Hernán Carbonel
Buenos Aires
ARGENTINA

 

Íntima presencia

Carlos Rama terminó de prepararse el té de manzanillas y fue hasta la sala de estar. Decidió beberlo de pie, junto al calefactor, viendo por la ventana la fría tarde que ocupaba el campo con su tenue tono gris, y cómo el vapor del té y el de su propia respiración nublaban el vidrio difuminando aún más el opaco tenor de la tarde. Le sentaba bien estirar un poco las piernas, dejar que la sangre se esparciese por las extremidades de su cuerpo.
Cada vez que salía de su hábitat natural (como ahora, para tomar el té, o simplemente para ir hasta el baño o a buscar un poco de agua o un paquete de cigarrillos) y de lo que implicara el estudio y la lectura, Carlos Rama llegaba a lo mismo: a una precisa, minuciosa y repetida evocación de su “vida anterior”, como solía llamarla cuando hablaba con Clara.
A menos de una legua las ovejas pastaban serenas, juntas, como formando nubes de lana; en breve vendría la lluvia y las mojaría, y luego saldría el sol para secarlas y hacer brotar el pasto para que se alimentaran. Eso, y algún benteveo en un poste de luz, alguna gaviota quieta.
Carlos Rama llevaba un año y tres meses en la cama por decisión propia. Exactamente desde el 20 de marzo del año anterior. Había sido una decisión difícil, que de antemano suponía la pérdida de una serie de cosas hasta ese momento atractivas y fundamentales: las clases en la Cátedra de Historia I, los congresos, los ágapes con amigos, el grupo de investigación. Algo en él había operado durante algún tiempo, sin que lo supiera, hasta demostrarle que debía vender el departamento en la ciudad, comprar la quinta en aquel poblado alejado de todos y de todo, y embarcarse en algo que fuera atemporal, si es que algo podía resultar atemporal para un historiador de su talla.
Lo más próximo a la neutralidad que su imaginación y su juicio pudieron concebir entonces fue mudarse a Villa Cautiva, ordenar mínimamente el amoblado, acondicionar el altillo, contratar una casera para que se ocupase de las cosas de la casa y armar un entorno que no lo distrajese del foco: la cama en el centro de la habitación; a un lado, una pequeña biblioteca con los volúmenes en los que debía centrar la investigación y los cuadernos para apuntes; del otro, una cómoda para platos, vasos, botellas y ceniceros; y más allá, hacia los pies de la cama, los cables que llevaban la corriente desde la notebook hasta el enchufe. Ahí se concentraba todo, lo justo y necesario para las exigencias del momento.
Pero ahora estaba ante la ventana. Había terminado con el té y encendía otro cigarrillo cuando comenzó a llover. Al galope pasó un paisano, sosteniendo con una mano las riendas y con la otra el sombrero para el que el viento no se lo llevase; a trancos largos, como suspendidos en el aire, lo seguían detrás dos galgos flacos. El crepúsculo cercano y el fino manto de la lluvia volvían cada vez más nebuloso el paisaje.
Carlos Rama dejó la taza sobre una mesa petisa y fue a encender algunos veladores. La casa se volvía agradable a esa hora, parsimoniosa, ordenada, con cada objeto encajado en su justo lugar. Clara hacía muy bien lo suyo. Venía tres días a la semana por la mañana, ya con las bolsas llenas del supermercado. Lavaba los platos, las sábanas y el resto de la ropa. Barría, abría las ventanas para ventilar los ambientes y mientras, como si necesitase un pasatiempo dentro del vértigo de sus obligaciones de casera, le iba hablando a Don Carlos sobre el clima, las noticias de los diarios y la televisión, el chusmerío de la villa. Le contaba de sus penurias económicas y las divergencias en su familia, compartían conceptos de cómo llevar adelante la viudez, matizadas con un anecdotario que los años y la precisa memoria les habían permitido ir archivando. Acababa con su tarea y se iba con la misma calma y suficiencia con que había llegado, dejando una estela de pureza e higiene en el ambiente que a Rama le generaba una rara inspiración para proseguir con su trabajo. La única habitación a la que Clara no tenía acceso (nunca había preguntado por qué, ni siquiera el día en que llegó llamada por el aviso) era el altillo. Allí Don Carlos guardaba “sus más íntimos secretos”. Y Clara los respetaba.
