Mito de herencias ocultas
arrebol
de nubes, traje de charras
−no
estarás por que nunca fuiste estrella−,
indago
el animal que yace quieto,
el que supe y mentí,
(cara
inferior del yacimiento)
luces
de joyas o granito y magma.
Hecatombes
las que arrastras.
Palpa mis manos
de
hielo figurante,
pared
de ilusiones y madrugada,
no
tocarán tus hombros
ni
la piel de tu ascesis
que
se llevaron
las
flagiciosas aves maldecidas
en
el burdel de las antorchas pardas.
Poco
queda de mí, de aquel que fuera
cargado
con los muros del insomnio
revestido
con antiguas túnicas diabólicas
hibridadas,
sedientas, perdularias.
Aún
me atrapa memoria
aunque
enseñe la planta del olvido
y
predique la inmadura travesía
al
sur de los hielos donde mora la serpiente.
Nunca
más mi lecho
estará
recubierto
con
pétalos de herraduras calientes
−caballos
alegóricos
de
incesante galope hacia la arena−;
el
infierno me ha nacido en el ojo del este:
demostrará
que no existes
que
no exististe nunca
ni
fuiste la atrapante Vesta
de
mi sueño de muerte,
esa
noche, vaguedad y calumnia.
No
éramos, no fuimos, no seremos.
* * *
Silanga
húmeda de miedo
bajan
rojas con tu sangre.
El
miedo y los terrores se agigantan
cabalgando
las ondas del hastío;
producen
gritos en perpleja estatua
estrujando
penas en instantes de desmedro.
Caliza
en blanco
froto
contra el granito de tus ojos,
un
pus de llamas
contiene
mis impuros manantiales:
dónde
se esconden inquietos ojos verdes;
dónde
busco azaroso el infinito;
dónde
los momentos sin materia de tu vida;
dónde
la mano acaricia el animal
que
alguna vez tuve prendido entre los dedos.
El
toque de la piel
no
le alcanza a tu boca sin palabras.
La
procesión mineral de mis manos
no
produce al Padre, tampoco al Verbo,
no
rompe el cascabel del templo
de
tu vivir sin ruidos.
En
mi conciencia sangrante por la rabia
se
clavaron asteroides como piedras
que
sangran tu sudor hecho de mieses,
y
contemplan la ternura de tu imagen.
Devolviste
sollozos
y
silangas rojas entre las islas negras,
terror
como pedradas
los
muertos ya no vuelven..
Las
aguas de mi río han escapado
sin
alcanzar la plenitud de espejo
que
reflejara tu solitud y tu amargura.
* * *
Voy
Yo
que vengo de la nada
no
puedo amarte más mi río;
¡cómo
te quise!
Nunca
te poseí como a mujer
que
existiendo no
existe
Tan
ancho, Plata, me das pena.
Ya
no sé si sos río
que
cuando fluyes y corres nunca te sostengo,
Qué
solo me dejaste
¿te
fuiste hasta los mares?
¿decíme
qué es el mar?
¿la
muerte de grande océano infinito?
Ya
no te veo río.
Mi
ceguera me enluta
como
sombra del agua
río,
río,
¿dónde
estás?
Como todo el silencio,
como
solitud-muerte
arrastrando
mi carne en el olvido,
voy
a buscarte agua
por
si otra vez te encuentro
para
que me empapes con tus angustias.
*
* *