EL VERDADERO SENTIDO DEL DESCUBRIMIENTO EN UNA OBRA LITERARIA Profesora Andrea GRECO DE ÁLVAREZ
Introducción
Uno de los pensadores americanos contemporáneos con
mayor prensa, Leopoldo Zea, viene difundiendo desde hace años su pensamiento
acerca del conflicto en torno a la identidad latinoamericana y su prédica
se orienta hacia la necesidad que tiene América de practicar, mediante
una suerte de psicoanálisis colectivo, una recreación cultural
forjándose una nueva identidad. Para ello cree este autor que América
debe asimilar su pasado dentro de una dimensión dialéctica. Para
tal fin los americanos debemos negar nuestro pasado “con la mejor de las
negaciones, la histórica”. Para estos intelectuales América
ha vivido “a la sombra y de la sombra de la cultura europea” a la
que sin embargo y por eso mismo, siente ajena. Porque los americanos, dice Zea,
no sentimos a esta cultura “como el hijo siente los bienes que del padre
ha heredado. En realidad no nos sentimos como hijos legítimos, sino como
bastardos...” .
De manera que para librarnos de esa paternidad ilegítima y de nuestro
complejo de bastardía es necesario reinterpretar la historia, nuestra
historia. Será por ello que pocos años antes de la celebración
del V Centenario del Descubrimiento de América vio la luz, en la Argentina
una novela de Abel Posse, cuya evidente y confesada pretensión es parodiar
la historia para cambiarnos la memoria. Como bien señala Alicia Sarmiento
en la Novela Histórica, los escritores buscan recuperar el pasado y recrearlo
poéticamente, en cambio el fenómeno que esta autora ha llamado
“reescritura de la historia en la novela contemporánea”,
provoca el resultado exactamente opuesto “una ficcionalización
de la Historia”, “una versión no verosímil de la materia
histórica”. Justamente eso y algo más es lo que ha hecho
Abel Posse en Los perros del paraíso, novela en la cual se reinterpreta
el Descubrimiento de América y la acción de los protagonistas
de esta epopeya -Colón, los Reyes Católicos, el pueblo español-
en clave erótica y blasfema y por motivaciones freudianas que el autor
interpreta, según la ideología de Marcuse, procurando por medio
de los obsceno lograr la “desublimación de la cultura”. El
resultado de este esfuerzo es contundente. Esa obra “marca el hito más
bajo en la reescritura del Descubrimiento”, dice Alicia Sarmiento y aclara
que esa bajeza es de doble sentido: por una lado por su pobreza estética
y por otro porque es una mera suma y síntesis de todos los tópicos
de la Leyenda Negra .
Hoy, más que nunca, ante tanta procacidad y esfuerzo destructivo se hace
imperioso levantar la poesía promisoria, la poesía que construye,
la poesía que eleva y ese es el objetivo de esta ponencia en la que queremos
presentar algunos comentarios a la Biografía de Colón del escritor
español Felipe Ximénez de Sandoval, titulada Cristóbal
Colón, Evocación del Almirante de la Mar Océana.
Felipe Ximénez de Sandoval tuvo “el privilegio y la gracia”,
como bien dice Antonio Caponnetto, de pertenecer a esa “escuela de poetas”
que fue la Falange Española . Decía José Antonio Primo
de Rivera en el discurso pronunciado en el Teatro de la Comedia de Madrid, el
29 de octubre de 1933 en el acto fundacional de la Falange Española -“A
los pueblos no los han movido nunca más que los poetas, y ay del que
no sepa levantar, frente a la poesía que destruye, la poesía que
promete”.
