Santiago Hernán Vázquez
Mendoza
ARGENTINA
Epistemología de la psicología en Leornardo Castellani: repercusiones de los conceptos de sustancia y accidente.
Resumen
La obra de Leonardo Castellani abunda en intuiciones y originales criterios de análisis no desarrollados. Uno de ellos es la compresión de la estructuración epistemológica de la psicología moderna a partir del análisis de los embates sufridos por el concepto de sustancia, desde la escolástica nominalista en adelante. El presente trabajo explota esta idea. La pone a prueba a partir de un somero recorrido por la historia de la filosofía, comenzando por lo que Aristóteles y Santo Tomás quisieron significar con los conceptos de sustancia y accidente, refiriendo luego el derrotero que siguen tales conceptos en filósofos como Occam, De Autrecourt, Descartes, Locke, Hume; intentando ver cómo en éstos últimos predomina una noción de sustancia extraña al sentido aristotélico de la misma, y cómo tal noción es la que llega a la psicología moderna jugando un papel fundamental en su configuración epistemológica. El trabajo ofrece resultados parciales y desarrollos brevísimos del abordaje de una temática amplia que requiere de nuevas elaboraciones y extensas profundizaciones.
Epistemología de la psicología en Leornardo Castellani: repercusiones de los conceptos de sustancia y accidente.
La psicología contemporánea depende directamente
–como ha dicho, entre otros, el Dr. Martín Echavarría-
de la filosofía moderna. Las vías de análisis que se
ofrecen al investigador a la hora de indagar acerca de tal dependencia, son
innumerables. Una de tales vías –de notable potencia esclarecedora
a nuestro entender- nos la ofrece el Padre Leonardo Castellani. La vasta obra
de este filósofo argentino abunda, nos dice Juan Carlos Ballesteros,
en intuiciones geniales que quedaron truncas (Ballesteros, 1981). Entendemos
que esta justa observación acerca de la obra de Castellani, puede ser
aplicable al planteo que aquí nos proponemos poner a prueba. Las consideraciones
del Padre Leonardo acerca de la importancia que reviste el análisis
de los embates sufridos por el concepto de sustancia a la hora de comprender
la configuración epistemológica de la psicología moderna,
aunque realmente esclarecedoras no dejan de ser, para nuestro interés,
sumamente exiguas .
De modo que poner a prueba el planteo de Castellani puede redundar, por las
virtualidades que consideramos en él contenidas, en novedosos aportes
de esclarecimiento. Tal es el propósito del presente trabajo.
Intentaremos entonces, a partir del planteo concreto de Castellani, una primera
y brevísima aproximación a los conceptos de sustancia y accidente,
tal como Aristóteles y Santo Tomás los acuñaron; para
realizar posteriormente un seguimiento igualmente somero del poco feliz derrotero
sufrido por la noción de sustancia en el marco de la filosofía
moderna, que tiene a la psicología que nace en el siglo XIX (que en
este preciso sentido no se diferencia de la psicología de nuestros
días) como su producto, según intentaremos ver.
Planteamiento inicial
En su obra Elementos de Metafísica nuestro autor aborda con suma agudeza,
aunque con idéntica brevedad, la temática que nos ocupa. Dejando
sentado lo que en la ontología clásica sea sustancia y accidente,
realiza una pequeña disquisición sobre los modos erróneos
de entender estos conceptos y los peligros filosóficos que entraña
su inadecuada comprensión, refiriendo como ejemplo de esto último
a algunos filósofos modernos que, a partir de Descartes –aunque
con antecedentes en la escolástica decadente- manejarían una
noción de sustancia extraña a la letra aristotélica.
Así llega nuestro autor, en un somero recorrido por la filosofía
moderna, hasta los psicólogos fenomenistas que intentando negar la
sustancia (en su acepción cartesiana y empirista) y con ello el alma
sustancia, lo que harían, en rigor, sería sustantificar los
accidentes.
Otra de las alusiones directas a nuestro tema la hace Castellani en el curso
Psicología humana, refiriéndose precisamente al fenomenismo
y su cometido de intentar una “psicología sin alma”. Dicho
cometido procedería, según Castellani, de una falsa concepción
de sustancia entendida como “una especie de cascote, o de cogollo, o
de hoguera con chispas o de viento, o de aliento, o de éter”
en tanto “pensaban que era un sujeto inerte, ocultado por los accidentes
e incapaz de dar cuenta del aparecer y la sucesión de ellos”
(Castellani, 1997). Menciona nuestro autor a propósito, al psicólogo
Lange, cuyas líneas directrices de pensamiento expone en su diccionario
de psicología. Caracteriza aquí a Lange, como un filósofo
neokantiano que encabezó la “dirección fisiológica
y se distinguió sobre todo por sus trabajos en psicología experimental”
(Castellani, 1996). Dicha caracterización encuentra corroboración
historiográfica –y adelantémonos brevemente aquí-
en el esquema propuesto por Ramón Sanz Ferramola para intelegir la
psicología del siglo XIX. Lange, siguiendo la dirección fisiológica
y destacándose como psicólogo experimental según nos
dice Castellani, podría incluirse entre aquellos psicólogos
que, según Ferramola, intentando restituirle a la psicología
el estatuto epistemológico arrebatado por Kant, sostienen –en
oposición al filósofo de Königsberg aunque siguiendo su
criterio de demarcación- que en la psicología es posible la
matemática y la experiencia (Sanz Ferramola, 1996).
Contra Lange y el fenomenismo en general, entonces, lanza Castellani su diatriba,
señalándolos como víctimas de una confusión acerca
de la noción de sustancia. Esta psicología sin alma –cuyo
objeto será, a partir del siglo XIX, el fenómeno desgajado y
desentendido de un soporte que lo haga ser y del que él es manifestación-,
y las falsas dialécticas epistemológicas que con ella se desarrollan
y de ella se alimentan –verbigracia, psicología experimental
o científica vs. Psicología metafísica o racional- se
pueden entender, a nuestro modo de ver, como consecuencias de aquella confusión,
como lo intentaremos notar.
Castellani esclarece al pasar, en breves referencias halladas en otras obras,
la naturaleza de tal confusión. Se impone la necesidad –nos dará
a entender al respecto- de entender la noción de sustancia, “no
como un substratum inerte de las cosas cambiantes” (Castellani, 1976)
-tal sería el sentido que adquiere después de Descartes quien
“sacó su noción de sustancia de la física y de
la escolástica decadente”(Castellani, inédito)- sino como
llegó a entenderla, por ejemplo -nos sigue diciendo Castellani-, el
filósofo gascón Maine de Birán quien negándola
en un primer momento por entenderla “al modo suarista y cartesiano (…)
se reconcilió más tarde con la substancia” (Castellani,
inédito), “recayendo en Aristóteles sin saberlo; o sea,
en la noción justa de substancia dinámica” (Castellani,
1976).
Intentemos ahora sí, ir poniendo a prueba el planteo que nos propone
nuestro autor, aproximándonos, en primer lugar, a las nociones antiguas
de los conceptos metafísicos que nos ocupan y a sus implicancias.
Sustancia y accidente en Aristóteles y Tomás
de Aquino
Es Aristóteles quien acuña por primera vez estos dos conceptos
que pasan a ser piedra angular de su metafísica. En el libro que lleva
este nombre nos dice el filósofo helénico, en más de
una ocasión, que “el ser se dice de diversas maneras”,
y especifica dicha diversidad con idéntica insistencia “Se denomina
ser a lo que es accidentalmente o a lo que es en sí (…) La sustancia
es la causa intrínseca de la existencia de los seres que no se refiere
a un sujeto (…) Accidente se dice de lo que se encuentra en un ser (…)
se produce, existe, pero no tiene la causa en sí mismo, y solo existe
en virtud de otra cosa” (Aristóteles, 2004)
El filósofo helénico deja así establecida una distinción
metafísica que será cara al pensamiento filosófico posterior.
Varios siglos después, Santo Tomás hará suyos estos conceptos
y perfeccionará su exposición. Sostendrá, por ej., en
su denso opúsculo Sobre el ser y la esencia: “El ente de modo
absoluto y primero se dice de las sustancias, y luego, de modo relativo, de
los accidentes (…) [Los accidentes] no tienen una existencia en sí
independiente del sujeto (…) Más aquello a lo que adviene un
accidentes es un ente completo en sí, subsistente en su existir, el
cual, por cierto, precede naturalmente al accidente que sobreviene”
(Tomás de Aquino, 1974)
La sustancia es el ser en sentido propio; y el accidente es, en tanto parte
de la sustancia. El ser le viene de la sustancia. Así, lo que se conoce
propiamente es la sustancia; a partir de su manifestación fenoménica
por cierto, pero teniendo en cuenta que es ella lo manifestado. La manifestación
fenoménica no puede ser nunca en cuanto tal, límite más
allá del cual no podría acceder nuestro conocimiento, como quiere
Kant, puesto que “en modo alguno, nos dice Jolivet, la sustancia corresponde
a una ‘cosa’ inerte bajo el flujo fenomenal” (Jolivet, 1961),
que por lo tanto resultaría incognoscible o inconcebible. Por ello
Castellani señala que no se puede negar la sustancia sin destruir la
inteligencia. Y es que el objeto de ésta es el ser, ella es en acto
por el ser; y el ser se dice principal y propiamente de la sustancia. Se entiende
así la afirmación de Santo Tomás en otro lugar cuando
dice que “el accidente es posterior a la sustancia en el tiempo y en
el conocimiento” (Tomás de Aquino, 1988)
Castellani, luego definir, a la par de Aristóteles y Santo Tomás,
los conceptos de sustancia y accidente, inicia su confrontación con
los que los niegan o malentienden y afirma: “La sustancia es la cosa:
primer objeto de nuestro entendimiento, que no se puede negar sin destruir
la inteligencia. No se ha de imaginar, pues, la sustancia como un carozo inerte
revestido de otras realidades, el movimiento, incluso –que en realidad
se convertirían en sustancias superpuestas. La sustancia es el principio
del movimiento y el ser mismo de todos sus accidentes: ser filósofo,
estar triste, reírse, son accidentes ¿quién no ve que
dependen dinámicamente de la sustancia?” (Castellani, 1977)
A partir del citado párrafo inicia nuestro autor un rápido recorrido
histórico, en el que da cuenta del itinerario poco feliz que habría
seguido la noción de sustancia, a partir de la escolástica decadente
“que sustantificó los accidentes y multiplicó los modos
sustanciales” (Castellani, 1977).
