Gloria Mareco
PARAGUAY

 

Don Eusebio


Una cigarra lejana, una siesta interminable, el cielo a trozos desde ventanitas dejadas por el gran mango del patio. Allá a lo lejos, el cerco con alambres de púas que a Don Eusebio le fascinaba violentar. El sol pesado, sofocante y amenazador. Los ruidos interrumpidos, colgados de alguna guayaba madurando lenta, sonriente y orgullosa de su inescrupulosa pereza para ofrecerse al convite. Nosotros allí. Todo aún por descubrir. No vivíamos apurados, ¿para qué? Todo llegaría puntual a la cita. Hasta el Pombero. Monstruo enano y feo con un gran sombrero negro que se comía a los chicos que no dormían en la siesta. O los indios, con sus grandes plumajes que no se comían a los niños pero se los llevaban para sus chozas, según mis hermanos, y los obligaban a vestirse como ellos, y no dejaban que nunca jamás volvieran a sus casas, entonces los papás cansados de buscarlos y esperarlos, tenían otros hijos y se olvidaban para siempre de los que habían sido raptados…
A mi papá seguramente se lo habrían llevado ellos.
Yo tenía entonces cuatro años. Amaba los mediodías y sus misterios. Temía sus fantasmas pero me cautivaba el tiempo interrumpido. Mis hermanos, Pedro, para nosotros, Ito, tenía cuatro año más que yo, y Miguel, uno más que él, para todos Melo, mucho más endemoniados que el mismo Pombero al que seguramente habían asustado de tal manera que nunca se atrevió con nuestra casa, hasta esa tarde.
En nuestras vidas, en aquella familia todo sucedía en verano. Y esto sucedió en aquél verano.
En la calle de tierra que daba al frente de mi casa estaban cavando una zanja. A golpe de palas seguía creciendo más y más. Los obreros, oscuros y sudorosos, no paraban de zapar mañana y tarde desde hacía algunos días, decían que serviría para canalizar el torrente otoñal que cada año se llevaba todo cuanto encontraba a su paso. Yo suponía que llegarían hasta el centro de la tierra. Por un lado una fosa profunda y por el otro, montañas enormes de tierra. Mi madre no nos dejaba acercarnos a la obra, cuando por alguna razón debía ausentarse nos dejaba al cuidado de Don Eusebio.
El era algo así como un tío muy lejano de un tío no tan lejano y según mi madre siempre había sido viejo, sobre todo después de haber perdido la pierna derecha en alguna maniobra tormentosa en la que se enfrentó a la vida. Algunos decían que entregó la pierna en una suerte de peregrinaje hacia unos tesoros extraños, enterrados por los antiguos pobladores del Chaco paraguayo como ofrenda a cambio de un raro brebaje. Otros decían que nunca se había ausentado del pueblo, pero todos, unos y otros lo recordaron siempre sin la pierna. Mis hermanos lo desafiaban siempre a carreras que él accedía y además muchas veces ganaba si no mediaba alguna treta de malos perdedores.
Llegó como todos los días, fiel a su estilo con su media pierna, ayudado por sus muletas atravesó la casa desde el fondo, cruzando los alambres y el largo e interminable patio. Esa mañana nos saludó como de costumbre. Estaba algo sombrío. Mi madre lo miró largo rato. No se hablaron. Se hablaban poco en realidad, aunque siempre tenían una complicidad que me costaba entender. Cuando las burlas hacia él se hacían insoportables ella mediaba a favor de Don Eusebio.
-Dejen a ese pobre hombre descansar!!! Nos gritaba.
A Don Eusebio nada de lo que pudiéramos hacer parecía enojarlo. Nos amaba de una manera extraña, como extraño era él, como extraño eran los cuchicheos con mi madre. Muchas veces sentía un odio irracional al sorprenderlos en algún secreto. A mi madre la alteraba especialmente mi presencia silenciosa por la casa. Ito y Melo en cambio, eran de una algarabía incansable que mi madre festejaba siempre. Ella se reía con facilidad con mis hermanos, se volvía luminosa, pero mis silencios la enfurecían. Y la furia le provocaba tormentosos reproches hacia mí, con gritos y amenazas, pocas veces cumplidas, entonces Don Eusebio intervenía en mi defensa.