Los méritos literarios de la obra
Leer la obra de Ximénez de Sandoval, Evocación del Almirante de
la Mar Océana, hoy, es levantar la poesía que promete, la lírica
esperanzadora y edificante. Uno de los grandes maestros que Dios nos ha concedido
en nuestras tierras mendocinas, Rubén Calderón Bouchet, ha escrito
que “cuando un historiador limita su atención a las circunstancias
puramente fácticas de un suceso aislado, le basta exhumar la documentación
apta para arrojar la luz sobre el caso, sin preocuparse mucho por las motivaciones
que impulsaron a los protagonistas. Pero cuando se quiere penetrar en los laberintos
de las intenciones y propósitos para alcanzar el corazón secreto
de un movimiento histórico, no basta la erudición, no son suficientes
los aportes documentales, porque un acontecimiento histórico cualquiera
compromete fuerzas, trae a la reflexión principios morales, conflictos
religiosos, dificultades psicológicas difíciles de comprender
para quien no tenga una sensibilidad y una preparación adecuada... La
historia forma parte de nuestra propia trama existencial. No podemos penetrar
en ella como en un recinto extraño. Es nuestro propio laberinto el que
se hunde en las sombras del pasado... El carácter mediador del testimonio
obliga al historiador a una faena de recomposición, donde manifiesta
su aptitud artística, su riqueza de registro y su imaginación,
para traer hasta la inteligencia del lector la espiritualidad única de
la época que considera. Tarea poética, pero con un propósito
de expresar una formalidad cuya estructura inteligible no depende de la fantasía
creadora, sino de un orden prescripto por la naturaleza misma de los testimonios”.
Ciertamente, Ximénez de Sandoval logra mostrarnos a través de
las páginas de esta evocación una sensibilidad exquisita además
de una heurística minuciosa subyacente. Este es el camino por el que
logra penetrar en lo más recóndito de la personalidad del Almirante
y este sitio histórico -el Descubrimiento- en el que se hunden las raíces
del Imperio hispánico, es visitado por el autor consciente de que su
propio laberinto vital como español, amante de su tierra, entronca con
esta historia, y es visitado por nosotros, lectores, americanos, en la certeza
de que nuestro laberinto vital enraíza en este mismo paraje.
La faena creadora que emprende para revivir la figura del Almirante es en éste
más lírica aún de lo que pudiera ser en otro caso dado
que, como bien analiza el autor en las Palabras previas con que inicia la obra,
ante la escasez de fuentes relativas a la vida de Colón “su aventura
no tendrá otro camino para acercarse a él que la “Comprensión
poética”, la invención, la re-creación”.
Su pluma, como vergel de edificantes valores estéticos, llena las páginas
con profusión de imágenes bellas que nos llevan a acompañar
al Almirante a través de las siete estancias que sigue el recorrido de
su providencial vida desde la cuna y la infancia hasta el lecho en que le cubra
la mortaja franciscana.
Hermosas metáforas acercan nuestro pensamiento al Almirante en esta Evocación
y nos ayudan a comprender el alma compleja del Almirante: “...a Cristóforo
le pesa el oficio real de tejedor de telas, cuando su mente es un telar donde
se tejen sueños mágicos...” “...ese torrente de sueños
que le hierve en las venas...” “¡Dios quiere que las flechas
de mis sueños prendan con el yugo de esta España inmortal, en
su servicio eterno tras los mares tenebrosos, que sus quillas rasgarán
bajo mi mando!” “Quisiera una sola nave, la suya, y sus ojos tan
sólo para buscar sobre las aguas la aparición de la tierra a él
solo prometida... Quisiera el monopolio del tremendo azar a que juega. Quisiera
toda la gloria o todo el fracaso para él... su alma absorbente ambiciona
totalitariamente su destino”. “...durante la travesía, el
Almirante iba “borracho de estrellas”.... Efectivamente, todas las
estrellas se le habían subido a la cabeza en tropel vertiginoso de plata
y diamantes. Su vaho de luz le deslumbraba, llenándole las venas de palpitaciones
siderales” “...Esa sutil embriaguez de nocturno constelado amplifica
-hasta el milagro de la plena certidumbre en el éxito de la expedición-
los pequeños mensajes de la tierra que Dios le iba a entregar palpitante
de virginidad” .