Entonces Carlos Rama decidió volver a su hábitat, a meterse de pleno en la tarea; a oír, como desde lejos pero desde ahí, el repiqueteo de la lluvia en los techos. Pero antes de dedicarse definitivamente a trabajar, incluso antes de escurrirse no sólo debajo de las sábanas, sino también previo al cobijo de la manta de vicuña que usaba para cubrirse los pies, decidió cumplir con sus obligaciones. Primero pasó por el baño. Después fue hasta el altillo, prendió las dos velas, cubrió el baúl con un lienzo y, al salir, cerró la puerta que daba a la escalera. De regreso, apagó uno de los veladores de la sala de estar y echó una última ojeada al terreno sembrado de repollos que se dejaba ver a través la ventana que daba al oeste. Ahora sí. Volvería a la cama.
En una revista para la que solía colaborar estaban preparando un número especial sobre Jorge Ramiro Hegner, un escritor que a principios del siglo anterior había gozado de cierta efímera reputación para ocultarse luego en las sombras de la incertidumbre y el anonimato. Con lentas lecturas Rama fue indagando lateralmente su obra, y descubrió que Jorge Ramiro Hegner era autor de una decena de libros, por momentos excesivamente especulativos y expresionistas, pero construidos sobre una sólida base estilística, dotada de un conjunto de recursos que podían desmembrar hasta el último átomo de cada circunstancia. Jorge Ramiro Hegner era, acertada o equívocamente, un detallista. A él le había sido asignada la rama paterna del árbol genealógico, más específicamente la figura del abuelo, pero con una visión meramente descriptiva: fechas, lugares, y hechos. Nada difícil.

Ramiro Guillermo Hegner, abuelo del escritor Jorge Ramiro Hegner, nació en lo que hoy son los campos lindantes a Colonia, Uruguay, el 4 de agosto de 1836, hijo único de Federico Guillermo Hegner y doña María Francisca Fabás y Costa. Él, hijo de inmigrantes alemanes; ella, de portugueses. De Federico Guillermo se sabe que bajó de un busque pesado y que no incurrió en territorios más allá del Uruguay. Doña María Francisca nunca conoció a otro hombre que no fuera su marido; de hecho, contrajo matrimonio apenas hecha mujer. Ramiro Guillermo creció en la pobreza y el amparo. A los quince años, se incorporó como cadete a un cuerpo de artillería que defendía por entonces a Montevideo, sitiada por las fuerzas de Oribe. Levantado el sitio el 24 de noviembre de 1851, fue ascendido a subteniente, y se alistó en la división oriental que un año después participaría en la batalla de Caseros. Allí recibió su primera medalla, que fue de plata y que, no por desprecio pero por alguna rara parábola de la indiferencia, perdería con los años en uno de sus tantos viajes. Hacia 1855 cruza la por entonces desdibujada frontera y se asienta en suelo argentino. Luego de vagar durante dos años por las calles de Buenos Aires se incorpora al 2º Batallón de Infantería de Línea, que formaba parte del ejército comandado por el Coronel Emilio Mitre. Combate en la batalla de Cañada de los Leones y al año siguiente es convocado para una “excursión de aniquilamiento”. En aquella expedición contra “los salvajes” sufre el primer quiebre en sus convicciones militares. Escribiría en su diario: “No sé si somos los justos. La tierra no es ni debe ser de nadie, y nosotros somos tan nadies como ellos”. Es este uno de los pocos fragmentos que ha sobrevivido de su diario. La humedad y las disputas familiares han hecho y bien lo suyo. Pasa entonces un año en el desierto. Los soles y los vientos marcan su cara y le cuajan la piel. Se acostumbra a dormir entre matas de cardos, bajo las estrellas y el canto de las ranas. Ve morir, ultrajados