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Cronología sobre
la Obra de Gabriela Mistral
Esta cronología sobre
Gabriela Mistral se ha dividido en los tres
periodos que constituyen los ciclos más
importantes en su vida:
El periodo comprendido entre 1889 y 1921 abarca
la infancia, las primeras incursiones en la
literatura, los dolorosos comienzos como maestra
rural en su país, hasta que abandona
Temuco para dirigir una escuela de niñas
de la capital, mientras publica sus primeros
poemas en periódicos locales y empieza
a colaborar con la prensa internacional.
El periodo que ocupa de 1922 a 1945 nace cuando
el gobierno mexicano la invita a participar
en el proyecto educativo de la revolución
y al mismo tiempo publica su primer libro,
Desolación, al que seguirán
Ternura y Tala; y finaliza con la recepción
del premio Nobel. Es tal vez su periodo más
intenso, ya que publica con asiduidad sobre
diversos temas y empieza a tener el reconocimiento
tanto de los círculos académicos
internacionales como de la crítica.
El último periodo, de 1946 a 1967,
describe una época en la que Gabriela
Mistral ya es conocida como una intelectual
vivamente preocupada por el destino de toda
Hispanoamérica, por su participación
en encuentros panamericanos, donde ofrece
conferencias por doquier, dicta cursos en
universidades y ocupa cargos diplomáticos,
sin abandonar nunca su actividad poética,
que se cierra justamente con Poema a Chile,
publicado una década después
de su muerte acaecida en 1957.
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| AL
OÍDO DEL CRISTO
A
Torres-Rioseco
I
Cristo, el de las carnes en gajos abiertas;
Cristo, el de las venas vaciadas en ríos:
estas pobres gentes del siglo están
muertas
de una laxitud, de un miedo, de un frío!
A la cabecera de sus lechos eres,
sí te tienen, forma demasiado cruenta,
sin esas blanduras que aman las mujeres
y con esas marcas de vida violenta.
No te escupirían por creerte loco,
no fueran capaces de amarte tampoco
así, con sus ímpetus laxos y
marchitos.
Porque como, Lázaro ya hieden, ya hieden,
por no disgregarse, mejor no se mueven.
¡Ni el amor ni el odio les arrancan
gritos!
II
Aman la elegancia de gesto y color,
y en la crispadura tuya del madero,
en tu sudar sangre, tu último temblor
y el resplandor cárdeno del Calvario
entero.
Les parece que hay exageración
y plebeyo gusto; el que Tú lloraras
y tuvieras sed y tribulación,
no cuaja en sus ojos dos lágrimas claras.
Tienen ojo opaco de infecunda yesca,
sin virtud de llanto, que limpia y refresca;
tienen una boca de suelto botón
mojada en lascivia, ni firme ni roja;
¡y como de fines de otoño, así,
floja
e impura, la poma de su corazón!
III
....¡Oh Cristo! un dolor les vuelva
a hacer viva
l`alma que les diste y que se ha dormido,
que se la devuelva honda y sensitiva,
casa de amargura, pasión y alarido.
¡Garfios, hierros, zarpas, que sus carnes
hiendan
tal como se hienden quemadas gavillas;
llamas que a su gajo caduco se prendan,
llamas de suplicio: argollas, cuchillas!
¡Llanto, llanto de calientes raudales
renueve los ojos de turbios cristales
y les vuelva el viejo fuego del mirar!
¡Retóñalos desde las entrañas,
Cristo!
Si ya es imposible, si Tú bien lo has
visto,
si son paja de eras... ¡desciende a
aventar!
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LA MADRE GRANADA
(Plato de cerámica de Chapelle-aux-Pots.)
Contaré una historia en mayólica
rojo-púrpura y rojo-encarnada,
en mayólica mía, la historia
de Madre Granada.
Madre Granada estaba vieja,
requemada como un panecillo;
mas la consolaba su real corona,
larga codicia del membrillo.
Su profunda casa tenía partida
por delgadas lacas
en naves donde andan los hijos
vestidos de rojo-escarlata.
Con pasión de rojeces, les puso
la misma casulla encarnada.
Ni nombre les dio ni los cuenta nunca,
para no cansarse, la Madre Granada.
Dejó abierta la puerta,
la Congestionada,
soltó el puño ceñido,
de sostener las mansiones, cansada.
Y se fueron los hijos
de la Empurpurada.
Quedóse durmiendo y vacía
la Madre Granada...
Iban como las hormigas,
estirándose en ovillos,
iguales, iguales, iguales,
río escarlata de monaguillos.
A la Catedral solemne llegaron,
y abriendo la gran puerta herrada,
entraron como langostinos
los hijos de Madre Granada.
En la Catedral eran tantas naves
como cámaras en las granadas,
y los monaguillos iban y venían
en olas y olas encontradas...
Un cardenal rojo decía el oficio
con la espalda vuelta de los armadillos.
A una voz se inclinaba o se alzaba
el millón de monaguillos.
Los miraban los rojos vitrales,
desde lo alto, con viva mirada,
como treinta faisanes de roja
pechuga asombrada.
Las campanas se echaron a vuelo;
despertaron todo el vallecillo.
Sonaban en rojo y granate,
como cuando se quema el castillo.
Al escándalo de los bronces
fueron saliendo en desbandada
y en avenida bajaron la puerta
que parecía ensangrentada.
La ciudad se levanta tarde
y la pobre no sabe nada.
Van los hijos dejando las calles;
entran al campo a risotadas...
Llegan a su tronco, suben en silencio,
entran al estuche de Madre Granada,
y tan callados se quedan en ella
como la piedra de la Kaaba.
Madre Granada despertóse llena
de su millón rojo y sencillo;
se balanceó por estar segura;
pulsó su pesado bolsillo.
Y como iba contando y contando,
de incredulidad, la Madre Granada,
estallaron en risa los hijos
y ella se partió de la carcajada...
La granada partida en el huerto,
era toda una fiesta incendiada.
La cortamos guardando sus fueros
a la Coronada...
La sentamos en un plato blanco,
que asustó su rojez insensata.
Me ha contado su historia, que pongo
en rojo-escarlata...
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