Por medio de frases bellas vemos caracterizados con precisión a los Reyes
Católicos, Fernando de Aragón e Isabel de Castilla como cuando
el autor escribe sobre Fernando: “el rey de Aragón, consorte en
Castilla, no es hombre de corazonada. Antes al contrario, gusta sujetarse el
corazón y dominarlo siempre con la cabeza, de subordinar la súbita
inspiración genial a la lenta reflexión inteligente que madura
y macera las ideas, hasta convertir el mosto embriagador en un vino sedante”.
Y refiriéndose a la Reina nos cuenta “de hinojos ante un patético
Cristo gótico, los labios de Isabel prorrumpen en una oración
fervorosa, en la cual pide al Altísimo protección para las vidas
de aquellos humildes y denodados vasallos... arriesgadores de cuanto tienen...
para ofrendar a la Corona de Castilla ceñida a sus sienes rubias, la
gloria de su sublime viaje a lo desconocido... Cuando vuelve del oratorio al
salón de los Embajadores... su alma está encendida de ese júbilo
secreto y misterioso que sólo siente la mujer cuando advierte la maternidad
cercana. Y es así. La reina doña Isabel I de Castilla -la grande,
la católica, la excelsa- está preñada de América”.
Expresiones pletóricas de una plástica literaria enorme, nos trasladan
a los lugares de la evocación, al mismo tiempo que logra, por medio del
trazo bello de su pluma, dibujarnos el espíritu único, el ambiente
irrepetible, la época. Cuando escribe “toda España ardía
en una fiebre de catolicidad exaltada por la guerra con los moros de Granada.
Cada mozo español soñaba emular las glorias de los santos y paladines.
Desde la reina y el rey abajo hasta el villano más humilde, los españoles
vivían en esa vigilia tensa de la que brotan los Imperios”. Cuando
nos habla de aquel viernes 3 de agosto en Palos de Moguer en que aquellos intrépidos
navegantes suben, como en la ascésis de una conversión, al Calvario
de aquellos frágiles navíos: “ya no son marinos ambiciosos;
ya no son aventureros sedientos de riqueza y gloria; ya no son hombres vulgares
de barro pecador; ya no son carne mortal. Al embarcar lentamente en las tres
navecillas, entre el silencio impresionante de los viejos, las mujeres y los
niños, mudos de dolor porque marchan y de envidia, porque se quedan,
son mucho más que todo ello: son misioneros, son cruzados, son héroes,
son soldados de Cristo, que no van a conquistar un mundo material, sino algo
mucho más alto y más hermoso: a llevar la luz del Evangelio a
millones de almas ciegas de Dios, tras el misterio del Atlántico”.
Cuando nos muestra la tensa emoción del primer desembarco en tierra antillana
“Don Cristóbal Colón llega a la playa, besa sus arenas,
hinca la rodilla y reza la Salve, con esa plástica teatral que adivinarán
todos los pintores “de historia” del siglo XIX. La tropa española
llora lágrimas de patria, mientras la grey indiana, un tanto cohibida
en su alborozo, se repliega con inquietud de brujería por lo que puedan
significar la cruz, el estandarte, el canto llano, las espadas y los garabatos
de la pluma de gallo con que el notario acredita sobre un pergamino la bonorum
posesium de aquel cachito de paraíso...”
Bella, como pocas, la escena de la tierra americana y los sentimientos humanos
en el preciso momento del alumbramiento: “¡No seas tonto, marinerito
de España!... Abre bien los ojos... ¡Extiende la mano y verás
cómo me puedes tocar!... ¡Toca! Aquí playa; aquí
cantil; aquí bosque; aquí arroyo; aquí colina... Me puedes
oler... Piña y anémona, canela y vainilla... ¡Proclámame!...
Hazme saber que soy tierra![...]
“-¡Tierra! -estalla en castellano la garganta viril de Juanillo
Rodríguez Bermejo.
“-¡Tierra! -repite un eco inmenso, que envuelve las carabelas, las
islas, las estrellas, el mar y el firmamento.
