debo descansar un rato. Me gusta releer las cartas que me escribe Anónimo desde Narices Rojas antes de dormir.......Oh, perdón, ¿os había dicho que era una historia? Pues sí, lo era, pero una historia real…Debéis de saber, amiguit@s, que hay muchos Anónimos por el mundo esperando su oportunidad en países extraños. Anónimos a los que, sin duda y gracias a este cuento, algún día podremos ayudar para que consigan su propio sueño. Como Anónimo, que al final logró ser un gran titiritero.
F I N
Dedicamos este libro a:
Paula, compañera de aventuras de Roberto Piruleta, por nunca dejarle tirar la toalla.
Candi, compañero de fatigas de Mariana, por estar ahí cuando lo he necesitado.
Pedro Gîlthonîel y Ero Vázquez, por dar forma al texto.
Y a todas aquellas personas que, de alguna manera, han colaborado en realizar este sueño