Analía Bravo
Buenos Aires
ARGENTINA

 

Esta madrugada

Llueve sin verse.
La tristeza cae con toda su columna vertebral sobre la mesa
Golpes de lata. Oxido.
Escarbadientes rotos.
Todos se van
Y yo permanezco aquí.
Frágil y hambrienta

Ruido de calle y bocinazos denuncian suave que ya no quedan puertas
a quien ir a pedir

Mil trompetas desahuciadas por delante y por detrás
Y el rimel un poco descorrido
Y la mueca económica en la boca

Me escucho por todas partes y ya no puedo disimularlo
Me sobra mi propio eco y desespero

Toda mi pobreza está ahora en desabillé, demaquillada sobre la mesa
Suspiro despacio, para que no se escuche demasiado
Y me abrazo a mi pasado con manos de cirujano
Me vuelve la fe de huega. De hambre.

Recuerdo tu lluvia, y mis lágrimas de metal
Tu ausencia de océano oscuro

Y la certeza de que algo me quedó entre los dientes
Palabras frías porque no escaparon- son la parte que acabo de esconder para no pesarle demasiado a los demás-
Es mañana para verte,
sin que llegue nunca

Esta madrugada muero con todos mis vestidos puestos.

Arriba y abajo

Estoy sobre tus sábanas. Soy labio y hondura.
Herida de miel
Me hamaco blanda y entro en lucidez
Es de mañana. Blanca. Enredada. Asfáltica.

Aquí ya no hay éste o el otro.
son tantos espacios cóncavos y convexos
Tantos ojos tiene ahora mi cuerpo por donde nos puede ver
y andar resbalándose de una uña al velo de tu paladar
tan cerca los ombligos de la certeza del sol
ay por mi piel tan despojada de sus señales de tránsito
tan perdida y recobrada

Yo sé que este es el momento en que lo duro y lo tierno dejan de temerse
Puedo ver arriba tu mirada de ángel niño sorprendido trepando sobre mí
-sé que nunca voy a olvidarme de esta imagen de inocencia-
Abajo truncan dos animales perfectos
Tigre y ciervo
Ruedan
Y pelean por los huesos
Se muerden sin dolor
Sacan suavemente sus vísceras al sol y se las acarician
Somos en este momento las vértebras del hombre
No lo ves?_

LOVE BETWEEN


Hacían el amor como en la guerra. Con un tanque de batalla en la entrepierna.
Se conocieron peleando en un partido de pool.
Ella quería aprender. Y él se ofreció a enseñarle.
Ella era blanca. Y él, negro.

Desde terrazas. A solas o con gente.
Ella arrojaba una piedra y sonreía.
El sacaba un revólver y se lo escondía entre las encías.

Para los dos fue una autopista minada, pero muda.
Quiero decir que sus cuerpos al encontrarse por primera vez estaban anudados como espigas. Pero sus bocas mordían- siempre- una mueca silenciosa.
De victoria o de fracaso.
Solamente los ojos, como acuarelas, de vez en cuando dudaban.

Tan solos anduvieron uno del otro.

Hasta que alguno de los dos se cansó de la desesperación por amar.
Y por odiar, también.
Porque el que quiso un día irse lo dejó al otro en su verdadera soledad
De pie en las trincheras
Con su pulgar en el gatillo.
Pero sin enemigo posible.