“-¡Tierra! -suspiran en su insomnio de Palos la esposa del piloto,
la novia del marinero, la madre del grumete.
“El misterio se ha bautizado.
“El Nuevo Mundo ha oído la primera palabra en castellano”.
El idioma, nuestra lengua castellana, española, es el indiscutible aglutinante
de la formidable unidad de los pueblos hispánicos. Esa lengua que nos
une y nos hermana, que nos fortalece y cohesiona, que nos identifica hacia dentro
y nos distingue hacia afuera. La lengua que -como dice Humboldt- “es la
manifestación exterior del espíritu de los pueblos”; nuestra
lengua es nuestro espíritu, o en la expresión de Unamuno “la
sangre de mi espíritu es mi lengua”. La lengua castellana fundamento
de unidad y escudo ante la diversidad. Así lo analiza el hispanoamericano
Julio Ycaza Tigerino cuando dice que la lengua castellana, fundamento de nuestra
unidad cultural, fue “nuestro principal escudo contra el imperialismo
norteamericano, porque impidió nuestra total desintegración, y
el aislamiento espiritual de nuestros pueblos” que nos dio un sentimiento
de unidad para defender nuestra soberanía y personalidad histórica
.
Nuestra lengua castellana, signo de unidad cultural, vehículo de la Hispanidad
que nos une recibe de parte de Ximénez de Sandoval un homenaje en virtud
de un excelente empleo de los términos, las imágenes, y el garbo
de una prosa rica en melodías y sonoridades castizas.
Cuatro méritos hisoriográficos de la obra
Pero la obra a sus muchos méritos literarios une varios desde el punto
de vista historiográfico. En primer lugar, contribuye a la restitución
de un olvidado sentido de la historiografía cristiana: la percepción
sacramental de la historia, la historia de los hombres que pasan en vistas de
un fin que no pasará. Como nos ha enseñado Antonio Caponnetto
la verdadera cognitio histórica cristiana consiste en mirar hacia y desde
lo Alto, con la razón iluminada por la Fe, “para descubrir no sólo
la humana gesta -los res gestae hominum- sino también los divinitus gesta”
que nos muestra que en la historia obran causas humanas pero también
que sobre las causas segundas, está la Causa Primera e increada, la Causa
Ejemplar de cuanto existe, la Causa Eficiente y Rectora de la Historia . ¡Qué
necedad humana puede enceguecer al hombre ante la evidencia de un sentido providencial
de la historia! Las aves que migran anualmente desde las antiguas misiones católicas
hispánicas del oeste estadounidense hasta nuestras misiones jesuíticas
en la mesopotamia argentina son testigos y protagonistas de ese sentido providencial
de la historia, en una epifanía sistemática de la unidad cósmica
de la Hispanidad. Las aves lo saben, los hombres lo negamos.
En segundo lugar, nos muestra el sentido del descubrimiento. Tal como lo señala
Ramiro de Maeztu en su Defensa de la Hispanidad, lo que da valor y sentido a
la epopeya de Colón, lo que hace que la hazaña de un grupo de
navegantes guiados por Colón fuera un hecho trascendental, lo que constituye
el ser de la empresa colombina no es sólo el descubrimiento. Si al regresar
del primer viaje Colón no hubiera encontrado a España, una España
dispuesta a llevar la cultura, la fe, la civilización, si al volver Colón
no hubiera encontrado ese espíritu decidido a explorar, poblar y transmitir
todos esos valores al Nuevo Mundo, el viaje de Colón ocuparía
en la historia el mismo lugar que les cabe a los supuestos viajes de los vikingos
que mucho antes que Colón habrían desembarcado en estas tierras:
lugar de anécdotas, curiosas, interesantes pero desprovistas de sentido.
Lo que otorga a la empresa colombina sentido y ser es que, tras la ruta que
señala, todo un pueblo se lanza a trasplantar consigo su cultura y civilización.