Históricamente se ha designado con la denominación escolástica
decadente a las corrientes filosóficas disolventes del siglo XIV que
tendrían en el inglés, Guillermo de Occam, su más importante
representante. Un somero análisis del pensamiento de Occam basta para
verificar lo que Castellani apuntó. Y es que la celebérrima
navaja del inglés no se detiene, en su desgarradora acción,
ante doctrina metafísica alguna. Su principio de economía (entia
non sunt multiplicanda sine necessitate) unido a su empirismo de base que
señalan los historiadores de la filosofía Rafael Gambra, González
Álvarez y Guillermo Fraile entre otros, son aplicados a la distinción
aristotélica de sustancia y accidente: ¿Por qué hablar
de sustancias si lo único percibido son los accidentes? A propósito
nos dice González Álvarez: “[Según Occam] la filosofía,
no apoyada en los datos de la revelación, y sin posibilidad de penetrar
en el ámbito de la sustancia, deberá constituirse como ciencia
comprobativa de lo accidental y explicativa de lo fenoménico”
(Gonzalez Alvarez, 1960)
Contemporáneo a Occam, y en cierto modo discípulo de éste,
aparece un filósofo menos popular que aquél pero no menos incisivo
en su crítica a la metafísica aristotélico-tomista. Se
trata de Nicolás de Autrecourt perteneciente también a la escolástica
del siglo XIV. Castellani menciona a dicho filósofo en su obra “De
Kierkegaard a Tomás de Aquino” al tratar sobre la problemática
del conocimiento. Lo caracteriza en dicha obra como “el Hume medieval”.
Y es que la crítica que desarrolla De Autrecourt guarda sorprendente
similitud, como veremos, con la que más adelante efectuará el
escéptico de origen escocés, David Hume. En lo que al concepto
de sustancia se refiere, este filósofo de la escolástica decadente
sostendrá: “No es evidente la existencia de sustancias distintas
de la propia alma, si por sustancia se entiende una realidad distinta de las
impresiones de los sentidos tal como nos las suministra la experiencia […]
De otras cosas sólo percibimos experimentalmente los accidentes que
impresionan nuestros sentidos. Pero de esas apariencias no es lícito
inferir que existe una sustancia”. (Fraile, 1986)
Las cuestiones que estos dos pensadores dejan planteadas comienzan a ser desarrolladas
luego en el pensamiento moderno.
Así como De Autrecourt señala que “Aristóteles
no tuvo nunca la evidencia de una substancia cualquiera distinta de la de
su alma, al menos cuando se entiende por ‘substancia’ una cosa
distinta de los objetos de los cinco sentidos exteriores y de nuestras experiencias
formales” (Jolivet, 1945); también Descartes se levantará
contra las formas sustanciales del aristotelismo a las que considera, nos
dice Jolivet, “una explicación meramente verbal y falaz de los
fenómenos naturales” (Jolivet, 1945). Se pronuncia Descartes,
nos dicen Reale y Antiseri, a favor de la existencia de una multiplicidad
de substancias, pero “propuso teorías sobre la substancia que
se apartaban por completo de las clásicas y escolásticas”
(Reale & Antiseri, 1988). Y es que la sustancia comienza a ser a partir
de estos filósofos “un carozo inerte incapaz de dar cuenta de
la aparición y sucesión de los accidentes” (Castellani,
1995).
Descartes propondrá una definición de sustancia que Castellani
califica de ambigua, y que llevará, por lo mismo, a una confusión
respecto a la realidad de los accidentes, cuando no a su negación,
dirá el Padre. Descartes dirá que “por sustancia no podemos
entender sino la cosa que existe de tal modo que no tenga necesidad de ninguna
otra para existir”, y separará esta sustancia, asequible solo
al espíritu, de las “formas externas” que captan los sentidos.
Dirá en sus Meditaciones metafísicas desarrollando el ejemplo
de la cera: “Cuando hago distinción entre la cera y sus formas
externas, y, como si la hubiese quitado sus ropas, la considero desnuda, entonces,
y aunque muy bien pueda encontrarse algún error en mi juicio, es cierto
que no me es posible concebirla de esta forma sino siendo un espíritu
humano” (Descartes, 2004). De esta manera “los cuerpos, propiamente
hablando, no son concebidos sino por la facultad del entendimiento (…)
No los conocemos por el hecho de verlos o tocarlos, sino solamente por concebirlos
en el pensamiento” (Descartes, 2004). Hay un algo oculto detrás
de las formas externas (cualidades variables) perceptibles por los sentidos,
de tal manera que la unidad entre la substancia y los accidentes o entre las
cosas y sus atributos, permanece –como dice Jolivet- “en un arcano
impenetrable” (Jolivet, 1945)
A la capciosa unión que realiza Descartes entre la substancia y su
atributo principal, asignándoles no una distinción real sino
de razón, sucede una no menos capciosa separación entre la misma
substancia, esencialmente extensa o esencialmente pensante, y sus atributos
variables que son aquellos que captan los sentidos y que, en tanto variables,
nada dicen de la cosa. “La cera se acerca al fuego. Lo que queda de
sabor se exhala: el olor se desvanece; su color cambia, la figura se pierde,
el tamaño aumenta, se hace líquida, se calienta, y apenas se
la puede tocar y, si la golpeamos ya no producirá sonido alguno ¿Permanece
siendo la misma cera después de estos cambios? Debemos reconocer que
sigue siendo la misma cera, y nadie podrá negarlo. Pero entonces, ¿qué
es lo que se conocía tan distintamente en aquel pedazo de cera? Ciertamente
no puede ser nada de lo que se había observado por medio de los sentidos,
puesto que han cambiado todas las cosas que percibíamos por el gusto,
el olfato, la vista, el tacto o el oído se han visto alteradas y, sin
embargo, sigue siendo la misma cera. Tal vez sea lo que ahora pienso, a saber:
que la cera no era ni aquella dulzura de miel, ni ese agradable olor a flores,
ni esa blancura, ni esa figura, ni ese sonido, sino tan solo un cuerpo que
poco antes se me aparecía bajo aquellas formas, y que ahora se hace
observar por otras (…) Apartando todas las cosas que no pertenecen a
la cera, veamos lo que queda de ella. Ciertamente no permanece nada más
que algo extenso” (Descartes, 2000)
Comenzará a tomar forma así el proceso de separación
entre los modos del ser que culminará en la ruptura definitiva que
consumarán Hume y Kant
Hasta aquí el planteo de Castellani se nos muestra verosímil.
La sustancia occamista y cartesiana es la “sustancia muerta contra la
que se alzó Fitche”. En modo alguno se trata de la sustancia
de Aristóteles y Santo Tomás. Para estos dos filósofos,
los dos modos de ser no se identifican pero sí son inseparables de
tal manera que los accidentes no pueden existir sino en la sustancia, y la
sustancia existe “accidentada”, manifestada en los accidentes.
“Conocer el accidente es conocer la sustancia, nos dice Verneaux, puesto
que el accidente no tiene ser más que en la sustancia” (Verneaux,
1978).
Pero el paso ya estaba dado. La crítica de la escolástica nominalista
por un lado, y la metafísica cartesiana por otro, irradiarían
en adelante un influjo determinante en el modo de concebir conceptos fundamentales
como los que aquí nos ocupan. La vertiente empirista del racionalismo
que surgiría inmediatamente después de Descartes daría
a la metafísica de la sustancia y el accidente la estocada final. Kant
intentará revivir, algunas décadas después, a la sustancia,
rebautizándola con el nombre de Noumenon, pero la prístina sustancia
aristotélica habíase perdido en la densa bruma de las elaboraciones
nominalistas y racionalistas. “El lejano recuerdo de Aristóteles
y de su sustancia que ‘existe en sí’ al igual que el noumeno
” que dice Verneaux, no fue suficiente, y así la psicología
que surgirá en el siglo XIX arrastrará esta herencia.
Pero sigamos con nuestro breve recorrido que nos permitirá enfocar
mejor la repercusión en la psicología de este itinerario metafísico.
Castellani subraya que luego de la ambigua noción que Descartes da
de sustancia, las dos corrientes poscartesianas, el racionalismo puro y el
empirismo inglés, extraerán las conclusiones lógicas
que de ella se derivan. Spinoza caerá en el panteísmo del que
Leibniz intentará huir “suplantando la ‘sustancia única’
[de aquél] con una polvareda infinita de sustanzuelas sobrepuestas
y mal unidas que llamó mónadas” (Castellani, 1951). Por
otro lado el empirismo inglés negará la sustancia “afirmando
con razón que lo que percibimos nosotros son los actos, emociones,
ideas, figuras y colores – y no ningún núcleo misterioso,
indivisible e invisible” (Castellani, 1951).
Dejemos por el momento el racionalismo y veamos brevemente los desarrollos
del empirismo en sus dos representantes más conspicuos: John Locke
y David Hume.
John Locke: Un algo poco claro
No obstante el énfasis que pone Locke desde las primeras páginas
de su Ensayo sobre el entendimiento humano, en separarse de Descartes en lo
que a la concepción de las ideas se refiere; se observa, sin embargo,
al analizar su noción de sustancia, llamativa continuidad con el pensamiento
del filósofo francés.
Locke, desde un primer momento, intenta restablecer -contra Descartes- el
viejo principio aristotélico que sostenía que “nada hay
en el intelecto que no haya pasado antes por los sentidos”, pero la
dirección que toma esta expresión en el pensamiento de Locke
marcará la diferencia esencial que guarda su reflexión con la
de Aristóteles. Locke sostendrá que nuestro conocimiento del
mundo no puede ir más allá de las cualidades sensibles que impresionan
nuestros sentidos y que él llamará ideas simples: “Aún
en las cosas que nosotros creemos conocer de la manera más íntima
y comprender con más exactitud, no podemos ir más allá
de esas ideas simples (…) no podemos descubrir nada más que esas
ideas simples que recibimos originariamente por la sensación y por
la reflexión”. (Locke, 1963)
La reflexión para Locke, da origen a las ideas sobre las propias operaciones
psicológicas: “Es la percepción de las operaciones de
nuestra mente cuando se ocupa de las ideas que ha recibido”. De este
modo la sensación y la reflexión así entendida “son
las dos fuentes de conocimiento de las cuales dimanan todas las ideas que
tenemos o podemos tener naturalmente” (Locke, 1963). Además de
las ideas simples, Locke señala que existe un segundo tipo de ideas:
las complejas, entre las cuales se incluiría la de sustancia que, como
podemos deducirlo, no procedería de la realidad ni tendría sustento
en ella sino que se formaría por combinación de ideas simples.
“Las ideas complejas son modos, o sustancias, o relaciones […]
Estando provista la mente, como tengo ya explicado, de un gran número
de ideas simples que le han venido por los sentidos, por las impresiones que
reciben de los objetos exteriores, o por la reflexión sobre sus propias
operaciones, advierte también que un cierto número de esas ideas
simples van constantemente unidas […] No pudiendo imaginar cómo
esas ideas simples subsisten por sí mismas, nos acostumbramos a suponer
cierto sustrato en el cual ellas subsisten, y del cual resultan, y al que,
por eso, llamamos sustancia […] Todas nuestras ideas de las diferentes
especies de sustancias no son más que colecciones de ideas simples,
con la suposición de un algo al que pertenecen y en el cual subsisten;
aunque de ese algo no tengamos absolutamente ninguna idea clara”. (Locke,
1963)
Se observan en estas afirmaciones de Locke, dos cuestiones entrevistas por
Castellani: la deuda cartesiana de su planteo que lo lleva a concebir la sustancia
como un “núcleo misterioso” del que no tenemos noticia
cierta; y, por otro lado, la consiguiente “sustantificación de
los accidentes”.
“Como filósofo, Locke es cartesiano”, nos dice Verneaux.
Y es que Locke extraerá las conclusiones lógicas de la separación
radical que el francés hizo entre lo inmaterial y lo corpóreo.
