Alejandro Bouzo
                                                                                                                                                 Buenos Aires
                                                                                                                                               ARGENTINA

 

Identidades

Alejandro Bouso

Arrojó el último puñado de tierra sobre el ataúd y dio un paso hacia atrás. La

llovizna caía lento, y una caprichosa brisa movía las ramas de los árboles.

Siempre había fantaseado con el momento, pero nada había sido siquiera parecido, las

cosas pasaron lenta y solemnemente. Al menos él estaba preparado. Observó como los

empleados del cementerio terminaban de echar las últimas paladas sobre la fosa de

manera descuidada, casi con desdén. Alguien se acercó y le extendió un billete arrugado

al más joven de los dos. Este lo tomó y lo guardó en el bolsillo de la gastada camisa,

mientras ensayaba un agradecimiento con la cabeza. Arrojó una colilla de cigarrillo a la

tierra húmeda y continuó con su rutinario trabajo. Esa fue la última imagen que registró

su cansado cerebro antes de dar media vuelta y regresar a casa. Se fue sin saludar a

nadie, sabía que ninguno lo tomaría a mal, aunque tampoco le importaba demasiado.

Caminó aturdido por entre las tumbas, mientras el olor a tierra mojada y flores

marchitas lo hería con su aroma dulce.


Cuando por fin arrojó las llaves sobre la mesada, se sacó los zapatos embarrados y

apoyó el abrigo sobre el sillón. Se acostó en la cama y cerró los ojos. Se durmió casi

en el acto. Durmió como hacía siglos que no lo conseguía…

Hacía largo rato que miraba la caja. Tenía la asfixiante sensación de que estaba por

profanar un santuario. Era el único objeto de la casa que le había sido vedado. Pero su

madre no estaba para darle un tirón de orejas y esconder la misteriosa caja en un estante

mas alto, fuera de su alcance -¿se estará revolviendo en la tumba?- (enseguida se

recriminó ese arranque de humor negro ). Respiró profundamente y dio vuelta a la llave.

1

Las bisagras chirriaron por un interminable instante y cuando finalmente levantó la tapa,

vio la foto y lo que estaba escrito atrás y comprendió que ya nada iba a ser como antes.


***

Dos timbrazos cortos eran el código que tenían para anunciarse. Ella abrió la puerta

sin preguntar quién era. Cuando vio el bolso, la ropa abrigada y la gorra de cuero con

orejeras, supo de inmediato que él se iba a ir. No dijo nada, solo cruzó el umbral y lo

abrazó con fuerza. Lo miró con los ojos llenos de lágrimas, le acarició la mejilla y con

la voz quebrada sentenció: - “Te voy a estar esperando“. Ella cerró le la puerta casi en

la nariz, el se quedó escuchando el llanto ahogado y los pasos apresurados que subían

por la escalera de madera. Con un nudo en la garganta, recordó tantas noches que las

subió en puntas de pie, tomado de la mano de Clarita, rezando que sus padres tuvieran

un sueño bien profundo…

El aire frío de otoño acentuaba mas el día gris que tenía su alma, pero reprimiendo el

llanto (porque los hombres no lloran) acomodó sus pertenencias en el portaequipajes, se

calzó los anteojos y monto su desvencijada pero fiel motocicleta. Salió a toda velocidad

por la avenida tapizada con el amarillo de las hojas de fresno que anunciaban la

llegada inexorable del invierno.

***

La ruta tenía un efecto hipnótico. Kilómetros de mesetas yermas, coronadas de vez en

cuando por alguna colina rocosa, conferían al paisaje un aire apocalíptico. Asomando

por entre las piedras podían verse algunos arbustos de aspecto moribundo, que

aumentaban la sensación de desolación en este paraje olvidado por el tiempo. A lo lejos

divisó un ranchito humilde, tal vez abandonado hacía mucho. -“¿Como alguien puede

vivir en el medio de la nada?” - se preguntó sorprendido, e inmediatamente comenzó a

intuir algunas de las respuestas que había venido a buscar.
2


El motor gimió agradecido cuando detuvo finalmente la marcha. Se sacudió el polvo

de la chaqueta de cuero, mientras una cabra vieja lo miraba con curiosidad. Le pareció

demasiado flaca. El animal perdió rápidamente el interés en el recién llegado y se

dedicó a rumiar un manojo de pasto seco.

Serpenteó el sendero angosto y sinuoso que llevaba hasta la casa. Olfateó el aroma

rancio del gallinero, y para su sorpresa no le resulto desagradable. Se detuvo ante la

puerta y aplaudió las manos con timidez. Como por instinto metió la mano en el bolsillo

interno del abrigo y acarició la foto (esa foto que lo había arrastrado hasta allí…). Y

entonces apareció la mujer del retrato. La reconoció sin ninguna duda.

Mas vieja, algo arrugada, pero con la misma expresión en sus profundos ojos. Ojos

profundos como abismos. Ella también lo reconoció. Y pudo percibir en su mirada algo

que no olvidaría jamás: como la tormenta daba pasó a la calma. Tal vez fue su

imaginación, pero le pareció que por un breve instante ella perdía el equilibrio. Dio un

paso apresurado y la tomo de la mano. Observó la piel oscura, quemada por el sol y

resquebrajada por el frío y la comparó con la suya. El mismo tono bronceado. El

cansancio del viaje, toda la tristeza pasada se esfumó de repente: después de toda una

vida había vuelto a casa…