Porque descubrir no es lo mismo que encontrar. Encontrar es chocarse, topar
con algo por casualidad. Descubrir, en cambio, es develar, es sacar a luz el
ser. Y eso es lo que hizo España en América . Como enseña
Alberto Caturelli, el descubrimiento de América no fue un hallazgo, porque
hallar, que proviene de afflare, soplar, significa en nuestra lengua, dar con
algo sin haberlo buscado. En tanto que descubrir supone cierta intención
“que puede ser subsiguiente al mero hallazgo” y es el acto de poner
de manifiesto, de hacer patente, “de de-velar lo cubierto cuando se toma
conciencia de la novedad de lo hallado”. Descubrir es pues un acto reflexivo,
consciente, eminentemente espiritual, de develar el sentido oculto de algo que
permanece indescifrado . Ese sentido de conciencia descubridora es el que manifiestan
los patéticos párrafos en los que Ximénez de Sandoval narra
el encuentro entre Colón y el náufrago Alonso Sánchez.
“Yo no le quito la gloria con ir allí, pues el “no fue”,
“no quiso ir” ni “era quien tenía que ir” -piensa
el futuro Almirante- Quien “tiene que ir” -y volver-, “quien
quiere ir” y “quien irá” soy yo, Cristóbal Colomo,
genovés, que he nacido con esa misión señalada por el dedo
del Destino... La gloria no puede pertenecer a quien la encuentra sin buscarla,
sino a quien la alcanza después de mucho desearla”.
En tercer lugar, la Evocación del Almirante, nos revela el sentido de
la empresa descubridora, el sentido de cruzada que impregna la epopeya, cuando
Colón dice: “Hay que darse prisa para predicar el Evangelio por
las tierras de infieles. Hay que darse prisa para liberar el sepulcro de Cristo,
antes de que la tierra vuelva a ser la nada de que el Señor la creara.
Hace falta llevar a cabo la última y más grandiosa cruzada”.
Llegar a Oriente por el Poniente con el fin de recobrar para la cristiandad
los Santos Lugares de Tierra Santa, el Santo Sepulcro, la Jerusalén terrena.
De pimienta y especias para sazonar comidas no hay referencias en las memorias
de Colón, mientras que de Cruzada y de Misión están llenos.
En cuarto lugar, Ximénez de Sandoval lograr poner de manifiesto las cualidades
principales de Cristóbal Colón, nuestro maestro Enrique Díaz
Araujo, sintetiza en tres aspectos esenciales: hombre superior, hombre religioso,
hombre medieval .
Sobre Colón, hombre superior, la Evocación del Almirante, nos
muestra un hombre con muchos defectos y miserias pero con ciertas virtudes realmente
sobre-humanas y una conciencia de tener una misión que cumplir. Esta
es la razón por la cual Colón firma “Xto. Ferens”,
abreviatura de Christoferens que significa portador de Cristo. Un hombre al
que, como dice Taviani, “no le abandonó jamás la certeza
de ser instrumento de la Divina Providencia”. Un hombre al que suceden
cosas extraordinarias que a los hombres comunes no nos suelen pasar y tal vez
por ello, no atinamos a comprender. Como señala Díaz Araujo, es
sabido que hay cierto tipo de profesionales de las artes históricas que
entienden que “humanizar” a un héroe o un santo es rebajarlo
a los niveles más bajos de la escala humana. Niveles que son, obviamente,
a los únicos que ellos tienen acceso por experiencia personal. Y creen
que la historia se escribe con “alcahuetería de alcoba o diretes
de mucamos”. Este no es el caso de Ximénez de Sandoval que logra
por medio de esta biografía mostrarnos que Colón era un hombre
superior.
