Quisiera, este día plateado de luna,
pasear por el cielo y el aire aspirar;
levitar muy alto y observar la Tierra,
disfrutar la vida al verla pasar.
Apreciar el verde paisaje campestre
ver los arroyitos, frescos, cristalinos,
deslizarse suaves, largos, cantarines,
mientras su murmullo invade el solar.
Escuchar el dulce trinar de las aves,
en diálogo quedo, cual sabio consejo.
Arbustos que brindan cobijo y amparo
a todos los seres que tejen su lecho.
El fresco perfume de muchos colores,
lo ofrecen: jarillas, juncos, manzanillas...
Debajo de un sauce, notas melodiosas,
que emiten guitarras, suaves, armoniosas.
Son los lugareños de eternos festejos
por la paz vivida en aquel paisaje.
Cuando el sol se inclina perdiéndose lejos
parece que invita a tal homenaje.
Quisiera que el mundo disfrute y valore,
la paz de los valles, del río que pasa,
del sauce lluvioso de color ocaso,
del sonoro ambiente que invita al descanso.
Irradiar quisiera, luz y cuánto aliento,
trabajo a los hombres, y dicha a las madres;
y ver en los niños ojitos sonrientes,
la familia unida, el pan compartiendo.
Todo esto quisiera, cual si fuese un sueño,
cual si fuese un cuadro pintado con rayos,
con rayos de luces de siete colores.
Quisiera pedírtelo, DIOS, ¡cuánto quisiera..!
“Andes Mendocinos”
Madre natural, diste a luz un día,
un hijo gigante y eterno vigía.
Desgarro tu entraña, en hondas fisuras,
después de gestarse en zonas oscuras.
Graves convulsiones, arrojaron flujos
de rocas con sangre, en violentos pujos.
Hasta que asomó a la luz del día.
Tanto aire tomó, que azul se veía.
Violentas movidas, fueron ayudando
al tiempo artesano, que lo iba tallando.
En gélidas noches, su madre ha querido,
regalarle un manto, de extraño tejido.
Blanco, níveo, eterno, cobija su cumbre.
Tejido esponjoso destaca su lumbre.
Los Andes: su nombre, su cuna: Mendoza.
Lo transpuso "el hombre", con fuerza asombrosa.
Le ofreció remansos, le colmó su
hambre.
Lo ayudó, cual manso, hermano de sangre.-
Esther Cabral de Fenoy