-Déjela tranquila m’ija! Déjela en paz…ya va a hablar! Cuando tenga algo que decir seguramente hablará!!!!
En esos momentos vencía el miedo que siempre le tuve a su pierna ausente y lo abrazaba percibiendo su olor a viejo. Su olor era penetrante y agrio. Yo suponía que por el agujero de la pierna sin pies fluían gases extraños que seguramente serían peligrosos para todos. Cuando se los contaba a mis hermanos ellos se reían mucho y el objeto de burla dejaba de ser Don Eusebio para tomarme de blanco a mí.
- Pero no nenita!!! No te das cuenta que es porque no se baña!!
No podía ser apenas eso. Mis hermanos y yo muchas veces habíamos podido sortear el castigo del baño y sin embargo no teníamos ese olor.
- Quiere comer algo Don Eusebio? Le dijo mi madre. No contestó pero aceptó el plato que le ofreció.
Siguió sentado en la banqueta que alguna vez había hecho él mismo con ayuda de mis hermanos. Lo miré desde mi rincón y por primera vez sentí ternura por ese hombre que siempre había sido un extraño conocido pero de una perseverancia inmutable en brindarnos su cuidado, especialmente a mi.
El sol quemaba. La ropa pesaba y se hizo un silencio largo. Hasta mis hermanos se habían cansado y estaban sentados bajo el gran mango comiendo los frutos carnosos que temprano estaban madurando, para luego ir a dormir como nos habían ordenado. El silencio extremo de la siesta ya anunciada me convocó hacia el portón del frente, me escapé sigilosamente. Caminé descalza como estaba y aunque la tierra era abrasadora, a saltitos llegué y me trepé en el portón de madera que siempre me servía de hamaca. Uno hacia delante, otro hacia atrás y el chirriar de las bisagras. Y otra vez. Otra vez. Otra vez…
Y entonces, ciega por el sol apenas pude ver al Pombero, con su gran sombrero enorme, mirándome. No pude gritar. Me tomó de la mano, pude percibir la aspereza de las suyas. Yo estaba hipnotizada. Los pies me ardían. Me tomó en brazos, me condujo a la gran puerta del centro de la tierra que habían estado haciendo en mi calle. Cuando llegamos me recostó suavemente en el suelo que percibí húmedo. Me raspó con sus manos por todo el cuerpo. No tenía miedo, por eso no grité o porque como decía Don Eusebio, nada tenía para decir.
El Pombero se sacó el sombrero, el sol seguía cegándome y entonces se acostó sobre mí y sentí una punzada ardiente clavándome entre las piernas, un líquido caliente y espeso me bañaba. Está matándome, pensé, y a pesar del gran dolor o quizás a causa de éste, me dormí entre grandes convulsiones.
Cuando me desperté estaba en mi cama, mi mamá a mi lado, mis hermanos desde la puerta, parados muy quietitos, apenas respiraban. Don Eusebio sentado en su banqueta, me miraba con una ternura infinita. Le tendí la mano, el la tomó y lloró. Lloró su rabia y toda su impotencia calmadamente. Me quise incorporar y no pude. Algo había cambiado en mi cuerpo durante ese sueño tortuoso en que el Pombero me llevó hacia el fin de la tierra. Levanté la sábana blanca y liviana que me tapaba. Pude comprobar que me faltaba una pierna!….
Yo también, como Don Eusebio había llegado a ese lugar en el que la osadía se cobra su precio. Yo también como él entregué algo en ofrenda, sólo que a cambio de lo que siempre pedía en silencio, el regreso de mi padre…obtuve el silencio para siempre de mi madre. Desde aquella siesta de desobediencias y cigarras en vela, mi madre jamás volvió a reír, aunque mis hermanos siguieron siendo muy temibles y traviesos.
Don Eusebio, junto a ellos, me hizo una banqueta y unas muletas muy bonitas. Mi madre no volvió a reprocharme los silencios, y aunque nunca perdí la esperanza de que los indios dejaran escapar a mi padre y regresara a casa, y lo más importante, se acordara de nosotros, sus hijos, no lo extrañé tanto. Don Eusebio nos supo cuidar muy bien.

