Un niño en su castillo de papel,
sobre el piso, con páginas de pared.
Un espejo de versos, la chimenea sin epitetos.
La alfombra era un montón de cuentos.
En el techo colgaba un monólogo de araña.
Y las anáforas rojas jugaban en la ventana.
El niño recostado en su cuarto de ficción
refugiaba su hipérbaton en un mundo mejor.
Quizá en su metáfora podía ser real,
quizá en la realidad no podía imaginar.
La sinestesia señalaba su presencia,
algunos delatan oxímoron en su cabeza.
Él jugaba con sextetos de rima.
La adulta novela burlaba con risa.
Las interlíneas incomodaban,
pero el deseo se narraba.
Imposible ocultar el corazón semántico,
el niño se asomaba de vez en cuando.
Arco iris de tinta, bancos de comillas.
El eterno celeste como bella hipérbole.
En el Norte, un abecedario de horizonte.
Era el barrio crucigrama,
con sus seres de anagrama.
Un día se acercó a los versos,
de cerca vio las carillas del tiempo:
el objeto era directo;
el sujeto, sanguíneo;
el núcleo, reflejo;
y lo tácito había vuelto.
Un hombre, en su castillo de papel,
sobre el piso, con páginas de pared.
Su sueño sigue entre corchetes:
en busca del amor unimembre.
Profecía
Se cumplieron los veintiséis
y aún espero, profecía.
Te quiero con ansias
y te busco en cada esquina.
¿Eres tú,
sonrisa imperfecta,
de ojos profundos
y cabello rubio?
¿O podrías ser tú,
suavidad imperial,
con boca de miel
y voz de papel?
Me pregunto si será cierto
o podría ser error del cielo.
Las agujas ya marcaron
un destino desgraciado.
¿Eres tú,
aventura secreta
de corazón destrozado
y sueños olvidados?
¿O podrías ser tú,
dulce veneno
de cuerpo perfecto
y futuro engaño?
Se cumplieron los veintiséis
y aún espero, profecía.
Necesito amarte.
Necesito mi vida.
Niño
Aquí, dibujando nubes en el cielo.
Atrapando mariposas en su errático vuelo.
Sencillo, sin complejidad.
Sonrisas y colores.
El mundo que nunca dejé atrás.
Las casas tienen techos de felicidad,
la gente que quiere bailar,
y los camellos que están por llegar.
Corro tan rápido como puedo
y siento en mi cara el dulce viento.
A veces creo ganarle al tiempo.
Aquí, saludando al ruiseñor.
Trepando árboles para tocar el sol.
Voy contando cada uno de mis sueños
mientras pinto las flores con mi voz
cantando siempre aquella canción.
Luego llega la noche
y el lago me ilumina con su botón de sal.
Despacio me asomo con curiosidad,
y alguien me habla sobre libertad,
un amor que no deja de brillar.
Pero las agujas vuelvan a marcar,
y me señalan con aire de juez.
Y la verdad es que duele tanto crecer...
Quisiera poder escaparme
y morir como niño en mi Edén.