por la naturaleza, a amigos y extraños. Se hace más compañero del indio que del soldado, a quien ya conocía. Se aburre o desalienta; pide permiso y le es concedido. Abandona entonces la Campaña, y luego de una breve estancia en el Fortín La Vencedora, toma parte en las operaciones militares contra la Confederación, ya ascendido a Teniente 1º. Al año siguiente, Ramiro Guillermo Hegner emplea la jerarquía que le ha sido conferida y se toma una breve licencia. Viaja a Bahía Blanca, a visitar algunos parientes lejanos de la línea materna. Allí conoce a la familia Huffner; los acerca cierta tradición germana y una niña que lo enamora. Se llama Blanca y es apenas unos años menor que él. Pero el corazón de Blanca ya pertenece al mayor de los herederos de una familia de lituanos judíos, ante lo cual Ramiro Guillermo debe abandonar sus pretensiones amorosas y desviar la atención: Sara, la menor de las Huffner, merodea a su alrededor intentando demostrarle que ya está preparada para las funciones de mujer. Tiene sólo 14 años. En ese laberinto de sentimientos se halla envuelto Ramiro Guillermo cuando el combate vuelve a convocarlo. Debe presentarse en el Norte de la provincia, en pocos días. Viaja con una cadena pendiendo de su cuello, obsequio de Sara, con quien de alguna manera ha sellado un futuro. Ramiro Guillermo Hegner interviene en la batalla de Cepeda, donde es herido aunque no de gravedad. Dos días después, asiste al combate naval desde el vapor “Porá Guazú”, acción de guerra sostenida por la escuadra porteña al mando del coronel Antonio Susini contra la de la Confederación, a las ordenes del Coronel Mariano Cordero. Una vez finalizado el combate, Ramiro Guillermo sabe cuál es su nuevo destino: regresar a Bahía Blanca para librar, tal cual lo describe en su diario, “la más bella de las batallas y conquistar la más pura de las tierras”: el corazón definitivo de Sara Huffner. Ramiro Guillermo Hegner y Sara Huffner contraen matrimonio en Bahía Blanca el 9 de julio de 1859. Lo más aproximado a una luna de miel son unas pocas semanas en una estancia cercana a lo que hoy es Tandil, propiedad de unos amigos de los Huffner. La breve estadía es interrumpida entonces por un nuevo llamado: Ramiro Guillermo debe defender a Buenos Aires del sitio hecho por los vencedores de Cepeda. En noviembre de ese año se ajusta el pacto que resuelve la paz con la Confederación y por sus funciones en esta campaña Hegner es nuevamente ascendido el 1º de diciembre de aquel año. Le es concedida una nueva semana de licencia y permanece en Buenos Aires, hasta su próximo nombramiento: se lo destaca en las zonas de Bragado y Rojas, en el curso del año 1860, a donde Sara lo acompaña. El 25 de mayo de 1865 Ramiro Guillermo Hegner es condecorado con medalla de oro por sus arriesgadas incursiones a las líneas enemigas, donde es gravemente herido. Escribió el General Saboyedo al entregarle el distintivo: “Es un honor para mí hacer una mención especial del Mayor Hegner, el cual, a pesar de haberle sido atravesado un hombro por una bala, interesándole el hueso, permaneció al frente de su batallón hasta la mañana de hoy en que ha sido forzoso pasarlo al hospital.” Una vez restablecido lo suficiente de su herida para emprender el viaje, regresa a su casa, en el partido de Rojas. El 7 de julio de 1866 nace el único hijo del matrimonio Hegner - Huffner: lo llaman Guillermo Jorge Hegner Huffner; será padre del escritor Jorge Ramiro Hegner. Como una marca del destino, a fines de ese mismo año muere (en Uruguay, solo, sumergido en una pobreza provocada por los cambios políticos del país) Federico Guillermo Hegner, abuelo del niño recién nacido.

