Washington Daniel Gorosito Pérez
Irapuato-Gto
M É X I C O

 

¿PARA QUÉ SIRVE LA POESÍA?


Dicen que la poesía es un trabajo estéril y no sirve para nada. Es una pérdida de tiempo en este mundo globalizado y amorfo, un desperdicio del intelecto, una entelequia intelectual mal retribuida. La poesía se emplea para aplacar las tormentas del alma, redimir a una mujer o aun hombre o llenar el corazón de ese sentimiento llamado amor.
Puede, en dosis bien servidas, alimentar el espíritu, asustar una soledad y alejar una tristeza. Sirve también para reflexionar acerca de si las piedras hablan o si la luna es medicina para el mal de amores. Por medio de la poesía podemos hacer hablar las flores y poner el cielo de cabeza, cambiar la tarde de lugar.
Es un buen recurso para transgredir la monotonía y curar el insomnio. Un simple verso trastoca el sentido de una palabra, de un enunciado. El verso es una transgresión del sentido común. Un halo místico que impulsa los dedos, un flagelo al silencio.
A través del verso el poeta reflexiona acerca de la vida de una mariposa, de la muerte de un minuto en las manos del tiempo. En fin, la poesía es útil de muchas maneras, pero sobre todo es un instrumento para observarnos a nosotros mismos, como expresa el poeta y pintor chino Xingjian.
Porque cuando se concentra la atención internamente surge la poesía y empieza la aventura emocional de la palabra. ¿Qué pretende el poeta cuándo expresa su experiencia?
Octavio Paz decía: “La poesía ha dicho Rimbaud, quiere cambiar la vida. No piensa embellecerla como piensan los estetas y los literatos, ni hacerla más justa o buena, como sueñan los moralistas. Mediante la palabra, mediante la expresión de su experiencia, procura hacer sagrado al mundo; con la palabra consagra la experiencia de los hombres y las relaciones entre el hombre y el mundo, entre el hombre y la mujer, entre el hombre y su propia conciencia.
No pretende hermosear, santificar o idealizar lo que toca, sino volverlo sagrado. Por eso no es moral ni inmoral; justa o injusta; falsa o verdadera; hermosa o fea. Es simplemente poesía de soledad o de comunión. Porque la poesía que es un testimonio del éxtasis, del amor dichoso, también lo es de desesperación. Y tanto como un ruego puede ser una blasfemia”
Los poetas han sido los primeros que han revelado que la eternidad y lo absoluto no están más allá de nuestros sentidos, sino en ellos mismos. Esta eternidad y esta reconciliación con el mundo se producen en el tiempo y dentro del tiempo, en nuestra vida mortal, porque la poesía ni el amor no nos ofrecen la inmortalidad ni la salvación. Nietzche decía: “No la vida eterna, sino la eterna vivacidad: eso es lo que importa”.
La función de la poesía, en un mundo vacío pero computarizado, sirve de mucho y aunque no alivia ni corrompe, purifica. No tiene más ideología que un alma y un espíritu en confrontación con todo lo que le rodea.
La poesía, la palabra del poeta, está siendo menospreciada en este siglo, pero no ha muerto. Siguen los poetas defendiendo la poesía, porque los versos son inseparables de la defensa de la libertad. Si: la poesía no se lee en los estadios, pero no agoniza. En medio de las turbulencias de este siglo XXI, algo queda: un puñado de hombres que describen el mundo con versos y prosa poética.
Y para concluir, quiero compartir con ustedes el siguiente poema de mi autoría:

ABISMO POÉTICO

Los poetas estamos solos,
aunque la gente es buena,
y
ama a sus poetas,
aunque a veces,
no los entienda y parezca que los abandona.

Es que mucha gente,
no ha vivido el placer
de sentir el tropiezo de la pluma con la hoja.

El percibir las ideas
que golpetean en la cabeza,
y
después de un momento
emergen transformadas en letras
que fluyen como magma
solidificándose en palabras
luego versos
versos al fin.

 