A propósito nos proporciona suficiente esclarecimiento Tomás
Melendo: “Desde Descartes el universo quedará dividido en dos
sectores irreconciliables, incapaces de participar en un acto superior; y
el cuerpo y el alma, concebidos como sustancias radicalmente distintas, harán
imposible cualquier interacción entre la sensibilidad y la inteligencia.
Locke recoge el mundo cartesiano y lo continúa. Pero tomando como punto
de partida la sensibilidad legada por Descartes, nunca podrá llegar
más allá de lo que en ella se da en acto: las cualidades sensibles,
que –si se pretenden claras y distintas- no pueden concebirse como posesión
imperfecta de una realidad superior” (Melendo, 1978)
De la sustancia, entonces, no tenemos ninguna idea clara y, en rigor, lo único
que conocemos son las cualidades sensibles. Pero “el intelecto no puede
negar la sustancia sin destruirse” (Castellani, 1977). Así es
que lo que Locke hace en realidad, es “sustantificar los accidentes”.
No otra cosa es su consideración respecto a la posibilidad de que las
“cualidades sensibles puedan subsistir solas” ya que precisamente
ese es el carácter definitorio de la sustancia, según nos dice
Jolivet: “La sustancia se define por la aptitud natural a subsistir,
es decir, a existir independientemente de todo sujeto de inhesión y
de todo coprincipio sustancial intrínseco” (Jolivet, 1958). Pero,
contra Locke, debemos decir que el intelecto conoce la cualidad como algo-de-otra-cosa
y, al contrario de lo que él sostiene, “la sustancia es el ser
concreto, objeto de los sentidos [pues comprende a los accidentes y se manifiesta
en ellos]” (Jolivet, 1958)
David Hume: La sustancia como prejuicio de la imaginación
Aproximadamente un cuarto de siglo después de la muerte de Locke hará
su aparición el pensador de origen escocés, David Hume, cuyo
agudo ingenio se aplicará a profundizar los planteos lockeanos elaborando
una acérrima crítica a las nociones metafísicas clásicas
de causalidad y de sustancia. La extensión que dará Hume a la
crítica a esta última constituirá el germen de la psicología
fenomenista de la que Castellani nos ha hablado. Las tesis críticas
de este filósofo constituirían uno de los antecedentes más
inmediatos de aquella configuración epistemológica de la psicología
del siglo XIX (y de la psicología actual en general) que adolecería
–según nos ha venido señalando Castellani- de una errónea
concepción de sustancia. Y sería uno de los antecedentes más
inmediatos puesto que la profundización de los planteos de Locke, le
permitirá a Hume extender la crítica de la noción de
sustancia a las ideas de mente o alma y de Yo consideradas por los fenomenistas,
según nos dice Castellani, como una “ilusión psicológica”.
La crítica de Hume sigue el camino trazado por Locke. El principio
y el ser de conocimiento son las impresiones sensibles y éstas sólo
captan los fenómenos, de manera tal que “esos principios de formas
sustanciales y accidentes, y facultades, no son en realidad ninguna de las
propiedades conocidas de los cuerpos, sino que son completamente ininteligibles
e inexplicables” (Hume, 1955). No hay ni puede haber, un conocimiento
que vaya más allá de lo que proporciona la percepción
sensible, y la percepción sensible en Hume, no proporciona más
que fenómenos. La idea no es más que una copia de la impresión
que ha afectado alguno de nuestros sentidos, y la impresión de reflexión
(el otro contenido posible de nuestro conocimiento) es la impresión
que produce en el alma la reaparición de una idea. Pero la sustancia
es para Hume “algo enteramente distinto de una percepción”
y por lo tanto es un concepto imaginario. Vayamos al texto de Hume: “Desearía
preguntar a los filósofos, que encuentran tanta materia para sus razonamientos
acerca de la distinción de sustancia y accidente, y que imaginan que
tenemos ideas claras de ello, si la idea de sustancia se deriva de las impresiones
de la sensación o de la reflexión. Si nos es transmitida por
medio de nuestros sentidos, pregunto, ¿por cuál de ellos, y
de qué manera? Si es percibido por los ojos, tiene que ser un color;
si por los oídos, un sonido; si por el paladar, un sabor, e igual sucedería
con los otros sentidos. Creo, sin embargo, que nadie afirmará que la
sustancia es un color, un sonido, un sabor (…) Por eso no tenemos una
idea de sustancia distinta de la de una colección de cualidades particulares,
y no nos referiremos a otra cosa cuando hablamos o razonamos acerca de ella.
La idea de una sustancia no es otra cosa que un conjunto de ideas simples
unidas por la imaginación, y que se designan con un mismo nombre, por
medio del cual nos es posible recordar ese conjunto. Pero la diferencia entre
esas ideas consiste en que las cualidades particulares, que forman una sustancia,
se refieren, generalmente, a un algo desconocido, al que se supone son inherentes”.
(Hume, 1959)
El carozo inerte, el algo desconocido, el núcleo invisible cartesiano,
siendo tal, no puede tener otra causa eficiente que la imaginación.
Se entiende entonces que “Los sensualistas y asociacionistas ingleses
–volvemos a decir con Castellani- [negaran] la sustancia afirmando con
razón que lo que percibimos nosotros son los actos, emociones, ideas,
figuras y colores – y no ningún núcleo misterioso, indivisible
e invisible”. (Castellani, 1951).
Descartes señala expresamente, como vimos más arriba, que los
atributos variables nada dicen de la sustancia. Hume, en consonancia con ello,
señala la imposibilidad de decir que la sustancia es alguno de los
atributos que captan los sentidos; concluyendo, por lo tanto, en la afirmación
acerca de la imposibilidad de sostener un concepto como el de sustancia, según
su principio empirista. Pero, debemos decir con Santo Tomás, que la
sustancia –entendida aristotélicamente- es, en cierto modo, todo
aquello que señala Hume (o por lo menos es transmitida por todo aquello
que para Hume no la transmite), puesto que los fenómenos que menciona
(color, sonido, sabor) son parte de la sustancia, son en y por la sustancia,
por ser la sustancia el ser en sentido propio y tener los accidentes o fenómenos
un ser participado de la sustancia. Por ello Castellani dice, y con él
todo el tomismo, que es la sustancia el objeto de percepción. Del mismo
modo Jolivet sostiene, como vimos más arriba, que la sustancia es el
objeto de los sentidos.
Pero para Hume la sustancia será, como lo era para Locke, una colección
de cualidades particulares a las que “adscribimos una identidad perfecta
y la miramos como invariable e ininterrumpida”. Este adscribir procede,
según textuales palabras de Hume, de un prejuicio de la imaginación,
y es un error al que estamos muy propensos a caer
Vemos hasta qué punto entonces la herencia cartesiana continúa
vigente en el pensamiento de Hume llevándole a la negación de
la sustancia –entendida cartesianamente, es decir, como un algo desconocido
inasequible a los sentidos- y, por ende (al igual que Locke), a la sustantificación
de los accidentes. La radicalidad y sutileza de la crítica humiana
no pasó por alto la consideración de esta paradojal consecuencia
que Castellani nos ha venido señalando como consecuencia inmediata
de la negación de la sustancia. Sin embargo dicha consideración
no constituye para Hume una aporía de su crítica sino que viene
a reforzarla dándole mayor coherencia y solidez lógicas. Examinemos
los dichos de Hume al respecto: “Si alguno quisiere evadir la dificultad
diciendo que la definición de sustancia es: algo que puede existir
por sí mismo, y que esa definición debe satisfacernos; si se
dijese eso, yo observaría que esa definición conviene a todo
ser que puede ser concebido y no nos servirá de nada para distinguir
la sustancia del accidente, o el alma de sus percepciones (...) Además,
todo lo que es diferente es distinguible, y todo lo que es distinguible es
separable por la imaginación. Este es otro principio. Mi conclusión
es que, puesto que todas las percepciones son diferentes unas de otras y de
cualquier otra cosa en el universo; son también distinguibles y separables,
y pueden ser consideradas como existiendo separadamente, y no tienen necesidad
de ninguna otra cosa para sostener su existencia. Son, por lo tanto, sustancias,
en el sentido en que esa definición declara la sustancia”. (Hume,
1955)
La imaginación es cosista y materializa cuanto toca, ha dicho Jolivet
refiriéndose al empirismo. Pues bien, la imaginación aquí
cosifica entidades metafísicas separando (signo de distinción
física) los accidentes de la sustancia y a los accidentes entre sí,
haciendo subsistentes a éstos y diluyendo a aquélla, considerada
como –y volvamos a insistir con Castellani- “una especie de castote
incapaz de dar cuenta de la aparición y sucesión de los accidentes”
(Castellani, 1997). Por ello el Padre Leonardo recuerda, al referirse al fenomenismo,
aquella elocuente expresión de San Alberto Magno: “O philosophi,
non transcendentes imaginationem ”, que bien podría aplicarse
a Hume, no obstante la sutileza y el rigor de su crítica.
Como las percepciones tienen para Hume un ser independiente (sustancial, podríamos
decir) pueden conformar la mente (considerada ésta como un conjunto
de fenómenos, según nos dice Castellani) sin necesidad de recurrir
a la mente o al alma en el sentido sustancial que ésta tenía.
Aquí vemos la lógica interna de la crítica de Hume. De
esta manera podrá negar, más adelante, el ser del alma como
sustancia o –al decir de Castellani- como permanencia excepcional.
Resta detenernos entonces en la amplitud y alcance que el furor antimetafísico
de Hume da a la crítica de la noción de sustancia pues dicho
alcance -que no es más que una consecuencia lógica del itinerario
que venimos recorriendo- nos hará comenzar a vislumbrar las vastas
repercusiones que la negación de la sustancia tendrá en la psicología,
tal como nos ha venido señalando Castellani.
Hemos podido observar en este exiguo e incompleto análisis de un aspecto
de la crítica humeana, el motivo por el cual Castellani, parafraseando
a los franceses, apoda al nominalista Nicolás De Autrecourt, como el
Hume medieval. En él ya se encuentran muchas de las conclusiones a
las que arribó ulteriormente el escéptico escocés. Sin
embargo, la radicalidad de la crítica de este último que hemos
venido señalando, marcará la diferencia con De Autrecourt y
la originalidad de su ataque al pensamiento clásico.
Para Nicolás De Autrecourt, según hemos visto, no es evidente
la existencia de sustancias distintas de la propia alma. Pues bien, Hume dará
un paso más en este sentido sosteniendo que tampoco es evidente la
existencia de una sustancia inmaterial (alma o mente) en la cual estarían
inherentes nuestras percepciones o de un yo al cual dichas percepciones pertenecen.