 

La espera

 

Nadie la había esperado pero obstinada como ya se anunciaba desde temprano, llegó a esta vida en pleno diciembre, en vísperas del nuevo aniversario de Cristo. El verano era intenso ese año y las lluvias despiadadas. Entre relámpagos, truenos y tornados el pueblo fue perdiendo trastos y casas. Los noticieros pronosticaban las pérdidas de a cientos.
Bela, su madre, nunca supo de su preñez y la parió como quien expulsa de su cuerpo un parásito. Apenas terminado el parto, acomodó su maquillaje y se fue detrás de un cantante de boleros.
Así fue como en una cama flotante entre cacerolas y sartenes extraviados alguien, una extranjera de pechos enormes y repletos de leche, la encontró. La levantó en brazos y aunque el agua le llegaba hasta la cintura, la prendió a una de sus tetas, generosa y chorreante de vida. La llamó Cecilia, ya que nombre alguno había por ningún lado y nadie a quién preguntar debido a que cada uno corría y se lamentaba de su propia desgracia.
La extranjera estaba en búsqueda del hijo, a quién el viento le arrancó de los brazos, y desde hacía días no paraba de andar entre postes y cables caídos, levantando tapas de alcantarillas, afanosa y exhausta de tanta pesquisa. Siguió con Cecilia prendida a su ubre por muchos días más. Ella, en agradecimiento a tanto alimento bien aprovechado, compartió la tarea y ambas averiguaban el paradero del hijo extraviado.
Se hicieron inseparables y cada una con su pérdida a cuestas, una la madre y otra el hijo, fueron levantando a cada caído que encontraban en el camino. Las lluvias fueron cediendo sus furias de vértigo arremolinado para convertirse en manso riego. Las calles se habían convertido en ciénagas humeantes de muertes y partidas. Ambas en silenciosa complicidad, se aunaron para la reconstrucción. Las palabras sobraban y cada una sabía del significado de la distancia.
Se dividieron las tareas. La extranjera levantaba montículos gigantes de barro lechoso y oliente a desperdicios y los acarreaba con persistente regularidad hasta cierto lugar descampado. Allí fue construyendo un nuevo barrio cuya simiente era el desperdicio de otro que a la sazón fue devorado por la tormenta. Cecilia por su parte buscaba y rescataba cada criatura viviente que se cruzaba por su camino. Una sonrisa era su particularidad que a todos repartía con amplia generosidad. Cada uno de los rescatados, comandados por ella, se sumaba a la tarea de la extranjera. Del mismo barro fueron los ladrillos. Y las casas todas tenían el mismo tamaño y las ventanas todas dirigidas al norte, horizonte por donde ambas esperaban el regreso de los perdidos...
La reconstrucción las mantuvo ocupadas por semanas, meses, años.
Una mañana en que el sol estaba especialmente tibio y de la lluvia tenaz quedaba sólo un mal recuerdo, la madre volvió. Cecilia salió a su encuentro. Se miraron largo tiempo y aunque las manos de Cecilia, callosas de tanta tarea se mantenían a un costado, todo su cuerpo se agitaba esperando el momento del abrazo postergado. La madre no la reconoció, se diría que en ella no funcionaba el llamado de la sangre. Le pidió un vaso de agua y le contó del largo peregrinaje en pos de un actor de circo cuyo amor juró ser eterno la semana anterior.
El amor es extraño, dijo la madre, nunca es como una lo sueña y aún así se lo sueña todo el tiempo. Cecilia, vaso en mano con el agua que le ofrecía y su eterna sonrisa contestaba, es cierto, nunca es como una lo sueña, mientras seguía construyendo y reconstruyendo cuanto podía.
Señorita, siguió la madre, no la conozco de algún lado? Quizás, contestó Cecilia. Quizás. Va a seguir viaje, le preguntó. La madre, mientras miraba a su alrededor admirando todo lo visible, contestaba que era bello el lugar, muy bello...hasta para morirse. Entonces Cecilia le contó de todas las muertes pasadas, de la tormenta, de la extranjera y su generoso alimento, del hijo esperado, de la destrucción total y la posterior edificación del nuevo barrio y al terminar el relato agregó, es cierto, si hay un lugar bello para morirse, ese lugar es éste. Aquí descansa cada cosa que quiero y ahora también lo que siempre soñé tener. La madre sopesó cada palabra que escuchó atenta. En una ráfaga instantánea, la memoria le trajo al presente al cantante de boleros y un enorme temblor le recorrió el cuerpo. Y comprendió. En silencio se sentaron a descansar y a esperar, junto a la extranjera, con la vista siempre al norte, al hijo que llegaría como llegó la madre, algún día…..