Sobre Colón, hombre religioso, se muestra claramente a través
de las páginas de esta Evocación que como dijera el Papa León
XIII con ocasión de la Celebración IV Centenario del Descubrimiento
de América en la Encíclica Quarta abeunte saeculo, de 1892, “No
es que Colón dejase de ser impulsado por el muy legítimo deseo
de saber y de hacerse benemérito de la sociedad humana; ni es que despreciase
la gloria, ni renunciase a la esperanza de su provecho particular, sino que,
por encima de todas esas razones humanas prevaleció el motivo de la religión
de sus mayores: porque ella fue la que le inspiró aquel propósito
y voluntad, y la que frecuentemente, en medio de las mayores dificultades, le
proporcionó consuelo y constancia”. A lo largo de las páginas
de este libro se percibe ese sentido religioso inspirador de Colón por
sobre las demás razones humanas y científicas.
Sobre Colón, hombre medieval, Ximénez de Sandoval nos muestra
un hombre urgido por valores e ideas medievales, el ideal de Cruzada, de Reconquista,
de liberación del Santo Sepulcro. El “último de los viajeros
medievales” como dijera Weckmann. Su objetivo final es medieval y significaba,
como ha observado el colombista Paolo Taviani, “reconstruir la unidad
del mundo” quebrada por el Islam. Este ángulo de visión
para comprender al Almirante es de gran importancia dadas las consecuencias
que implica entender que sus afanes obedecían solamente a un interés
científico, a una curiosidad repentina surgida en el Renacimiento, en
hombres a los que el mundo había quedado estrecho. O entender que detrás
de estos nuevos afanes laten ideales o preocupaciones muy antiguas de cuño
medieval . Así lo han interpretado grandes historiadores como Ballesteros
Beretta, Manzano y Manzano, Elliot, Ramos Pérez, Pereyra, Besaunde, Bertrand,
Todorov, Wassermann, Humboldt, de Madariaga, Irving. Como se ve, historiadores
de toda nacionalidad y diversos por su formación intelectual han llegado
a la misma conclusión que Taviani sintetiza en esta expresión:
“medieval en su planteamiento teórico, la visión filosófica
y teológica, y los mismos enunciados de sus concepciones científicas.
Renacentista en su fervor investigativo”. En suma, un hombre a caballo
de dos edades. Decíamos que las consecuencias de este concepto son múltiples
ya que hasta el afán de oro se explica de modo diverso según las
derivaciones que supone esta concepción. El hombre medieval busca el
oro para la Cruzada, para la reconquista de Jerusalén como escribe Colón
en su diario. Por ello sostiene Díaz Araujo “la lectura atenta
de Colón nos ha trasmutado, por alquimia, el oro renacentista en acero
medieval”. O dicho en la expresión de Ignacio Anzoátegui
“La sed de oro basta para conquistar a una viuda millonaria y necesitada;
pero no basta para conquistar un Imperio y además fundar sobre él
otro Imperio” . Sin embargo, la avaricia y la sed de oro siguen siendo
la causa, sentido y fin del Descubrimiento y la Conquista para la difundida
Leyenda Negra que entre nosotros ha sido estudiada por Rómulo Carbia
, que ha desentrañado las motivos políticos de ella. Contrariamente
a estos difundidos tópicos de la Leyenda, sostenemos que el descubrimiento
y la conquista de América no tuvo como causa principal motivos mercantilistas
(“la razón de los Rostchild” como dice Anzoátegui)
o el descarnado poder autosuficiente, sino profundas “razones metafísicas,
espirituales y religiosas, más allá de los pecados y perversidades
de los hombres encargados de llevarlas a cabo”, como dice Caturelli. Por
eso España fue la única nación que se autocuestionó
la justicia de la Conquista. Por eso España fue la única nación
que mantuvo poblaciones y fundó ciudades en sitios donde no había
oro pero había almas. Por eso España fue la única nación
que sembró de escuelas y universidades las tierras colonizadas apenas
veinte años después de poner pie en suelo americano. Por eso el
gran poeta español José María Pemán escribió
esos versos que rezan
“Cuando hay que consumar la maravilla
de alguna nueva hazaña,
los ángeles que están junto a Su Silla
miran a Dios... y piensan en España”.
