Hacia el gólgota...

 

Solo.....

Por la rota amarga senda

de las horas milenarias.

Con el  rudo leño a cuestas;

Con las carnes desgarradas

el  cansancio entre las manos;

en un acto de falanges

y de nervios y de venas

que se agrandan por debajo

de la dermis, la epidermis

y la nada...

 

Va subiendo lentamente

a la  cúspide del mundo.

¡El Maestro de las almas!

 

Está solo... más que solo.

Nada existe bajo el cielo

que detenga la amargura,

de sentirse abandonado.

 

Sólo tiene la corona

de blasfemias que lo hiere.

El ruido de la turba.

El dolor de sus heridas.

El silbido de los látigos.

La tristeza de sus ojos,

y el dolor de su mirada

 

 

Sigue...y sigue paso a  paso,

por el polvo silencioso y los guijarros.

 

Cae...y un aullido de blasfemias lo levantan.

 

¿Es en vano su martirio?

¿Es en vano su enseñanza?

¿Dónde quedan  los discípulos que tuvo?

¿Dónde quedan los discípulos que amara?

 

Allí Verónica lo espera.

Allá su madre que lo aguarda.

Aquí Cirene que lo ayuda.

 

¡Oh Dios!

No está solo ni olvidado.

Y se desploma sobre el filo de la tierra,

que  redime con su sangre y con sus lágrimas.

 

¡Es la cima y es la hora!

 

Bajo el cielo se derrumba

la amargura de los años,

el silencio de las noches,

y la angustia de las almas.

 

¡Todo calla en ese instante!

 

Sólo el trágico martillo

que golpea... y golpea...

sobre el clavo que atraviesa,

lento... lento...

Carne, Nervio,

Carpo y Tarso;

mientras dados miserables

determinan danza hereje sobre el manto.

 

¡YA TERMINA!

 

Se alza el leño como un brazo,

que implorante se levanta hacia el cielo,

suplicándole perdón.

 

Para el mundo que lo hiere,

que blasfema,

que lo veja

y que lo sangra.

 

“¡Perdón... Perdón...

que no saben lo que hacen!”

¡Perdón... Perdón...

y vuelve al Padre la mirada eterna...

 

entretanto lanza infame

despiadada y espantosa,

se introduce en su hígado,

mientras alcanza a gemir.

¡Padre, Padre... no soporto más!

 

Y Dios demuestra entonces que era el hombre

al llevarlo eternamente a su lado.

 

Y se rasga el velo oculto.

Y relámpagos se agostan

por los ámbitos etéreos.

Y se rompe el rugido de los truenos

en lo profundo de la nada.

 

¡Oh Maestro!... es tu muerte

y es el fin de tu calvario

que se hunde en las tinieblas.

El principio del silencio

y el minuto solitario.

 

Es el miedo de la turba

en el llanto de los  hombres,

y en  las voces de los fieros

Centuriones retractados.

 

Todo calla....

¡Ya es silencio!

¡Es consumado!

 

Y en la ínclita estructura de su carne,

queda el halo del divino sacrificio,

que se  esparce por el mundo,

cual las gotas de su sangre, o de sus lágrimas.....

 

En el nombre del Maestro....

Jesucristo, el Nazareno...

ES PERDONADO...

 

 

 

Juan José Vinci                                         

Primer Premio en Poesía

Del Magisterio Nacional

“Carlos N. Vergara”

Diario Los Andes 2/ 5/1976