Éstas, según hemos visto, pueden ser consideradas separadamente
y, por lo tanto según este filósofo, existir separadamente sin
necesidad de recurrir a un algo que las unifique. En realidad, no hace más
que extraer las conclusiones lógicas de su tesis. Negando la sustancia
solo quedan los fenómenos. Esta conclusión se hace extensiva,
nos dice Jolivet, al dominio del espíritu: la noción de un alma,
mente o yo por la cual adscribimos identidad a las sucesivas percepciones
que constituyen la mente , es ficticia y procede de un prejuicio de la imaginación
pues no hay impresión alguna que la origine. La mente y el yo no son
más que sucesivas percepciones. Estas percepciones se pueden considerar
– y, a la postre, pueden existir- separadamente de modo que no son susceptibles
de una unión local. “Cuando yo dirijo mi reflexión a mí
mismo, nunca puedo percibir ese yo sin una o demás percepciones, y
nunca puedo percibir más que percepciones. Es, pues, la conjunción
de éstas lo que forma el Yo” (Hume, 1955)
Dejemos a Hume, no sin antes citar un breve fragmento de su Treatise, representativo
de las extensiones que pretende alcanzar su crítica. “Los filósofos
empiezan a avenirse con el principio de que no tenemos ninguna idea de la
sustancia externa, distinta de las ideas de las cualidades particulares. Esto
debe preparar el camino para un principio semejante respecto de la mente:
que no tenemos ninguna noción de ella distinta de las percepciones
particulares” (Hume, 1955)
Intentos de síntesis: Kant y Wolf.
Quedaría pendiente el análisis de los fallidos intentos de síntesis
de Kant y de Wolf. Digamos que en ellos sigue presente, a nuestro entender,
una noción de sustancia extraña al sentido aristotélico.
La separación kantiana entre fenómeno y noumeno es deudora del
planteo de Hume. Nos dice Verneaux que Kant conserva en su franja cierto realismo
metafísico. Por éste sostiene persistentemente la existencia
de una cosa en sí, extramental e inaccesible que poco tiene que hacer
en su filosofía, ya que se trata de un mundo incognoscible “que
sin embargo –dice Castellani- sabemos que existe” (Castellani,
1977) Pero decíamos que es deudora de Hume porque, para Kant, el noumeno
no se conoce por el fenómeno sino por intuición intelectual.
El fenómeno no es manifestación del noumeno sino que lo oculta.
“La revolución se hizo el día –nos dice Vernaux-
que Hume se percató de que el accidente, en lugar de revelar la sustancia,
la escondía; puesto que el accidente es distinto de la sustancia, conocerlo
no es conocer aquélla. A partir de ese momento, el accidente se hizo
fenómeno, y la sustancia, cosa en sí incognoscible” (Verneaux,
1978). No podremos decir, sin embargo, que el concepto de noumeno se identifique
completamente con el de sustancia, puesto que la sustancia no es para Kant
una categoría del ser, sino del entender. Por esto, Castellani, al
hablar de Lange, señala que para el fenomenismo el Yo sustancial es
una ilusión psicológica procedente de “nuestra errónea
organización natural” por la cual, podríamos decir, sustanficaríamos
nuestras percepciones por la aplicación de la categoría de sustancia.
Los dos sectores irreconciliables separados por Descartes, que nos decía
Melendo más arriba, son, como hemos visto, los que dan origen a la
capciosa separación entre sustancia y accidente. Esta última
corresponderá a las sucesivas separaciones entre: razón y experiencia,
empirismo y racionalismo, psicología racional y psicología empírica
(más tarde experimental). En Wolf se expresarán estas polaridades
a través de sus fallidos intentos de síntesis. Así, nos
señala el Dr. Martín Echavarría, la separación
entre psicología racional y psicología empírica que realiza
Wolf, procede de la falsa oposición epistemológica entre razón
y experiencia. La razón que quedó para la “cera desnuda”
y la experiencia que quedó para las “formas externas”,
podríamos decir de acuerdo a nuestro desarrollo. Pero “teórico
o especulativo no se opone para Aristóteles y Santo Tomas a experimental,
sino a práctico, y no se identifica con el racional en el sentido de
a priori. Además, las ciencias teóricas y las prácticas
se fundan en la experiencia, aunque se trate de una experiencia más
amplia y completa que el ‘experimento’ positivista” (Echavarría,
2004)
Esta psicología empírica o experimental, falazmente diferenciada
de una supuesta psicología racional, es la que más tarde reclamará
el derecho de “independizarce” de la filosofía. Basta con
examinar las características de oposición, y aún de exclusión,
que tal diferenciación adquiere en Wilhem Wundt, considerado por algunas
tradiciones historiográficas, como el iniciador por antonomasia de
la llamada psicología científica. Castellani por su parte, señala
claramente, en su obra Conversación y crítica filosófica,
el origen moderno de tal distinción (aunque él la adopte en
ocasiones con fines de utilidad) y la pertenencia, en Santo Tomás,
de la mal llamada psicología racional a la filosofía natural
o Physica (Castellani, 1941)
Conclusión
Recapitulemos. La noción de sustancia, tal como Aristóteles
y Santo Tomás la acuñaron, corresponde al alma humana puesto
que ella es principio formal, y, como tal, primero y sustancial, del ser hombre.
Esta alma tiene características singulares en tanto “ejerce funciones
–nos dice Jolivet- que sobrepasan en absoluto las posibilidades de la
materia y el cuerpo, [así] vémonos obligados a considerarla
como sujeto autónomo e independiente de esas funciones, es decir como
un ser sustancial” (Jolivet, 1961). Esta sustancia incompleta, en expresión
del mismo Jolivet, ha sido y es, en tanto coprincipio formal del género
superior de los vivientes, objeto culmen de la psicología o ciencia
del alma, perteneciente ésta a la filosofía de la naturaleza
(Caponnetto, 2004), según la epistemología aristotélico-tomista
. El fenómeno psicológico en este sentido, es en y por un principio
psicológico, y no puede ser nunca, en sí mismo, objeto formal
de una ciencia, o lo es inicialmente en tanto manifestación de un principio
que hace posible su acto, puesto que, como afirma Aristóteles en su
Organom, no puede haber propiamente, ciencia de lo accidental.
Por ello es enteramente justo el reproche hecho por el Padre Petit de Murat
a la psicología moderna respecto a su especificación como ciencia:
su objeto, dirá, queda reducido –desde y por la filosofía
moderna- a simple fenómeno no teniendo en adelante “otro objeto
de estudio que los fenómenos inmediatamente aprehendidos por la intuición
sensorial” (Petit de Murat, 1971).
De modo que aquí desemboca –en el ámbito de la psicología-
el desgraciado itinerario que siguió la noción de sustancia
en el pensamiento moderno: en un reduccionismo epistemológico. La psicología
ya no tendrá como objeto sino los fenómenos. Acaso sea este
reduccionismo uno de los únicos puntos comunes entre todas las escuelas
y corrientes psicológicas modernas. Las perpetuas disputas epistemológicas
que entre éstas existirán, versarán, en adelante, acerca
de cuál fenómeno tiene prioridad como objeto de la psicología;
pero ya no podrá decirse, si se quiere ser científico, que el
objeto de la psicología, que unificaría todos aquellos fenómenos,
es el alma. A propósito resulta significativo lo que, con manifiesta
disconformidad, señala Carl Jung –autor importante de la psicología
moderna, y, por otra parte, insospechado de aristotelismo- acerca de la situación
epistemológica de la psicología moderna: “El objeto de
la psicología es el alma (…) [Sin embargo] No existe prácticamente
una psicología científica moderna que explique las cosas desde
el punto de vista del espíritu. Nadie podría atreverse hoy día
a fundamentar una psicología científica sobre el supuesto de
que exista un alma independiente del cuerpo. Es, por lo menos entre nosotros,
sumamente impopular la idea de un espíritu en sí, de un sistema
universal del espíritu, que descanse sobre sí mismo, que constituya
la condición previa necesaria para la existencia de almas individuales
autónomas” (Jung, 1940)
La experiencia inmediata, la conducta, los procesos mentales serán
en adelante los objetos exclusivos de la psicología. La consideración
y la investigación de estos fenómenos no nos autorizarán
a deducir de ellos la existencia de un algo abstracto del que la experiencia
no daría cuenta alguna, según lo entendieron Occam, De Autrecourt,
Descartes, Hume, Kant.
Un elocuente ejemplo al respecto, lo hallamos en un autor argentino, importante
por la relevancia de su papel en la historia de la psicología de nuestro
país y por la amplia difusión de su obra Psicología de
la conducta en las carreras de psicología de las universidades argentinas.
Se trata de José Bleger. Finalizemos con sus palabras. Ellas, en tanto
representativas de los presupuestos epistemológicos de la psicología
moderna, revelan claramente el acierto profundo del planteo de Castellani
y su notable fecundidad como vía de intelección de la psicología
moderna “Los intentos de hallar un objeto específico y privativo
para cada ciencia tienen mucha relación con los supuestos metafísicos
de estudiar entidades o sustancias, y estas falacias han conducido históricamente
a la psicología a definir su objeto de estudio como el alma, la conciencia,
la mente o el psiquismo, olvidando que éstas son entidades abstractas
con las cuales se reemplazan los fenómenos concretos. Con este tipo
de definición, el objeto de estudio no queda claramente delimitado,
sino que, por el contrario, se desemboca en una complicada mitología
de la que aún no se han desembarazado del todo las modernas corrientes
psicológicas. Estas definiciones estructuran una psicología
verbalista, o bien se desarrolla una contradicción entre los fenómenos
concretos estudiados y las respectivas formulaciones teóricas. No hay
tal cosa como alma, mente o conciencia; hay sí, fenómenos psicológicos
o mentales, pero el atributo no debe ser transformado en sujeto ni en sustancia”
(Bleger, 1998)
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Aportes filosóficos a la neuropsicología
Resumen
La neuropsicología, constituída, como se ha dicho, a partir de “una progresiva absorción por parte de las neurociencias de los grandes temas reservados a la psicología” presenta, desde su misma conformación epistemológica, dificultades filosóficas vinculadas a presupuestos materialistas. El esclarecimiento de tales dificultades y la mirada filosófica crítica, nos permitirán comprender aquella “progresiva absorción” y nos posibilitarán encaminarnos en un trabajo de depuración que, a su vez, haga posible rescatar los reales descubrimientos y sacar a la luz los redescubrimientos de la neuropsicología, para integrarlos luego a un saber filosófico más amplio. A estos fines se analizan someramente los modelos de los considerados padres de la neuropsicología, Alexander Luria y Lev Vigotsky, dejando entrever el materialismo que los cimienta pero valorando en justa medida intuiciones importantes que son comparadas con los desarrollos de Tomás de Aquino y sometidas al análisis rector de su antropología, proponiendo así un camino de depuración filosófica y de integración epistémica del saber neuropsicológico
Aportes filosóficos a la neuropsicología
Aunque como tal la neuropsicología se constituye y
consolida, como campo pretendidamente independiente, en el siglo XX, a partir
de los innumerables descubrimientos de las llamadas neurociencias; algunos
neuropsicólogos se remontan a milenios precristianos a la hora de indagar
acerca de los antecedentes históricos del saber que les ocupa, llegando
incluso a delimitar tres períodos en lo que, según ellos, sería
la historia de la neuropsicología. El primero de éstos se iniciaría
hacia el siglo XVII a.C (de tal época datan papiros egipcios que describen
un tratado neuroquirúrgico) y el último hacia la segunda mitad
del siglo XX d.C. (Feld, 2005)
La implicancia filosófica de las cuestiones que aborda la neuropsicología
hace comprensible la búsqueda de tan remotos antecedentes. Los problemas
más relevantes que esta ciencia se plantea, ensayando soluciones muchas
veces apriorísticas, son los que han ocupado a la reflexión
filosófica a lo largo de los siglos. En este sentido podría
decirse con justicia que “estamos frente a una suerte de ciencia por
sustitución”, como ha dicho Mario Caponnetto, puesto que de alguna
manera la neuropsicología surge a partir de “una progresiva absorción
por parte de las neurociencias de los grandes temas reservados a la psicología”
(Caponnetto, 2005) y, por lo mismo, a la reflexión propiamente filosófica.
