El CIERVO Y EL TRIDENTE

PRÓLOGO.

Recopilación de dos cuentos y una poesía, que si bien cada uno es una unidad en sí misma, fueron escritos bajo la misma musa inspiradora que es la más fuerte de todas; la que representa EL AMOR en su significado más profundo como un solo cuerpo dividido en dos almas unidas para toda la eternidad.

LA VALIJA


Sabía que tenía muchos años, no sabía cuántos, quizás cien o ciento cincuenta, no importa. Sé que antes estuve en un animal y mi vida era aburrida. Sólo de vez en cuando algún bollero detenía sus pequeñas y frágiles patitas que sostenían un esbelto cuerpo amarillo y marrón sobre algún sitio de mi caparazón que guardaba un sin número de órganos, tripas, tejidos y huesos.
Un día fui llevada por un túnel y recibí un marronazo en la parte más alta, e inmediatamente me separaron de ese conjunto de tripas, órganos, huesos y estuve colgada de un gancho; a veces estirada cuan larga era, en posición horizontal.
Muchas manos me acariciaron y curaron heridas en mi cuerpo.
La máquina era grande, daba miedo, su gemir era fuerte y sus cuchillas también. Me cortaron en muchos lados y luego cocieron mi cuerpo.
El viaje fue lento, iba junto a otras con la misma forma que yo pero de otros colores. Al llegar me depositaron detrás de un vidrio por donde entraba la luminosidad del sol, y era bañada por él buena parte de los interminables días que estuve allí.
Un día comencé a viajar, pero esta vez era llevada de la mano y no había otras como yo; era la única. Esa sensación era regocijante, placentera y disfrutable. Pocas veces mi dueño se separaba de mí, y así recorrí todo el mundo y mi vida cambió por completo; ya no era ese cuerpo que guardaba otro cuerpo; era yo misma.
Guardaba en mis entrañas las cosas que mi dueño quería y era tratada con amor. Muchas veces en las distintas habitaciones era el centro de la atención, en los movimientos importantes era imprescindible; no podía hacerlo sin mí.
Con ese disfrute, pasaron muchos años cambiando de dueño pero no de vida.
De repente, sin que me diera cuenta quedé dentro de un lugar oscuro y casi sin aire, sin que nadie me llevara a pasear y sin ser imprescindible.
El polvo del tiempo, las telarañas y el musgo inundaron todo mi cuerpo y mi espíritu. Pasaron años, muchos, dentro de esa melancólica espera de que alguien se acordara lo importante que fui en un tiempo.
Fin

Autora: Maeve Noriega

The bank of the devil
El banco del diablo

Sí, yo, Enrique “el raro”, no sé si soy solidario, entrometido o estúpido; pues ¿qué pude haber hecho con un pequeño cuadrúpedo de madera que la vecina pintó? Decirle que podía ofrecérselo a un amigo de la comuna capitalina, ya que ella en definitiva vivía de eso.
Digo: el título lo dice; lo dice casi todo, menos aquello que se parezca a algo lógico, a algo casi normal, a algo que merezca este lápiz en papel blanco como este blanco papel -un pequeño banquito (The bank of the devil), dibujado en pátina- en el idioma anglo, porque si es necesario apelaremos a cualquier idioma para demostrar que ese banco de cuatro patas, pequeño, pero lleno de impertinencias para que no cualquiera ponga su culo -trasero encima. Si es necesario apelaremos a los culos más famosos para discernir si merecen descansar allí. Tal vez, Enrique IX diría: “¡Quiero y pago por el banquito mi trono!!!”
Napoleón diría: “¡Si me siento en el dibujo, Waterloo, la ganaré!”
Hasta el mismísimo General José Artigas cambiaría su éxodo por poner su glorioso trasero en ese tan discutido banquito con dibujos camuflaos de fotos y pintura.
A saber: Terrible banquito diabólico y dispuesto a ser disputado por personajes que desde otros siglos terminan en contrincantes.
Siempre los tronos llevaron a mil guerras sin sentido así que un banquito disfrazado de arte no se merece menos que una duda de su destino. Le muestro a un amigo el banquito y le gusta, pero me dice que recién a los cuatro días me daría el dinero, lo que inmediatamente le transmití a la dueña. Pero aquí pasó algo raro; la señora no esperó los cuatro días y al tercer día se presentó en la oficina de trabajo de mi amigo, con la nariz levantada y en forma histérica, en pocas palabras preguntó la enloquecida artífice del diabólico banquito: “¡¿A usted se le entregó mi banco?! ¡¿Usted conoce a Enrique el raro?! ¡¿Qué fue de mi obra maestra y sin reproducción, ni réplica?!”
Mi amigo, sin conocer a la señora pero sabiendo cómo había sido yo antes; mujeriego y con líos de todo tipo y color, le contestó, pensando que me estaba cubriendo:
“¡Señora! A parte de no conocer su maestra obra singular y aparente, que vislumbro quisiera tener cualquier coleccionista de virtuosas y magistrales artesanías sin comparación, tampoco conozco al famoso ladrón y esquivo, Enrique el raro.”
El más mentado, vendedor y artista quedaría helado ante semejante respuesta: Neruda, Picazo, Heminway, Martí, Dalí, etcétera, etcétera, dirían: “¡Me traicionó!, ¡me jodió!, ¡me fastidió!, en fin, ¡me llevó a la intolerancia!”
La señora, por supuesto, no fue menos y dijo: “¡Mentira, mentira y mil veces mentira! ¡Los odio y chau, los odio, los odio y los odio!”
Signifíquese que ser odiado por semejante artista no conduce a otra cosa que a la ruina y al hastío. Sin embargo, también los sendos artistas son replicados por, a saber: Ruina, hastío, vergüenza, perdón, gracia, y una catarata de decoradoras verdades que ponen su desnudez amarga y triste.
En fin; el banquito está y estará en buenas manos y culos que cuidarán de él.

FIN

Autores: Enrique Griotti y Maeve Noriega
Obra póstuma de Enrique Griotti presentada por su esposa y coautora, Maeve Noriega.

AZUL

La nebulosa azul no me abandonaba.
Tierna, suave, visible,
luminosa, independiente,
abstracta, apacible.


Quería tocarla y no podía.
Mi mano traspasaba su cuerpo
celestial, tan real
como aquél día.

De pronto su cara como con miedo,
dibujándose muy despacio,
estimulaba mis sentidos
en esa virginal luz.

Aunque no mirara, lo veía.
Cabello, cuello, tórax, brazos,
pelvis, piernas, pies,
todo me atraía.

Estaba entero, pero no.
¿Dónde estaban sus manos?
Muñones me observaban
como si su vista estuviera allí.

Pero sus ojos almendrados y claros
me miraban desde su rostro.
Mas, los muñones...
monstruosos.

Quiero tocarte, le dije.
No puedes, contestó.
Claro que puedo, fíjate,
tengo manos, mi amor.

Si me tocas
borrarás la luminosidad
de la que estás disfrutando,
me replicó.

Te tocaré igual,
declaré,
y no toqué nada;
al tratar lo traspasé
.
Pero el azul y él se fueron.
Y en su lugar quedó algo helado,
oscuro e impenetrable
como el túnel de la muerte.

Di la vuelta; el túnel continuaba.
Traté de buscarte en el azul brillante
para que volvieras
y el negro se hizo más negro.

Unas fuertes campanadas
me sacaron de esa irrealidad real.
¡Qué rabia!
Dejé de gozar.

Fin

                                        Autora: Maeve Noriega