Demian Carlos Baldi Soler
Buenos Aires
ARGENTINA
EL ENCUENTRO
Hace muchos años ya que había partido, Gabriel. Hoy su cara curtida
y sus duros rasgos apenas dejan ver al joven que lo dejo todo por buscar el
amor. Sabe que el final está cerca, que la travesía está
por terminar. Pronto la verá, su corazón se lo dice. No importa
ya ni el dolor, ni el hambre, ni el frío que paso. Cuantas veces estuvo
agotado, a punto de claudicar… Y el sólo imaginarse abrazándola
le daba fuerzas para continuar. Su recuerdo era todo lo que necesitaba, ni el
oro ni el sol podían darle lo que ella le daba. Nadie entendió
su partida, porque nadie sintió nunca tan profundo amor.
La noche serena acompaña a Gabriel por el bosque. Su manso corcel recorre
el sendero escoltado por gigantes guardianes, que con el murmullo de sus ramas
cuentan secretos que los mortales no pueden escuchar.
- ¡Que paz! -
- ¡Que hermosura! - Piensa Gabriel.
- Muchas veces he recorrido estos lugares y nunca los he visto. Hoy que por
primera vez abro mis ojos ante su belleza, me siento feliz. Feliz como nunca
hube de serlo. Siento que la búsqueda pronto concluirá, y que
esta belleza penetrará en mi alma y perdurara allí por siempre.
Un resplandor quiebra sus pensamientos, tan intensa e imprevista fue la luz
que lo cegó.
- ¿Qué ocurre?
- ¡Dios! ¿Qué ocurre? - Grita desesperado mientras cae de
su montura.
Con tierra en la boca y sofocado por el calor, reacciona Gabriel en el mismo
instante en que la bestia huye atravesando las llamas. Enormes lenguas de fuego
resuelven un perfecto círculo a su alrededor; como si hasta el infierno
estuviera regido por la perfección en ese lugar. Sus ojos con lágrimas
miran más allá de la hoguera. El bosque inmutable sigue viviendo,
y su brutal indiferencia lo conmueve.
- ¿Cómo puede la vida continuar como si nada ocurriera mientras
yo aquí agonizo? -
- Me duele que todo termine aquí. Pero no por mí.
-¿Por qué estando tan cerca de la felicidad este ígneo
mensajero trunca mi destino? ¡Ya no la volveré a ver! Y esta sola
certeza me provoca más sufrimiento que las laceraciones en mi piel.
El ensordecedor rugido de los demonios consumiendo el aire lo envuelve. Mientras
la luna y las estrellas le ofrecen una paz lejana e irreal.
Lentamente avanzan las danzantes legiones estrechando el circulo sobre Gabriel,
que agotado, se arrodilla y busca en su mente la última imagen. La imagen
de su ángel, aquel que siempre lo acompañó y le dio fuerzas.
Agacha la cabeza y se desvanece.
Ya sin ruidos Gabriel comienza a despertar, todavía no ve pero siente.
Siente calor en el cuerpo y dolor en el alma.
Imágenes del pasado. Alegrías y tristezas, violencia y locura.
- ¿Qué he hecho? - Dice Gabriel extendiendo sus manos al cielo.
- Gabriel - Susurra una calida voz.
- Olvida los errores y perdónate. Deja el tiempo atrás y ven conmigo.
El amor confunde y enceguece, debes liberar tu alma de la culpa y dejar que
siga su destino. Ven conmigo Gabriel, no te guardo rencor. Mi amor por ti está
intacto.
Lentamente gira Gabriel su cabeza. Ya ni el fuego ni el dolor existen. Ya puede
ver. Pero sólo a ella. Mágica, sublime, resplandeciente. Bella,
bella como siempre, eterna y radiante.
Todo ahora lo recuerda. Los sueños, las esperanzas. Las sospechas, los
celos, el temor, la traición y la ira. Las manos crispadas llenas de
angustia rodeando su cuello. Su cara aterrorizada, sus ojos resignados.
¿Cómo pudo ella destruir sus ilusiones?
¿Cómo pudo amor tan profundo transformarse en odio?
Quizás es más fácil odiar al ser amado, que al que nos
es indiferente. Muy profundas pueden ser las heridas provocadas por las personas
a las que les entregamos nuestro corazón. Tan dolorosas e insoportables,
que nos hacen perder la razón, transformándonos en seres primitivos
que reaccionan con violencia ante lo que los lastima.
Pero ya todo terminó, el sagrado fuego fundió sus almas. Librándolos
de los imperfectos actos terrenales. Permitiéndoles ser uno y entregándoles
como recompensa por su amor, el universo y la eternidad.