
Para escribir los versos
que la voz del alma me dicta
mi corazón se hace pluma
y mi sangre se hace tinta.
Tinta que se derrama
y en cada surco palpita
con duras reminiscencias
de aquella vida chiquita,
que un día a este mundo
paulatinamente venía
mas quiso Dios apagar la luz
de su primer día
y fue razón suficiente tener mi
conciencia limpia, para que solo dolor cupiera,
dolor y no culpa tenía.
Mas un dolor tan profundo,
con tan tallada pena,
¡Que abracé la cruz de Cristo
ante la autoridad suprema
no hay consuelo en este mundo solo
esperanza de vida eterna!
Hoy desde la distancia
comparto la dolencia
de quien perdió al hijo
que ya hombre era.
Que proyectó descendencia
que imaginó soñando
el regalo de vidas nuevas.
Para despertar al espanto
de la realidad más cruenta.
Le arrebataron al hijo
que ya hombre era. Le destruyeron
los sueños de aquella descendencia.
y una mañana cualquier,
las garras del infierno,
que hoy habitan nuestra tierra,
transformaron en noche de invierno
su cálida primavera.
Pero recuerda:
que fue la madre santa
Allá lejos en el tiempo
su hijo era Dios mismo
por amor, humano hecho.
Y ese hijo bueno y santo
misericordioso y perfecto
fue ultrajado por los hombres
y por los hombres fue muerto
en el se espiaban los pecados de
la humanidad más perversos
y una santa madre que un día lo
había acunado en sus brazos.
Allí la veía a su hijo con el
alma hecha pedazos
pero siempre de pie, y esperando
el gran milagro.
De madre a madre os propongo
poner los ojos en el cielo
que la justicia divina
sea su mejor consuelo.
'En Memoria de Axel Blumberg'
María del Carmen Martínez