El problema clave –por las consecuencias epistémicas que tendrá
su resolución- es el que la neuropsicología se plantea bajo
los términos mente-cerebro. Como lo ha dicho Serani Merlo, tal cuestión
es en realidad una variante del problema cuerpo-alma del que la filosofía
se ha ocupado prácticamente desde lo que se ha convenido en señalar
como su comienzo histórico. Cabe preguntarse el motivo por el cual
un mismo problema es formulado en términos diversos. Entendemos que
esta modificación terminológica expresa de alguna manera la
intención epistemológicamente invasiva de las neurociencias.
Intención engendrada, a nuestro entender, por sus presupuestos materialistas,
como intentaremos ver.
Nos apresuramos a aclarar, para que esta primera aproximación crítica
no deje una impresión equivocada, que de ninguna manera creemos que
el conocimiento proporcionado por esta suerte de ciencia sustituta deba ser
rechazado por la filosofía. Sí creemos necesario revisar sus
supuestos y reubicar sus descubrimientos. Pero los descubrimientos no dejan
de ser tales. La neuropsicología o las neurociencias, pueden, como
intentaremos ver, hacer grandes aportes a la filosofía (precisemos:
a la filosofía de la naturaleza) en cuanto proporcionan un asombroso
y siempre creciente conocimiento acerca de la causa material de los fenómenos
psíquicos. En este sentido el acúmulo de datos acerca de los
fenómenos nerviosos implicados en los procesos psíquicos es
bienvenido por la filosofía. Como lo ha dicho el Dr. Pithod: “Las
neurociencias quieren ser parte de las ciencias del comportamiento y con razón.
Sin ellas quedaría a oscuras uno de los aspectos esenciales del mismo,
lo que con Aristóteles llamaremos su causa material” (Pithod,
1994) Pero el problema se presenta cuando, a partir de estos valiosos datos,
las neurociencias pretenden comenzar a explicarnos qué sea la mente,
cuál su origen, qué los procesos mentales, cuáles las
relaciones entre la mente y el cerebro. Tales cuestiones son patrimonio epistemológico
de la reflexión antropológica y aún metafísica
(ya que, al decir de Mario Caponnetto, “en cuanto substancia espiritual
puede el alma humana entrar bajo la consideración de la Prima Philosophia”)
cuyas certezas primeras las neurociencias deben abonar, subordinando a ellas
su quehacer científico y poniendo a su disposición sus descubrimientos
El problema cuerpo-mente o cerebro-mente se halla en la emergencia epistemológica
misma de la neuropsicología como tal, ocurrida -según nos dice
uno de los autores más importante de neuropsicología en nuestro
país actualmente, el Dr. Víctor Feld- hacia el año 1975
cuando, de la mano de Alexander Luria, se crea el concepto de sistema funcional
complejo con el cual se intenta abordar comprensivamente las formas más
complejas de la actividad mental a partir del descubrimiento de sus bases
cerebrales. Ya el compatriota de Luria, Lev Vygotski, había insinuado
conceptos semejantes intentando dar una perspectiva novedosa a la reflexión
acerca de la génesis y funcionamiento de los procesos mentales o de
lo que él llamaba procesos psicológicos superiores. Dice Mias
que las ideas de éste sentaron las bases para la teoría de los
sistemas funcionales de Luria. Así se entiende que Vygotski sea considerado
uno de los padres de la neuropsicología. La problemática principal
que estos dos pioneros de la neuropsicología se plantean es la del
origen y funcionamiento de los procesos mentales en su relación con
el cerebro. La constitución misma de la neuropsicología como
tal entonces, es, como vemos, un intento de respuesta a la cuestión
antropológico-filosófica fundamental de las relaciones entre
la mente y el cuerpo o entre la mente y el cerebro, como dirían estos
autores.
Dicha respuesta procurará superar, como lo dice expresamente Feld por
ej., el dualismo cartesiano o por lo menos no ser víctima de su planteamiento
cayendo o en un monismo materialista o en uno espiritualista. Pero, en algunos
casos, entendemos que ciertos residuos culturales positivistas –fuertemente
sedimentados en la ciencia- unidos a una cosmovisión sustentante de
corte evolucionista, si no le conservan en él, le hacen caer por lo
menos en cierta ambigüedad conceptual que denuncia la endeblez de su
base filosófica y la tímida persistencia de su deuda con aquel
dualismo.
Nos dice Fischbach que fue Descartes quien con su descripción acerca
de la mente como entidad extracorpórea expresada en la glándula
pineal, abrió un debate e impulsó el estudio sobre la relación
entre cerebro y mente. Y ciertamente debemos decir que Descartes, desconociendo
o rechazando la doctrina hilemórfica que proponía una equilibrada
y definitiva solución al problema cuerpo-alma, abrió -con y
por su radical dualismo- un debate que persiste hasta hoy en la psicología:
el de las relaciones entre lo mental y lo corpóreo . Dicho debate ha
adoptado diversos sesgos uno de los cuales es el que se expresa en los dichos
de Fischbach y, en general, en los planteos de la neuropsicología:
la relación entre cerebro y mente, enunciado del problema bajo el cual
se adivina, como veremos, el propósito de explicar en términos
de causalidad suficiente la correlación existente entre el funcionamiento
cerebral y los procesos mentales.
El debate abierto por Descartes significó de alguna manera un retroceso,
teniendo en cuenta la original y contundente solución aportada por
la teoría hilemórfica de Aristóteles que había
recibido un nuevo impulso en el medioevo con Santo Tomás de Aquino.
Digamos en una primera aproximación que el hilemorfismo aristotélico
encontraba en los entes corpóreos, a partir del análisis de
su radical dualidad que los presentaba a la experiencia estables y no estables,
dos principios que actuaban complementariamente en su constitución
entitativa: la materia y la forma; cuerpo y alma, respectivamente, en el hombre
y en los seres vivos en general. Establecía entre dichos principios
relaciones de unidad sustancial, funciones parejas de constitución
entitativa. El ser humano en este sentido sería una sustancia devenida
como tal a partir de la unión de un cuerpo y un alma, de una materia
y una forma. Descartes, sin embargo, identifica la naturaleza humana con lo
que él llama sustancia espiritual pensante. El hombre sería
una sustancia espiritual unida a una sustancia extensa esencialmente distinta
y, casi diríamos, extraña a aquélla: “Y así
tomé conocimiento por ello que yo era una sustancia cuya esencia y
naturaleza toda consistía en el pensar, y que no necesitaba, para existir,
de lugar alguno, ni depender de cosa material alguna; de suerte que este yo,
es decir, el alma, por la cual yo soy lo que soy, sea enteramente distinta
del cuerpo y hasta más fácil de conocer que éste y, aunque
el cuerpo no existiese, el alma no dejaría de ser lo que ella es”
. (Descartes, 2004)
El planteamiento cartesiano vició a la reflexión antropológica
posterior de lo que llamaremos, si se nos permite el neologismo, “pendularismo”
¿Qué queremos significar con tal expresión? Nos referimos
a la oscilación fluctuante que en adelante tendrán los planteamientos
respecto al hombre. La radicalidad del dualismo cartesiano motivó reacciones
que, esforzándose en dar a la antropología o la psicología,
la coherencia o la unidad que faltaba en Descartes, se pondrán, o del
lado de la sustancia pensante, o del de la sustancia extensa. Irán
de “monismo en monismo”. Berkeley, Hegel, entre otros, dirán
“Todo es espíritu”. Marx, Comte, Darwin, “Todo es
materia”. “¿Qué actitudes mentales más opuestas
–se pregunta el Padre Castellani- que la psicofísica mecanicista
de Weber y Fechner, y la leve psicología introspectiva, literaria y
moralizante, de un Cousin y un Jouffroy? Y no obstante a ambas se podría
lícitamente atribuir, como se ha hecho, una raíz metodológica
cartesiana” (Castellani, 1941)
La hipótesis materialista encontró mejor recepción, o
por lo menos era más compatible con un modelo de ciencia experimental
en pleno auge hacia el siglo XIX. El positivismo y el evolucionismo transformista
son, a nuestro modo de ver, las expresiones más importantes en este
sentido. La repercusión que éstos tuvieron en la ciencia fue
enorme. Si bien los modelos y corrientes generados a partir de este “triunfo”
de la hipótesis materialista, encontraron modelos adversarios (revolución
cognitiva, anti-localizacionismo) que reaccionaron frente a lo que consideraban
un reduccionismo, los presupuestos materialistas siguieron irradiando un influjo,
instalado en la ciencia a modo de fermento, expresado en estas reacciones
como presupuestos no comprobados o escrúpulos metodológicos
marcados u omisiones significativas tanto de autores como de ciertos términos,
expulsados para siempre de lo que se pasó a considerar como ciencia.
La llamada revolución cognitiva –coimpulsada por las neurociencias,
según nos dice Pithod- ejemplifica lo aquí afirmado si tenemos
en cuenta las críticas hechas por Brunner a dicha revolución
por caer en definitiva en vicios análogos a los se propuso denunciar.
Por otra parte, el caso de la reacción anti-localizacionista en neuropsicología
y la misma fundación epistemológica de la neuropsicología
-que se confunde con aquella reacción- creemos que puede ser el ejemplo
más importante a los fines de nuestro trabajo.
El anti-localizacionismo, rechazando –al decir de Feld- “el materialismo
vulgar producto del localizacionismo exacerbado”, de un Gall, de un
Brodman, de un Brocca; quienes sostenían que existía en el cerebro
una localización diferencial de las funciones mentales; defenderá
la hipótesis de que los procesos mentales son más un producto
de la actividad de todo el cerebro que de ciertas áreas del córtex
cerebral. Se ubicarán aquí, aunque con diferencias importantes
entre ellos, autores como Jackson, Mac Lean, Brown, Campbell, Monakov y, los
dos más importantes, Lev Vigostky y Alexander Luria. El modelo funcional
de este último, acerca del cual ya anticipamos algo, es el que mejor
sintetiza, con su concepto de sistema funcional complejo, la postura anti-localizacionista
y propicia, según nos decía Víctor Feld, el nacimiento
de la neuropsicología. Detengámonos un momento en Luria.
Para este autor, “la actividad mental –nos dice C.D. Mias- tiene
lugar con el trabajo concertado de distintas estructuras cerebrales, y que
conforman sistemas funcionales complejos (SFC) que actúan como un todo.
El primer concepto para Luria es entender que los procesos mentales no están
‘localizados’, sino que son posibilitados por la integración
de distintas estructuras que actúan concertadamente conformando ‘sistemas’”
(Mias, 1995). Intenta de esta manera el autor de origen ruso, concebir las
funciones psíquicas superiores, como él las llama, como producto
de un trabajo funcionalmente integrado de las estructuras cerebrales. Estas
funciones psíquicas superiores se irán configurando como tales
en la medida que aumenten las interacciones entre los sectores del cerebro.