Finalmente acerca de la obra Cristóbal Colón, Evocación del Almirante de la Mar Océana, probablemente junto a las virtudes literarias e historiográficas que hemos señalado se puedan hacer algunas objeciones. Por ejemplo, es discutible la existencia del náufrago de Huelva, Alonso Sánchez, que el autor sostiene y fundamenta, quien habría confirmado a Colón sus intuiciones. Sería éste el “secreto de Colón”. El autor lo sostiene en base al testimonio de numerosas obras y autores de los que ofrece una bibliografía en un apéndice final. Pero con ecuanimidad científica incluye también una extensa carta del gran historiador Marcelino Menéndez y Pelayo que no abona su tesis. ¿Exceso de españolismo? Tal vez. Puede compartirse o no la tesis, creemos que esto no quita mérito a la obra. También puede objetarse la imagen de un Cristóbal Colón que por momentos se nos figura un espíritu tortuoso en demasía, pero ciertamente como aclara el autor en las Palabras previas donde no hay fuentes la creación poética, la intuición e imaginación del poeta han re-creado la fisonomía espiritual del personaje. ¿Puede uno disentir de esa imagen a partir de la re-creación propia? Tal vez. Pero eso tampoco quita mérito a la obra.
Conclusión
Creemos sin dudarlo, que, como decíamos al inicio, hoy en un momento
en que cunde la lírica destructiva, el arte de lo feo y lo abyecto, leer
esta biografía es levantar la poesía promisoria del bien y la
belleza. Es enriquecer esta hermosa lengua que nos hermana culturalmente. Es
repetir el acto fundacional de nombrar las cosas por su nombre. Como cuando
América se bautizó como misterio al oír por vez primera
decir en la voz de Rodrigo de Triana: Tierra. Como cuando los marinos descubridores
incorporaron “el oro de las palabras nuevas para el idioma de Castilla”
y el vendaval recibió el nombre indiano de huracán. Como dice
Agustín de Foxá
“Dieron nombre a las cosas, como el Día Primero,
cuando Dios dijo rosa, y mujer, y marfil;
todo el año cristiano bautizó el derrotero,
cada virgen de España tuvo su isla de añil.
...
El soneto en la selva y entre serpientes, Cristo,
tendrá un “Octavo día” desde hoy la Creación,
pues navegó la Historia por un mar imprevisto,
y al azar de tres velas van Fray Luis y Platón”.
España se propuso forjar un Nuevo Mundo con lo mejor
de su ser, de su espíritu, de su moral y su estilo en un proceso de mutua
asimilación que dio a luz formas nuevas creadoras de la Hispanidad -enseña
Ramiro de Maeztu. No quiso que su cultura fuera trasplantada a América
como flor de invernáculo, a la que habría que cuidar celosamente
para que sus raíces no se secaran. Buscó asimilar hombres y ser
asimilada por los hombres. Podrán crearse formas locales, es decir una
cultura argentina, mejicana, peruana... pero lo que ninguna podrá dejar
de ser, es retoño de la cultura hispánica. Como dice el poeta:
España es “esa niña perdida y hallada en el templo de América”.
Por eso América es retoño del tronco español. Por eso la
Macarena llegó a América y se vistió de Guadalupe. Por
eso la jota cordobesa y las castañuelas se volvieron aquí cueca,
zamba y chacarera. Por eso Don Quijote desembarcó en América y
se hizo Martín Fierro o Segundo Sombra. Por eso América sigue
hablando, creando, sufriendo y viviendo en español. Con la misma entraña
y estilo de España y con esa vena heroica y militante propia del espíritu
hispánico. Y por eso la historia de Colón, como escribiera don
Julio Irazusta, es tan nuestra como lo es la de España porque es la de
los que fueron compatriotas y hoy son hermanos de raza. Porque por medio de
Colón y de España recibimos lo mejor de la tradición espiritual
de Occidente, que aún hoy tiene un nombre, y ese nombre es: Hispanidad.
Andrea GRECO DE ÁLVAREZ
San Rafael, Mendoza, agosto de 2006
a 514 años de la epopeya descubridora