BORGES, YO Y MIS BATALLAS INTERNAS

Borges decía que la democracia, tal como hoy la entendemos, es “ese curioso abuso de la estadística”
La estadística, que sin duda es un instrumento valioso para entender ciertos fenómenos y para lo toma de decisiones, se ha vuelto en nuestra época la piedra filosofal. Antes todo querían convertirlo en oro, ahora todo lo convierten en cifras.
Todos los días nos bombardean con cifras, que nos producen la ilusión de que todo es medible, de que todo es contable, y a veces perdemos la visión de la complejidad de los hechos gracias a la ilusión de que entendemos el mundo sólo porque conocemos sus porcentajes.
Cifras llenas de importancia que cambian día a día. Los gobernantes suben y bajan en popularidad como en una montaña rusa al empuje de los acontecimientos, y están aprendiendo que a punta de escándalos, de riesgos y alarmas, es posible mantener el interés y hasta la aprobación de la comunidad.
Nadie parece preguntarse si detrás de esas cifras hay hechos profundos y datos verdaderos, si detrás de esos éxitos atronadores hay verdaderas transformaciones históricas.
Roma creyó que era posible gobernar con pan y circo. El mundo contemporáneo le está demostrando que en esa fórmula sobraba el pan. Vivimos en la edad del espectáculo, en la edad de la satisfacción inmediata, ya quieren que nadie se pregunte de donde viene ni para dónde va sino cual es el próximo movimiento, cual es el último acontecimiento.
Las modas han reemplazado a las costumbres, las noticias a las tradiciones, los fanatismos a las religiones, la farándula a la política. Paul Valery decía que llamamos civilización a un proceso cultural por el cual la humanidad tiende a ponerse de acuerdo sobre valores cada vez más abstractos.
Y es verdad que allí donde las sociedades primitivas luchan por la tierra, por el oro, por la acumulación personal, las sociedades organizadas luchan por la libertad, por la justicia, por la dignidad, por la legalidad. En una sociedad primitiva, si la ley es un estorbo para alcanzar un fruto concreto, se viola la ley con arrogancia y con descaro.
Ello permite logros inmediatos pero vulnera ampliamente el pacto social, deja a algunos protagonistas más fuertes pero a la comunidad inevitablemente más débil.
Hay una conspiración en el mundo contra la lucidez, contra la lentitud, contra las serenas maduraciones, contra los ritmos naturales, contra el esfuerzo, contra la responsabilidad, contra el compromiso.
La inteligencia, por ejemplo, estorba a la hora de lograr la unanimidad: es mucho mejor la disciplina y la sumisión. Las cosas profundas maduran lentamente, como los buenos vinos, pero ahora se quiere que todo se enseguida o mejor dicho “para ayer”, no viajar sino llegar, no aprender sino saber, no estudiar sino graduarse, y terminamos creyendo que vale más el resultado que el proceso. Si las semillas tardan en retoñar, piensan que hay que intervenir los procesos para que estas revienten antes, para que la planta brote más pronto, para que la tierra extreme su trabajo y las cosechas se multipliquen. Sin embargo nunca hubo tanta hambre en el mundo como en el presente.
Comparto con ustedes el poema Batallas Internas de mi autoría que colaboró para dar el título a esta columna.

BATALLAS INTERNAS

Si el destino me trae otra batalla,
Yo sabré merecerla.
Jorge Luis Borges

El río interior se estremece,
un espantoso grito cubre la ciudad,
rompe el silencioso secreto
de la naturaleza humana.

En la soledad de la vida,
dilatada de miedos,
carente de luces,
con voces sin sonido.

De suspiros agrietados,
de agonías conscientes,
de eclosiones interiores,
de desencuentro.


 

JUAN CARLOS ONETTI: “LA PESADILLA DE VIVIR”