Podríamos aventurar que en este sentido lo psíquico se haría
posible, como lo quería Teilhard de Chardin, a partir de la complejización
de la materia. Se irá revelando aquí el sustento teórico
evolucionista que, como no podía ser de otra manera, cimienta estos
modelos. Veamos a este respecto lo que dice Víctor Feld, quien adhiere
al concepto de sistema funcional complejo de Luria y lo fundamenta de esta
manera: “El aumento de interacciones entre los sectores del cerebro
permitió una mayor capacidad de procesamiento de información
de los homínidos primitivos con desarrollo de nuevos comportamientos
y utilización de nuevas herramientas lo que actúa como presión
selectiva hacia nuevas interacciones entre diversos centros nerviosos”
(Feld, 2005). Así la inteligencia se terminará definiendo como
la interacción de nuevos centros nerviosos, propiciada la tal interacción,
por la utilización progresiva de nuevas herramientas y, en general,
por el contacto con el mundo social; recurso conceptual éste a partir
del cual se ensayará la elaboración del concepto, de cuño
vigostkyano, de factor sociogenético de las funciones mentales que
ahora analizaremos.
El evolucionismo transformista, siendo una hipótesis inevitablemente
materialista, encerrará al planteamiento anti-localizacionista (planteamiento
neuropsicológico por excelencia) en sus estrechos límites monistas.
Con la incorporación del concepto de sistema funcional complejo se
dice que se iniciaría la neuropsicología como tal. Este concepto
“aparece, en esencia, como un punto de corte entre los postulados mecanicistas
del funcionamiento cerebral y aquellos cuyo objetivo es descubrir ‘las
bases cerebrales de las más complejas formas de actividad mental’”
(Feld, 2005). Sin embargo, creemos que este cometido no modifica en esencia
la visión de base. Lo que con el concepto de sistema funcional complejo
se pretende, es, según creemos, explicar el funcionamiento mental “desde
una concepción funcional de la estructura cerebral”, pero la
respuesta filosófica parecería seguir siendo la misma: al decir
del norteamericano John Searle, “Para cualquier fenómeno mental,
hay condiciones causalmente suficientes en el cerebro” sea éste
considerado como un mosaico de zonas funcionalmente diferenciadas (localizacionismo),
sea como un sistema funcional complejo.
Apresurémonos a decir que habría que hacer algunas reservas
respecto a esto. No todos los autores de neuropsicología suscribirían
las palabras de John Searle. Por el contrario, algunos verían en aquella
expresión un reduccionismo del que ellos intentarían mantenerse
a distancia. No obstante ello, los esfuerzos en este sentido muchas veces
siguen ofreciendo explicaciones que no van más allá del perímetro
de un monismo materialista, en tanto son incapaces de concebir la existencia
de un principio inmaterial que explique, sustente y les de la condición
de tales, a los fenómenos mentales. La teoría acerca de los
llamados factores sociogenéticos es el ejemplo más importante
al respecto, además de ser una hipótesis explicativa de la génesis
de los procesos mentales que tiene hoy no poca vigencia, no solo en la neuropsicología,
sino también en campos como el de la psicología social, el de
la psicología clínica, el de la psicología educacional.
Es el ruso Lev Vigostky quien define los principios de dicha teoría
aunque la idea original tiene raíces en la obra de Marx como bien dice
el psicólogo social Crespo Suárez: “Una de las ideas marxianas
es la concepción dialéctica de la acción y la conciencia
(...) Esta idea, que después será desarrollada con éxito
en la psicología por Vygotski y Leontiev, entre otros, supone la concepción
de la conciencia y la naturaleza humana en general como un proceso. Este proceso
de la conciencia se lleva a cabo en las condiciones concretas de existencia,
en virtud de los modos y estructuras de producción en los que el sujeto
se inserta”
Las funciones psicológicas superiores son, nos dirá Vygotski,
sociales en su origen, sistémicas en su naturaleza y dinámicas
en su desarrollo. De manera que “el desarrollo mental del niño
no supone una mera maduración del sistema nervioso o de los rasgos
innatos, sino que ocurre en el proceso de relación con los objetos
externos y con las personas adultas. Así es como el niño llega
a dominar el empleo de herramientas que se han acumulado a lo largo de la
historia del hombre; y cómo llega al uso de signos (lenguaje) para
la organización de su propia conducta” (Mias, ). La génesis
misma de los procesos mentales -que no sólo su desarrollo, lo cual
aceptaríamos sin discusión- dependería entonces de las
relaciones establecidas con el medio, de tal manera que, dirá Leontiev,
sólo mediante las apropiaciones culturales, posibilitadas por dichas
relaciones, el hombre adquirirá propiedades y aptitudes humanas y sólo
en virtud de este proceso se ubicará por encima del mundo animal.
Quien nos otorga una síntesis final, fiel a los modelos de Luria y
Vygotski y, a la vez, reveladora de las serias dificultades filosóficas
que estas concepciones presentan, es nuevamente el argentino Víctor
Feld: “Sobre la base de los sistemas interfuncionales cerebrales se
establecen y crean conexiones e interrelaciones dinámicas y a su vez
estables. Dichos sistemas funcionales tienen un origen social si se considera
la interacción del individuo con el medio y la interiorización
de dispositivos externos como fenómenos de permanente adaptación
y aprendizaje que implican la actividad coordinada y jerárquica de
las distintas áreas corticales y subcorticales, donde cada eslabón
aporta sus aptitudes para el logro correspondiente. Por lo tanto el cerebro
no contiene todas las aptitudes psíquicas encerradas en su estructura
morfológica; por el contrario, lo que contiene el cerebro humano es
la potencialidad para formarlas, pero esta base biológica deberá
interiorizar en el proceso de aprendizaje el mundo de los objetos y fenómenos
humanos” (Feld, 2005) El presupuesto materialista da aquí a un
hecho cierto y evidente (el del papel fundamental de lo social en el desarrollo
de lo mental e incluso de lo cerebral) una connotación abusiva: la
de ser el factor que genera formalmente lo mental. Las palabras de Leontiev
citadas más arribas son, por ejemplo, muy semejantes a las que usa
Pithod al refererise a este problema: “Es el propio cerebro quien recibe
esta ‘configuración’ social de algún modo. Cuando
ha habido fallas iniciales graves en este proceso resultará prácticamente
imposible después recuperar los momentos específicos de ‘troquelado’.
Perdida la plasticidad inicial del cerebro y la oportunidad evolutiva de configurarse
humanamente, los famosos ‘niños salvajes’ quedaron al parecer
irremediablemente sumidos en una existencia animal. Un hombre solo no es un
hombre y quien destruye la conjunción perfecta que lo une a los otros,
es un hombre dañado en todas las dimensiones de su naturaleza”
(Pithod, 1994). Sin embargo, Pithod, aún dando, como vemos, un papel
fundamental al elemento social en el desarrollo de las características
peculiarmente humanas, nunca dirá que lo social genere formalmente
lo mental como parecen sostener estos autores. El análisis que Pithod
hace del autor Parsons puede ser perfectamente aplicable a Leontiev: “Ya
vimos que en el niño hay necesidades de relación social (...)
No vamos a discutir aquí la suposición organicista de Parsons
que cree que es sobre la base de estas necesidades (y da a entender que a
causa de ellas) que el ser humano alcanza niveles de organización cuyas
posibilidades están más allá de las abiertas a los animales.
Que lo social sea la condición de posibilidad concreta del hombre de
actualizar sus potencialidades humanas no significa que baste para explicar
tal desarrollo. Las causas están inscriptas en la naturaleza humana,
que posee los dinamismos que la habilitan para la vida en sociedad y a través
de ella para la cultura y la vida espiritual” (Pithod, 1994)
Es un hecho que los factores sociales configuran los procesos mentales y,
más aún, la misma estructura cerebral; pero otra cosa es decir
que los procesos mentales tienen origen o causa formal y suficiente en las
relaciones sociales, en el proceso de aprendizaje del mundo de los objetos
y fenómenos humanos, en el empleo de herramientas para modificar el
mundo externo y de signos que medien nuestras acciones, y, en general, en
el curso mismo de la acción, como quieren estos autores. Porque, nos
preguntamos, para relaciones y actividades de tal naturaleza ¿no se
precisan ya de potencias mentales como condiciones de posibilidad? ¿Cómo
es que la utilización de signos y de herramientas, las relaciones y
acciones en general, generan procesos mentales? ¿Son posibles estos
actos sin potencias mentales previas? ¿Cómo es que las actividades
externas se interiorizan, dando lugar así a procesos psicológicos
superiores, como quiere Vygotski? ¿En virtud de qué serían
capaces de generar algo psicológico? ¿No sería más
conforme a la experiencia decir que esta dimensión psicológica
se genera a partir de la actualización, por las acciones y relaciones
con objetos y personas, de una –llamésmola así- potencialidad
previa? Si es así ¿No está entonces lo psicológico
en el hombre –como principio potencial- anterior a cualquier experiencia
o actividad? ¿Se diferencia esto que hemos llamado potencialidad psicológica,
del cerebro mismo? ¿o es el mismo cerebro considerado en su complejidad
funcional, como quiere Víctor Feld? ¿No es esto último
la declaración misma del materialismo? En este sentido la recta razón
puede seguir interpelando: ¿Cómo es que se interiorizan las
experiencias externas? ¿Posee entonces el hombre un interior donde
propiamente se interiorizan aquellas actividades externas (de otra manera
no sería posible que se interiorizaran)? Y si no es así ¿puede
algo biológico interiorizar el mundo de los objetos, como quiere Feld?
Y así pueden multiplicarse los interrogantes.
Necesidad de integración del saber neuropsicológico
Se cierne entonces sobre la constitución epistemológica
misma de la neuropsicología como así también de su itinerario
posterior que nos la ofrece hoy como el campo más desarrollado de la
psicología, la inquietante sombra del materialismo ¿Se debe
por ello rechazar lo que ofrece? De ninguna manera. Sus descubrimientos son
indiscutibles y sus aportes en la comprensión de la naturaleza humana,
muy valiosos. Asimismo, entendemos que la neuropsicología constituye
un esfuerzo meritorio de restablecimiento de la unidad del hombre. Sus residuos
positivistas anti-metafísicos –lamentables, a nuestro entender-
que le llevan a rechazar o a cuidarse escrupulosamente de conceptos como alma,
pasiones, facultades, etc. no quitan mérito a su esfuerzo. Por lo demás,
tal rechazo o escrupulosa precaución, están por demás
justificados, si se considera que aquellos conceptos, tal como a la neuropsicología
y a la ciencia moderna en general, han llegado, tienen un claro acento cartesiano,
es decir, hacen referencia a cierta sustancia espiritual pensante y a aquello
que, con absoluta independencia del cuerpo, la conforma. Todo lo cual es absolutamente
contrario a lo que muestra la experiencia y a lo que ha demostrado irrecusablemente
la neuropsicología. A modo de ejemplo puede considerarse al respecto
lo que señala el autor de neuropsicología, Azcoaga, acerca del
reemplazo terminológico propuesto por otro autor caro a la neuropsicología,
Iván Pavlov, de actividad nerviosa superior por psíquico. Nos
dice Azcoaga que dicho cambio se orientaba “contra ciertas concepciones
de la ‘psicología’ y de lo ‘psíquico’
un tanto etéreas y especulativas” (Azcoaga, 1983) Podemos aventurar
que esta condición deletérea contra la que un espíritu
indiscutiblemente científico como el de Pavlov con justicia se levanta,
podría proceder de la apropiación cartesiana de lo psíquico
por la cual dicha realidad pasaría a ser, al decir de Castellani, un
carozo inerte, un algo misterioso y desconocido oculto en la materia.