Carlos Rama se detuvo. Apartó las frazadas, prendió un cigarrillo y se recostó a fumar. Había llegado a una parte fundamental de su trabajo. ¿Le era dado hacer un punto aparte y hablar de la influencia de las guerras patrias en la obra del escritor? Más allá de que su trabajo debiera ajustarse a lo histórico, ¿no hubiese sido factible una breve incursión en el aspecto más notorio de la vida de Jorge Ramiro cruzado con la historia de su país?
Mientras fumaba, viendo cómo la oscuridad ganaba terreno en las ventanas, consultó algunos volúmenes de las “Biografías de Militares Argentinos” (confirmó nombres y fechas, revisó las fuentes) para pasar luego al tomo “Pequeñas Biografías de Grandes Hombres: literatura oculta argentina. 1910 - 1945”.
En ese libro se hablaba del año clave en la literatura de Jorge Ramiro Hegner: el año en que nacen su padre (“para cualquier persona es clave el año de su nacimiento”, pensó Rama, sin evitar una socarrona sonrisa) y dos de los escritores que más influencia tendrían sobre su literatura: Claudio Alberto Gilberto Charras, portugués, y Leonardo Laguna, argentino. A lo que se le sumaba esa otra “marca del destino”: la muerte de su abuelo, a quien Jorge Ramiro le dedicara su relato más reconocido por la crítica literaria de la época: “Hombre perdido en las montoneras”.
Carlos Rama se quedó un buen rato detenido en esa lectura. Afuera había parado de llover y la temperatura disminuía. Ranas y grillos componían una confusa melodía de contrapuntos con sus cantos. “Mañana va a haber más lluvia y humedad”, pensó después de un rato, despegando la vista del libro y observando vagamente el techo.
Bebió un largo trago de agua y encendió otro cigarrillo. Sintió deseos de estar allá arriba, en el altillo, quedarse oyendo la noche. “Las velas se deben haber apagado”, pensó. Debía continuar con su tarea.

A principios de 1867 Ramiro Guillermo Hegner regresa al combate, siendo herido en la batalla de La Invencible, lo que pone severamente en riesgo su vida y vuelve a postrarlo, esta vez por mucho tiempo. Es trasladado a Buenos Aires para su curación, y por tan valeroso comportamiento es ascendido a Teniente Coronel. Sara no soporta la noticia ni la distancia. Viaja durante semanas, bajo las hostiles lluvias del otoño y con el niño en brazos, sorteando líneas de combate. Se encuentran en la ciudad puerto. Ambos están heridos, de alguna manera. El período 1867-1869 los encuentra constituyendo un nuevo hogar y criando a su hijo. Ramiro Guillermo brega por el traslado a Bahía Blanca, para poder encontrarse más cerca de la familia de su esposa. Las autoridades militares se lo niegan y sufre un segundo quiebre en sus convicciones militares. Está a punto de abandonar el Cuerpo: su vida ha tomado otras prioridades. Así y todo, no se rebela cuando lo envían a Entre Ríos a pelear contra el levantamiento jordanista. En viaje, y víctima de una fiebre que en medio de tantas balas parece intrascendente, el 11 de abril de 1870 muere su esposa, Sara Huffner Hegner.

Carlos Rama se detuvo nuevamente, con el pretexto de encender otro cigarrillo. Sabía que debía tomar este fragmento de la historia con cuidado; ser preciso en las palabras, adiestrarlas; atender el tratamiento de los datos, que no le parecían otra cosa que la construcción de un orden de sentidos a partir de las fechas. Se trataba de la muerte de Sara Huffner Hegner, abuela del escritor Jorge Ramiro Hegner.