Onetti fue un auténtico paradigma de inconformismo ante un mundo en acelerado proceso de desintegración moral, que retrató magistralmente en su vasta producción literaria, para evadirse de lo que el consideraba la tortuosa “pesadilla de vivir”.
Juan Carlos Onettí creó universos ficticios alternativos a una realidad cotidiana que le asfixiaba. Fue un hombre habitado por las voces y las vidas de sus criaturas de ficción, con las cuales parecía lograr una entrañable identificación, más allá de los siempre mutables terrenos de la imaginación, que concibió para exorcizarse del fantasma de la angustia.
Asumió la vida como una inexorable experiencia imperfecta. Para él la escritura fue una especie de catarsis contra el dolor, un irrefrenable “vicio” y, si se quiere, hasta un pacto de amor y emancipación existencial.
El tema unificador de su obra es la progresiva descomposición de la sociedad contemporánea, sus efectos sobre los individuos y la imposibilidad de encontrar una respuesta adecuada a ese abismo colectivo que parecía abrirse a sus pies.
Para Onetti, todo fue complejo, intrincado y dramático, y si persistió, obstinado, en su labor de escribir, fue para condenarse definitivamente. Se condenó, como solía decir, desde su infancia feliz y su adolescencia traumática.
Entonces empezó a escribir y lo hizo para él, para su placer, pero para su vicio también, y sobre todo, para plasmarse en sus relatos, y allí fue tan frágil, tímido, retraído e inseguro, como en su realidad, aunque por el mismo tiempo pudiera ser Larsen una de sus creaciones, el hombre que por momentos quiso ser, agresivo, decidido, el arriesgado truhán al que poco le importaban la sociedad, el futuro y las trascendencias.
Cuando surgió Larsen, a comienzos de los 70, ya Onetti había escrito El Pozo, Los adioses y Para una tumba sin nombre. Era una especie de existencialista atemporal. En El Pozo, pocos habían creído. Una y otra y otra vez, Onetti recibió rotundas y lacerantes negativas de las editoriales. Que era muy denso, le explicaban. Que le hacía falta emoción señalaban.
Unos amigos, sus contertulios de café y bar en Montevideo le pagaron la edición. Todos los ejemplares tuvieron que regalarlos. Las reseñas que publicaron los diarios y revistas rescataron el tono íntimo de la obra, y hablaron de Onetti como de un joven escritor que había dejado a medias sus estudios en la escuela y se ganaba la vida como portero, vigilante, vendedor de entradas en el teatro, acomodador o mozo.
Los grandes logros de Onetti resaltaron algunos críticos, habían sido trabajar como censor, recorriendo pueblos y pueblos a lomo de burro, y haber tomado parte en la redacción de una publicación literaria, La tijera.
Pese a su juventud, Onetti ya se había casado dos veces, y con dos primas hermanas, María Amalia y María Julia Onetti. Con la primera se peleó desde el día de la boda, pero el extravío de su manuscrito de El Pozo desbordó los ánimos. Con la segunda vivió hasta 1945, pasando de Montevideo a Buenos Aires y viceversa, y laborando en lo que lo aceptaran.
De cuando en cuando sostenía enigmáticas reuniones anarquistas con personajes que lo convencieron de viajar a España para enrolarse en la facción republicana de la Guerra Civil. Sin embargo, esos mismos sujetos se encargaron de disuadirlo, y otros, como Carlos Quijano, lo asentaron en Uruguay ofreciéndole la secretaría de redacción del semanario Marcha.
Una vez cada siete días, Onetti escribía una crítica literaria, La piedra en el charco, bajo diversos seudónimos como Periquito el aguador, Groucho Marx y Pierre Regy. Después de El Pozo comenzó a trabajar como reportero en la agencia Reuters. Cada vez con mayor asiduidad iba a Buenos Aires. En 1945 se enamoró de una compañera de redacción, Elizabeth María Pekelharing, y se casó con ella.
Ese mismo año el diario La Nación le publicó La Casa en la arena, donde apareció por vez primera Santa María, su ciudad imaginaria, un compendio de espíritus blancos, pulsiones, temores y vicios que delimitará cinco años más tarde con La vida breve. Hacia 1955 Juan Carlos Onetti era una celebridad literaria en el Río de la Plata, más allá de su aislamiento.
Era amigo hasta del Presidente de Uruguay, Luis Batlle Berres, a quien tiempo después le dedicó El Astillero.. Recibía invitaciones por doquier y opinaba sobre lo divino y lo humano, siempre con su tono monocorde y sus indescifrables ironías.
Sin embargo, la vida y el amor le pesaban. Se separó por tercera ocasión y volvió a casarse, ahora con una argentina mucho menor que él, Dorotea Muhr. Fue director de la Biblioteca Municipal de Montevideo y periodista del diario Acción, fue entrevistado, entrevistador, comentarista y disidente hasta de él mismo, todo y nada con tal de huirse, todo y nada con tal de esfumarse.
“La literatura es mentir bien la verdad”, decía. Él se mentía retratándose, y lo hizo hasta el fin de sus días, en 1994. Lo hizo con El Astillero y con Los adioses, sus libros más comentados, y lo hizo pocos meses antes de morir con Cuando ya no importe, su testamento.
En últimas, su muerte tampoco fue como la anunciaron los diarios, porque Onetti, el verdadero Onetti, había comenzado a morir en mayo de 1974, cuando la junta militar que gobernaba Uruguay, lo acusó y condenó por traición, conspiración y otros asuntos más.
Se inició para el escritor la siempre lacerante experiencia del exilio obligado, que padecieron miles de uruguayos en esos años de conculcación de libertades.
Entonces, el abandonó su pasado, sus historias y el fantasmagórico pueblo de Santa María.
Vaya para el Maestro Juan Carlos Onetti mi homenaje en esta poesía de mi autoría:

EL POZO

La tardecita ahorca los colores,
hierve el día tras el horizonte
y
se cierran los puntos cardinales.

Me asomo por la ventana del tiempo,
entretejiendo letras
sin orden lógico de sucesión.

Se forman palabras
que equivocaron lugar y fecha.

La palabra,
hecha roca y viento.
Solidez y agilidad simultánea.

La palabra
rodeada por un ejército de calamidades
enmarcadas en un desierto
de alegrías sonámbulas
cinceladas en sueños,
que iluminan el pozo.

Desde allí,
los monstruos de la noche
miran el cielo estéril
que almacena la memoria
de las tormentas
hechas palabras.