Teniendo entonces descubrimientos indiscutibles y aportes notables en la compresión
de la naturaleza humana, el saber neuropsicológico puede y debe integrarse
a un saber antropológico-filosófico sólido que unifique
sus hallazgos, los sitúe en su hábitat epistémico propio
incorporándolos a un conocimiento más amplio de la naturaleza
humana, para que éste se siga enriqueciendo con sus valiosos aportes
puesto que, como ha dicho el Padre Castellani, “la ciencia del hombre
es tan inmensa que estará siempre en movimiento, progresando o retrocediendo”.
Las neurociencias están en movimiento. Un movimiento de suyo progresivo,
pero malencauzado muchas veces. Creemos que el pensamiento aristotélico-tomista,
desconocido en sus elementos más originales y sólidos y, por
lo mismo, rechazado a priori, proporciona el cauce apropiado a los descubrimientos
neurocientíficos conduciéndolos y guiándolos en un movimiento
de auténtico progreso.
La doctrina hylemórfica
Ha dicho en un trabajo reciente, el filósofo argentino Mario Caponnetto:
“Las neurociencias actuales han confirmado, con sus experiencias, muchos
y fundamentales aspectos de antiguas doctrinas filosóficas y psicológicas
que, en cierto momento, cayeron en descrédito a favor de algunos criterios
que negaban o soslayaban en el hombre todo el valor del cuerpo y de la biología”(Caponnetto,
2005)
Y es que los antiguos, entre ellos Aristóteles y Santo Tomás,
no negaron nunca el papel determinante del cuerpo en general y del cerebro
en particular, en la concurrencia de las actividades psíquicas. Le
asignaban la categoría de causa material, pero tenían en claro
que ésta no podía ser la única ni la más importante
de las causas. Se guardaban así de ser unilaterales o dualistas frente
a una realidad a la vez una y dual. Santo Tomás señalaba, por
ejemplo, que el cuerpo humano ha sido hecho en la mejor disposición
para las operaciones de un alma racional (C.91 a.4) indicando asimismo cómo
se manifiesta dicha disposición, en el cerebro, órgano fundamental
para el ejercicio de las funciones intelectuales: “Y fue necesario que
el hombre tuviera más grande el cerebro en proporción a su cuerpo
para que se perfeccionaran más ampliamente en él las operaciones
de las potencias sensitivas internas que son necesarias, como dijimos también,
para la operación intelectual” (C.91 a.3 )
No podían los antiguos, al carecer de los instrumentos y técnicas
modernas, llegar a descubrir todo lo que las neurociencias han aportado hoy
a la comprensión de la dinámica de esta causa material, pero
no despreciarían en absoluto el aporte de éstas y, sin dudas,
lo harían –y de hecho los filósofos aristotélico-tomistas
de hoy lo hacen- suyo.
Para aproximarnos a la consideración de la compatibilidad notable entre
estos modernos descubrimientos y aquellas antiguas doctrinas tendremos que
analizar someramente, a riesgo de ser excesivamente breves, la doctrina hylemórfica
del inmortal filósofo griego Aristóteles, desarrollada luego
con un sello propio, original pero fiel a la letra aristotélica, por
Tomás de Aquino.
Habíamos anticipado más arriba algunos elementos de esta doctrina.
Su formulación se debe a Aristóteles quien une en el término
hylemórfica dos palabras griegas: ulé que se traduce como materia,
y morfé que significa forma. Con los conceptos de materia y forma Aristóteles
pretende dar cuenta de los principios constitutivos de todos los entes corpóreos,
causas conjuntas del ser o concausas de los entes corpóreos, entre
los que se destaca el hombre. La forma sería aquel principio que hace
ser a la cosa lo que es, lo que da un ser específico a la materia,
lo que hace ser a la materia esto y no aquello. En fin, lo que actualiza de
modo específico una potencia, que no otra cosa es la materia. Entre
estos dos principios se establece una unidad sustancial ¿Qué
quiere decir esto? Que los seres corpóreos son en y por la unidad de
estos dos principios. En el mundo físico la materia existente posee,
en cuanto tal, una forma, y ésta, de igual modo, es en una materia.
Son dos principios sustantivos interdependientes; inconcebibles, si quiere
entender al ente corpóreo, el uno sin el otro.
Digamos rápidamente que la forma de los seres vivos sería el
alma en un sentido amplio. Esta alma se especificará por sus funciones.
Así tendremos el alma vegetativa en los vegetales que cumple las funciones
vegetativas de nutrición, crecimiento y reproducción; el alma
sensitiva que asume la vegetativa, en los animales; y, finalmente, el alma
intelectiva en el hombre que asumirá los géneros inferiores
de vida y los incorporará, transformándolos, a un género
superior, o los asumirá eminentemente como insiste Pithod. Y es que,
al decir de Santo Tomás, “las cualidades del ser inferior se
encuentran más perfectamente en el superior” (C.76 a.5) Coincidimos
con Pithod en señalar la necesidad de insistir sobre estos conceptos,
en nuestro caso por el trasfondo evolucionista que adivinamos en los planteamientos
neuropsicológicos. Para éstos el ser humano sería, como
quiere Güidano, un primate superior, cuya condición no estaría
dada ciertamente por la asunción eminente de los géneros inferiores
de vida por parte de una forma cosustantiva diversamente superior, sino, como
hemos visto, por una mayor interacción cerebral. De tal manera que,
por ej., los modelos neuropsicológicos de un Jackson, de un Campbell,
de un Brown, de un MacLean, suponen -nos dirá Mías- una diferenciación
progresiva de las estructuras y de la complejidad de la conducta, dada “a
medida que se avanza en la evolución, [en virtud de la cual] aumenta
la complejidad de los procesos intermedios entre el estímulo y la respuesta”
(Mias, 1995)
Aquella alma específicamente humana, unida íntimamente a su
cuerpo y una con él, tendrá sin embargo un carácter inmaterial
debido a la inmaterialidad de las funciones que la especifican y la diferencian
de las anteriores, a saber, las funciones intelectivas y volitivas, inmateriales
de suyo -como queda demostrado al examinar las operaciones de las cuales son
principios inmediatos- pero siempre formando parte de este hombre concreto
y, por lo tanto, unidas al cuerpo de algún modo, como demuestra Santo
Tomás en el artículo primero de la cuestión 76.
La unidad psicosomática del ser humano queda demostrada al considerar
la unidad de sus operaciones características. Éstas precisan
de la indemnidad de sectores corporales que son asiento de facultades psíquicas
inferiores, sin cuyos actos la operación superior no puede ejecutarse.
En consecuencia, el alma humana no se halla encerrada en el cuerpo o residente
en el cerebro o en el corazón o en la glándula pineal; sino
que es una con todo su cuerpo y, en rigor, es lo que es, por la unión
con su cuerpo -ya que la unión entre la materia y la forma es tan íntima
que, como dice Pithod, “la materia lo es en función de la forma
y ésta porque informa una materia”. Así, “porque
el alma –dice Santo Tomás- se une al cuerpo como forma, es necesario
que esté en todo él y en cada una de sus partes. Pues no es
forma accidental del cuerpo, sino forma sustancial. La forma sustancial no
es solamente perfección del todo, sino de cada una de sus partes […]
Prueba de ello es que cuando el alma se separa, ninguna parte del cuerpo realiza
sus funciones propias, mientras que todo lo que conserva su especie retiene
la operación específica. El acto se encuentra en el sujeto del
que es acto. Por eso es necesario que el alma esté en todo el cuerpo
y en cada una de sus partes” (C.76 a.8)
Al ser el alma, en tanto forma, coprincipio sustancial junto al cuerpo, del
ser hombre; la esencia de éste no será, como quería Descartes,
el pensar o el alma incorpórea sino que lo será el compuesto
sustancial cuerpo-alma, de tal manera que podrá decirse de él
que es “un organismo que lleva inviscerado un principio vital formal
que lo hace ser desde dentro, lo que es” (Pithod, 1994)
Santo Tomás responderá a las objeciones que se pueden plantear
a estas conclusiones. Las soluciones por él aportadas, poseen un alcance
y fecundidad notables. Responden por anticipado a los planteos cartesianos
y nos permiten acoger con entusiasmo los aportes de la neuropsicología,
no perdiendo de vista sus limitaciones. Muchos de los valiosos esfuerzos de
la neuropsicología constituyen redescubrimientos parciales de cuestiones
esbozadas y desarrolladas ya por Santo Tomás. Veamos algo acerca de
esto
Santo Tomás frente a los descubrimientos neurocientíficos
Insistirá Santo Tomás -y con él, nosotros-
en que “el hombre no es sólo alma sino algo compuesto a partir
del alma y del cuerpo” (C.75 a.4) Confrontará así con
Platón que en este punto puede ser considerado un antecedente de Descartes.
De esta manera lo que aquí sostiene el aquinense sigue teniendo vigencia
frente a los dualismos modernos y frente a sus productos directos, los monismos.
“Platón decía, como refiere Gregorio, que el hombre no
es algo compuesto de alma y cuerpo, sino que es un alma que usa un cuerpo,
de tal modo que estaría en el cuerpo en cierto modo como el navegante
en la nave […] Pero para refutar esta opinión basta un argumento,
que da Aristóteles en II De anima [c. I, 312 a] contra esta posición.
Pues si el alma no se uniera al cuerpo como forma, se seguiría que
el cuerpo y sus partes no tendrían el ser específico por medio
del alma; lo que es evidentemente falso; porque quitada el alma, no se habla
de ‘ojo’ o ‘carne’ o ‘huesos’ sino equívocamente,
como en el caso de un ojo pintado o de piedra. Por lo que es manifiesto que
el alma es forma”. Semejantes, aunque más esclarecedoras aún,
son las reflexiones que nos ofrece en su Quaestio disputata de anima: “El
alma es aquello por el cual el cuerpo humano tiene ser en acto. Por esto es
la forma. Es por tanto el alma humana la forma del cuerpo. Así, pues,
si el alma estuviera en el cuerpo como el piloto en la nave, no proporcionaría
la especie al cuerpo ni a sus partes; lo contrario de lo cual aparece en el
hecho de que al separarse el alma cada una de las partes (del cuerpo) no retienen
su antiguo (o prístino) nombre sino equívocamente. Pues el ojo
de un muerto es llamado ojo equívocamente, como un ojo pintado o de
piedra; lo mismo ocurre con las otras partes”.