Al leer fragmentos de otras biografías, Carlos Rama sentía lo que Ramiro Guillermo al perder a su mujer; ese dolor inamovible, ese surco imposible en el cuerpo. Pero lo de él era diferente. Él nunca hubiese abandonado el cuerpo de su mujer muerta en un cementerio cualquiera, al azar de silencios desconocidos. Nunca la hubiese abandonado.
Ahora encendería un cigarrillo más y volvería al trabajo, a dejar el altillo sumido en el mutismo habitual de cada noche, en paz hasta el día siguiente.

Ramiro Guillermo Hegner anduvo por días y días con el cadáver de su mujer a la rastra, envuelto en trapos empapados en sal y atado a una camilla preparada precariamente. Tenía un solo caballo: la mayoría de los animales había seguido camino al norte, hacia los combates. Fue una peregrinación ardua, febril, extenuante. Viajó durante kilómetros y kilómetros de pampa árida y matorrales y de selvas y ríos con su hijo en brazos, cargando y descargando morrales. El dolor que le provocaban las llagas de las manos no lo dejaban llorar en paz. En contra de su propia decisión, sepultó a su mujer en Buenos Aires, y aceptó, no sin resignación, el nombramiento de Jefe de las fronteras Norte y Oeste de Buenos Aires y Sud de Santa Fe. Luego de enviar al niño a Bahía Blanca, donde sería criado por sus abuelos y tíos, Ramiro Guillermo Hegner se establece en la ciudad de Junín, cercana a Rojas, en la que había cumplido funciones hacia 1860. Pero ya no es el guerrero de antaño. Rehúsa convocatorias y ascensos; deja de escribir informes a sus superiores y cartas a los amigos. Lo único que lo interesa es tener noticias de su hijo, que crece sano y en forma en Bahía Blanca. En 1874, los ánimos se exasperan entre Buenos Aires y las provincias. Bartolomé Mitre (que en 1961, insospechadamente, había triunfado en Pavón) se rebela contra el gobierno. Ramiro Guillermo, ya ciego de destino, se compromete en apoyar a Mitre. Los sucesos se precipitan. Sin avisar a los oficiales que tiene a cargo abandona el puesto en la Comandancia y cabalga a incorporarse a las filas de los sublevados. El 26 de noviembre de 1874 nace con una madrugada fresca, plena de indefinida primavera. Para la batalla de La Verde, el Coronel Ramiro Guillermo Hegner ocupa, como tantas veces, uno de los puestos de mayor peligro. De un momento a otro, el General Mitre, fiel a sus costumbres, ordena la retirada. Hegner desacata la orden e indica que no es oportuno el repliegue, que el enemigo pronto quedará sin municiones. El General desoye la indicación y reitera la orden. Pero Ramiro Guillermo Hegner ya no tiene nada que perder: su hijo está en buenas manos y ha de criarse; fuera de él, que es todo, nada más le queda. Sara está muerta y él cree que es también su turno. Con la mirada velada por la pena y una ciega osadía, avanza solo hacia donde el fuego es mas violento y nutrido, los brazos cruzándole el pecho, el cuerpo erguido sobre el cuello del caballo. Luego de horas de juntar cadáveres, un oficial llega hasta su cuerpo, que aún agoniza. El oficial informa a sus superiores y en camilla lo trasladan hasta una volanta. Ahí, en brazos del General Rivas, pronuncia sus últimas palabras: “He cumplido con mi deber de militar y de ciudadano”. Segundos después, deja de respirar. Su nieto, el escritor Jorge Ramiro Hegner, habría de nacer en la ciudad de Bahía Blanca, en 1898, y moriría en París, 89 años después, víctima de un cáncer fulminante. Semanas antes de morir, dio una entrevista a un medio gráfico parisino de mediano renombre. Allí declaró: “Comparto con Calderón: la vida entera es sueño; más aún ésta mía, cada vez más cerca de su final. Pero, de poder elegir, elegiría lo que sucedió a mi abuelo: preferiría despedirme a manos de las balas enemigas y sobre un tordillo, y no en la cama, adonde me ha confinado esta enfermedad”.