María Consuelo Álvarez
Buenos Aires
ARGENTINA

LA META


Camina sin prisa, total nadie la espera.
De su brazo cuelga un bolso pequeño, con todas sus pertenencias. En un bolsillo lleva un billete arrugado y viejo, en el otro, un trozo de papel con manchas de grasa que le entregó su amiga y compañera, antes de que la trasladaran al hospital.
Al llegar a la esquina de la concurrida avenida, siente miedo. La gente pasa a su lado, ignorándola, los autos y colectivos circulan raudos y un perro callejero la mira apático.
A mitad de cuadra queda paralizada frente a una vidriera. Blusas, pantalones, faldas... La variedad de colores le recuerda el arco iris. Un empujón sin disculpas, la hace moverse y girar la cabeza. Ahí se ve. El espejo refleja su imagen y un escalofrió la sacude. Casi no se reconoce, demasiado delgada, ojerosa, el cabello opaco y su ropa pasada de moda.
Apura el paso para alejarse. Las piernas parecen no querer sostenerla y la incertidumbre la agobia. Hurgueteó el bolsillo, sacó el papelito y leyó la dirección. Observó a su alrededor buscando a quién preguntar. Eligió al policía, que pasmado, miraba el trasero de la adolescente que se disponía a cruzar. Le indica el camino, casi sin prestarle atención.
Aunque se sentía cansada no deseaba llegar, pero no tenía amigos, ni dinero suficiente y la noche que se aproximaba, le producía temor.
Por fin, ahí estaba frente al hotel vetusto. Titubeó algunos minutos, pero convencida que era su única alternativa, entró.
El olor, mezcla de humedad, tabaco y desodorante barato, le provocó nauseas.
Una persona, de dudosa sexualidad, le sonríe y la saluda cordial. Ella contesta y pregunta por la dueña. Señalándole un gran sillón destartalado, le dice que espere.
Llega una pareja compuesta por una muchacha y un hombre maduro, que sostiene dos botellas de cerveza y una caja con pizza. No reparan en su presencia y se pierden por el oscuro pasillo, en el mismo momento que otra joven, sale presurosa y canturreando, enfundada en un vestido negro cuyo escote deja casi al descubierto sus pechos.
-¿Y bien?...- la voz ronca, varonil de la mujer robusta y desaliñada la hace ponerse de pie.
- Hola... Vengo de parte de Juana...-
- Si... Mi hermana, la santera... La loca...
- Me llamo Sandra, señora... Yo necesito...-
- Ya...Lo mismo que todas...Necesitas vivir y no tienes donde caerte muerta. Vamos...-
La sigue subiendo un piso tras ella, que abre la puerta de la habitación y extendiéndole las llaves, le advierte: - Un mes... Conseguí plata o a la calle, pero si necesitas que te de una mano, tengo clientes... Cuando cambies tu aspecto... Te ves pésima.
Sin esperar respuesta, se aleja encendiendo un apestoso habano.
La pieza es pequeña. Un camastro, una mesita, una banqueta y un barral con tres perchas de alambre, como todo mobiliario, pero al ver que dispone de un baño sólo para ella, se tranquiliza.
Cierra la puerta con llave y se deja caer sobre el colchón, que aunque duro y apelotonado, le facilita el descanso. El silencio es total. La pared desnuda, le permite seguir el recorrido de las dos cucarachas, que van y vienen tranquilas. Está acostumbrada, ya no le provocan asco. Una lágrima, quizás la última se escapa de sus ojos, desafiante, pero no la detiene. Deja que libre, penetre entre sus labios y con una sonrisa, se queda dormida.
Un insecto paseando por su cara, la despierta. Lo espanta con un leve movimiento de su mano, bosteza y estira su cuerpo entumecido. Busca en el bolsillo el billete. Lo acaricia, lo estira suavemente y hasta lo besa, conciente que su único capital, tiene que alcanzar para llevar a cabo su plan.
El agua de la ducha, apenas tibia, la relaja y le hace recordar que debería comer algo ya que su estomago esta vació desde hace casi dos días.
Baja y enfrenta a la dueña sin rodeos, explicándole que desea pagar la estadía y le extiende el billete. La mujer lo estudia y opina: - parece bueno... Aunque no puedo creer que lo hayas podido conservar allá... -¿Como lo lograste...? -¿O acaso leíste Papillón?- Como es su costumbre no espera contestación, abre un cajón y le da el cambio.
Suerte nena – le desea - aunque con eso muy lejos no vas a llagar.