El cuerpo juega para Tomás de Aquino, como hemos visto, el papel de
causa material o de potencia sustancial. De este modo las operaciones intelectivas
o, como quieren los autores de neuropsicología, los procesos psíquicos
superiores, dependen para obrar del estado fisiológico del cerebro,
pues dichos procesos se eslabonan en funciones inferiores que se asientan
en determinadas zonas de dicho órgano “En nuestra alma –
dice Santo Tomás- hay ciertas facultades, que son acto de los órganos
corporales, como las potencias de la parte sensitiva”. El cerebro es
el órgano corporal actualizado por dichas facultades y creemos que,
siguiendo a Santo Tomás, no hay dificultad en sostener que existe en
él, como quieren los localizacionistas, cierta sectorización
funcional. Sin embargo, dicha sectorización se revelará relativa,
como quieren los anti-localizacionistas, al considerar, con Santo Tomás,
la operación superior en su conjunto, y se adscribirá solamente
a las facultades del psiquismo inferior. Así Santo Tomás al
analizar una de estas facultades afirma ”Lo que en los otros animales
se llama estimativa natural, en el hombre se llama cogitativa (...) a la que
los médicos le asignan un órgano determinado, es decir, la parte
media del cerebro”.
Las lesiones cerebrales -disparadores de los estudios neurocientíficos-
como impedimentos de la operación intelectual, no escapan al análisis
de Santo Tomás y encuentran en el marco de su psicología una
explicación coherente, acorde con la experiencia y con las certezas
alcanzadas por la reflexión filosófica, y, por lo mismo, erigida
a la vez, en rectora e impulsora de los descubrimientos neurocientíficos.
“Al ser el entendimiento una facultad que no se sirve de ningún
órgano corporal, de ninguna manera estaría impedido su acto
por la lesión de un órgano corporal si para su ejercicio no
necesitase el acto de otra facultad que sí utiliza dichos órganos.
Las potencias que sirven de órganos corporales son el sentido, la imaginación
y las otras facultades de la parte sensitiva. Por eso resulta evidente que
para que el entendimiento entienda en acto, y no solo cuando por primera vez
adquiera un conocimiento, sino también en la posterior utilización
del conocimiento adquirido, se precisa del acto de la imaginación y
el de las demás facultades. Pues observamos que, impedido el acto de
la imaginación por la lesión de un órgano, como sucede
en los dementes, o impedida la facultad de la memoria, como sucede en los
que se encuentran en estado de letargo, el hombre no puede entender en acto
ni siquiera aquellas cosas cuyo conocimiento ya había adquirido”
(C.84 a.7)
Aunque distinto el lenguaje y los presupuestos –diferencia que constituirá,
a nuestro entender, las limitaciones de los enfoques neuropsicológicos-
no podemos sino recordar aquí aquello que sostuvieron los autores anti-localizacionistas.
Nos dice Luria que las funciones propias o eslabones comunes de las funciones
superiores (eslabones éstos, asemejables sin duda a las funciones del
psiquismo inferior en Santo Tomás) tienen un área particular
en el aparato cerebral. Sin embargo no acontece lo mismo con aquellas funciones
superiores, puesto que las mismas conforman sistemas funcionales a partir
de un trabajo concertado de la estructura cerebral. El daño de una
zona de la estructura cerebral puede provocar la inhibición parcial
o total de una función psíquica superior pero no porque dicha
función se asiente en el área dañada, sino porque es
un eslabón de ella, necesario para su ejercicio (y al que Santo Tomás
describiría, según vemos en lo citado más arriba, como
potencia de la parte sensitiva cuyo acto depende de ciertos órganos
y de cuyo acto precisa el entendimiento para su ejercicio), el que en la zona
dañada se asienta. Así los perjuicios sufridos por la función
superior dependerán de la magnitud de los daños cerebrales y
sobre todo de los sectores implicados en tales daños. Vayamos a lo
que dice el mismo Luria: “Para nosotros es indudable el hecho de que
la lesión de un área limitada de la corteza cerebral provoca
la alteración de cualquier función, por ejemplo: la escritura
o el cálculo, y que, sin embargo, esto no significa que la escritura
o el cálculo estén ´localizados´ precisamente en
esta área del cerebro. La idea de que para la alteración de
la función es prácticamente suficiente el fallo de cualquier
eslabón del sistema funcional complejo concuerda con los principios
de la estructura sistemática de las funciones y de su localización
por etapas. En otras palabras, al perder cualquier eslabón imprescindible
para el cumplimiento de la función, el sistema funcional, en conjunto,
se desintegra (...) Las funciones psíquicas superiores se pueden perturbar
con la lesión de uno de los muchos eslabones del sistema funcional;
sin embargo al lesionarse distintos eslabones, dichas funciones sufren de
modo diferente”. Podría aventurarse que Santo Tomás esboza
también esta verdad –redescubierta y descripta con detalle por
la neuropsicología- acerca de la afección diferenciada de la
función superior por el daño de órganos eslabones distintos,
cuando diferencia anomalías orgánicas que afectan diversamente
la función superior al inhibir el ejercicio de facultades inferiores
-o potencias sensitivas o eslabones- distintas. Así la demencia y el
estado de letargo, donde por irregularidades orgánicas diferentes están
impedidos el entendimiento actual y el entendimiento de conocimientos ya adquiridos,
como vimos más arriba.
Cercano al planteo anti-localizacionista, o como subproducto del mismo , se
habla hoy en las neurociencias de áreas secundarias con funciones de
síntesis y con una localización cerebral más o menos
precisa, y de áreas de asociación que involucran diversos sectores
del cerebro recibiendo señales de múltiples regiones de la corteza
cerebral y siendo así asiento de funciones superiores. Se dice de este
modo que las actividades sensoriales y motrices básicas están
controladas por regiones muy específicas, mientras que las funciones
mentales superiores involucran una constelación de regiones. Si nos
detenemos un momento aquí, veremos que las semejanzas entre estos planteos
y los de Santo Tomás son casi tan evidentes como lo son sus diferencias.
Existen sin dudas conclusiones asimilables que los acercan, tanto como presupuestos
inconciliables que marcan una distancia importante entre ellos. El caso de
la llamada Área de asociación prefrontal, es el ejemplo más
significativo al respecto.
Una lesión en dicha área -compuesta principalmente por las 1º,
2º y 3º circunvoluciones frontales, pero en unidad funcional con
toda la estructura cerebral- puede provocar modificaciones en la personalidad
del individuo alterando sus sentimientos, su iniciativa, su sentido moral
y, en general, sus facultades psíquicas e intelectuales. A partir de
este hecho los neurocientíficos -sin las certezas filosóficas
previas necesarias y, por ende, sin criterios claros en el manejo de datos
y descripciones cuidadosamente obtenidas- concluirán que en esta área
prefrontal, se sitúa el centro de las facultades psíquicas e
intelectuales por el cual se elabora el pensamiento, la conducta, etc.
La irrecusable objetividad de las descripciones de los neurocientíficos
¿viene a invalidar –a partir de las conclusiones que de ellas
obtienen- lo sostenido por Santo Tomás? Por el contrario los datos
neurocientíficos encuentran en la psicología tomista una explicación
más amplia y comprensiva, no contradictoria con las certezas filosóficas
y alejada de reduccionismos, sean éstos materialistas o espiritualistas.
Aquellas valiosas descripciones vienen así a reforzar y enriquecer
las conclusiones del aquinense.
Hemos visto que las potencias espirituales del alma, como las adscriptas por
los neurocientíficos al área prefrontal, en tanto espirituales
son independientes del cuerpo, pero en tanto unidas al cuerpo no operan sin
él y sin la indemnidad del cerebro, puesto que en éste se asientan
sus eslabones, los sentidos internos. Así, dañada la llamada
área prefrontal o ciertos sectores de la misma, las potencias superiores
del alma están impedidas parcial o totalmente en su obrar, no porque
tengan asiento allí, sino porque – podría hipotetizarce
con Mario Caponnetto- allí se encuentra el sector de uno de sus eslabones,
la cogitativa, cuya ubicación Santo Tomás sitúa “en
el medio de la cabeza”. La cogitativa realiza el juicio sintético
y particular y así sin su actividad “tampoco hay juicio libre
y, por ende, ejercicio adecuado del libre albedrío (potencia espiritual)
ni actividad libre de nuestra conciencia moral (que es siempre un juicio de
la razón práctica)” (Caponnetto, 2005)
Las cuidadosas descripciones neurocientíficas se complementan armónicamente
con los desarrollos filosóficos de Santo Tomás. La inhibición
del ejercicio de la cogitativa podría provocar todos aquellos síntomas
que los neurocientíficos describen como propios de un cerebro lesionado
prefrontalmente.
Las semejanzas corren a la par de las diferencias. También en Santo
Tomás, como en los anti-localizacionistas, las funciones superiores
están constituídas por eslabones cuyo daño afecta la
función más amplia. Lo veíamos más arriba cuando
transcribíamos un fragmento del artículo 7 de la cuestión
84. La diferencia está en que para Tomás de Aquino las funciones
superiores no son generadas por un procesamiento cerebral funcionalmente complejo
e integrado en áreas de asociación que ha llegado a tal condición
a partir de las interacciones con y sobre el mundo, puesto que “lo más
no puede venir de lo menos” y “nadie da lo que no tiene”
¿Cómo puede una estructura cerebral –se pregunta el psicólogo
tomista en este sentido- que, aunque complejísima, material; dar lugar
a procesos mentales inmateriales? Steven Rose lo señala claramente:
“Los neurocientíficos se suelen empantanar en una lista sinfín
de correlaciones con la esperanza quimérica de que algún día,
a fuerza de describir correlaciones, se podrá dar el salto desde afirmaciones
correlacionales a afirmaciones causales”.
La denominación diversa que Santo Tomás y Alexander Luria dan
a las funciones superiores, ilustra lo dicho acerca de esta diferencia filosófica
de fondo que cercena el alcance de los descubrimientos de Luria y de la neuropsicología
en general. Mientras Santo Tomás habla de operaciones intelectuales
señalando con ello la naturaleza irreductible a la materia de los procesos
psicológicos superiores, Luria se refiere indistintamente a lo mismo
en términos de procesos psíquicos superiores o funciones corticales
superiores, revelándonos así que sigue siendo deudor –y,
con él, la neuropsicología en general- de una herencia materialista
y positivista afianzada sólidamente en la ciencia moderna.
Volvemos a decir por último que aún con tales limitaciones,
la neuropsicología constituye hoy un nuevo campo del saber que no puede
ignorarse ni rechazarce en bloque. Constituído a partir de reales descubrimientos
y redescubrimientos, puede y debe ser integrado al edificio epistémico
que cimienta la filosofía realista.
“Las neurociencias actuales –insistamos con Caponnetto- han confirmado,
con sus experiencias, muchos y fundamentales aspectos de antiguas doctrinas
filosóficas y psicológicas que, en cierto momento, cayeron en
descrédito a favor de algunos criterios que negaban o soslayaban en
el hombre todo el valor del cuerpo y de la biología” (Caponnetto,
2005). Entendemos que lo aquí desarrollado viene a reforzar esta afirmación
y a ensayar un principio de respuesta –modesta, parcial y con necesidad
de nuevas presiciones- al desafío que el mismo autor plantea al pensamiento
tomista de nuestros días.
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