Busca entre las confiterías del lugar, la más modesta. Se sienta junto a una ventana, saborea el café y las medialunas, recuperando fuerzas y un poco de humor.
Todo le llama la atención. La gente y sus atuendos, la decoración de los negocios, los automóviles... ¡Cuantas novedades en los últimos diez años!, pero el sol, sigue siendo el mismo y la invita a dar un paseo.
Llega a una plaza, casi desierta a esa hora temprana. Las hamacas, sus preferidas desde niña, la tientan y poco a poco va tomando altura. La brisa la mima y se deja atrapar por los recuerdos. Su padre... Nadie mejor que él supo hamacarla. Ya no lo llora, pero sigue lastimándola su ausencia, los ojos implorándole, el rictus de dolor... La mano, apretando la suya en un ruego desesperado. Su padre fue su pilar, su sostén en los momentos difíciles de su vida... Cuando murió su madre, cuando el accidente la dejó sin los abuelos, cuando tuvo que enfrentarse con sus debilidades y su deseo ferviente de ser médica... Y lo logró, gracias a él, al apoyo incondicional que le acarreó, por otro lado, la envidia de sus dos hermanos, los celos manifiestos y las acusaciones que la hundieron, dejándola muda e incapaz de defenderse.
Pero había pagado durante diez largos años, encerrada y sola, acepto ser nada más que la loca número diez y seis. No hizo reclamo alguno, no pidió nada de lo que le correspondía. El desamparo de sus hermanos, la venganza y la incomprensión, la anularon un largo tiempo. Luego, ya superada y para nada arrepentida de su proceder, optó por cumplir, ante la sociedad la condena impuesta. Aún las palabras, eran puñales que abrían cada vez más sus heridas: crimen, eutanasia, compasión, juramento hipocrático... ¿Pero que sabían todos ellos, del verdadero significado de su proceder?
Ella había jurado al recibirse de médica, pero falló. No pensó en las consecuencias que le traería cumplir el último deseo de su padre. Estaba segura que nada quedaba por hacer, el mal avanzaba provocándole dolores terribles y no existía curación ni milagro posible. Sólo lo hizo.
No la dejaron ni siquiera acompañar a su padre, hasta su última morada. Sus hermanos la denunciaron y la abandonaron a su suerte.
Presa de una crisis nerviosa y luego sumergida en una terrible depresión, pasó los primeros meses recluida en la unidad de psiquiatría.
Ahí conoció a Juana. Fue su única compañía y se convirtieron en buenas amigas, a pesar de la diferencia de edad. Hablaba con ella y escuchaba sus consejos, sin tener en cuenta las advertencias de las celadoras, que opinaban que “la vieja” estaba muy trastornada.
Se mantuvo siempre cerca de Juana, retribuyendo el cariño recibido, cuidando su precaria salud. Su corazón ya demasiado débil, se iba apagando día tras día.
Desde la partida de Juana, hasta el momento de su liberación, la sostuvo la promesa que le había echo. Lucharía por sus ideales, por lograr un lugar en esta vida.
La risa de unos niños, la hace dejar la hamaca un poco avergonzada y regresar a su habitación del hotel.
Tomar decisiones, la alteraba tanto que le provocaba fuerte dolor de cabeza. Esperó paciente, hasta el atardecer y muy resuelta, se dirigió hasta lo que fuera su casa familiar.
Descendió del colectivo unas cuadras antes de llegar, prefería caminar un poco. Desde la vereda de enfrente y semioculta tras un árbol, admiró la casa. Había luces encendidas y la mantenían bien cuidada.
Llega un auto y reconoce a sus hermanos, que conversan alegres.
Lamenta no poder entrar y recorrer el interior, pero no era el momento.
Los días siguientes, los pasa realizando trámites y consultas con abogados.
Cuando todo estuvo listo, hizo un llamado a sus hermanos. Fue el mayor el que atendió y al que tuvo que repetir varias veces su nombre, para lograr que venciera el asombro. Impuso día y hora, para la reunión en el hogar.
Con los últimos pesos que le quedaban, compró un guardapolvo blanco.
Así vestida y acompañada por un abogado, llegó puntual ante sus hermanos, que la miraban atónitos y no lograban emitir palabra alguna.
El abogado se presenta y les extiende una copia del testamento.
En ese instante, un camión estaciona frente a la casa. Sandra corre las cortinas. Una sonrisa y una luz nueva iluminan su rostro, aún joven.
Cuatro hombres manipulan un gran cartel.
Los hermanos miran sin entender, pero de sus manos caen los papeles cuando pueden leer: PRÓXIMAMENTE CLINICA MEDICA.